Vive

Tengo deseos a muerte de contar lo sucedido, porque no tuve que vivir para contarlo. El más allá, ese lugar entre el cielo y el infierno, me trajo de vuelta a estas páginas blancas que me interpelan a contar la historia de cuando me fue arrebatada la vida. Estoy aquí porque tuve que morir para contarla.

Me despierto continuamente con el ritmo cardiaco a contrapaso, la sensación de que estaba en otra parte, mi propia tumba, adonde soy llevado inconsciente entre sueños, y donde mi atroz asesinato sucede. Me levanto con miedo, me dirijo a oscuras hacia la cocina contando los pasos, uno, dos, tres… doce en total, rozando la pared con las manos hasta llegar al marco de la puerta que me indica que mis pasos siempre son precisos. Me siento más seguro caminando en la oscuridad, porque aunque acabo de resucitar del sueño que cada vez se parece más a la muerte, andar a oscuras me hace estar más alerta. Tomo el vaso dejado cada noche al filo de la mesa y lo lleno con agua fría del grifo. Bebo el agua a sorbos, sintiendo cómo el helado líquido recorre mi cuerpo y me confirma que todavía la muerte no ha llegado.

Lorena es una mujer bella, siempre lo he pensado, y la sigo discreta y tímidamente con la mirada cada vez que en el bar, donde solemos reunirnos, se acercaba efusiva a Roberto, su novio, para besarlo apasionada. Al menos, es lo que ella dice cuando le preguntamos por qué demuestra tan desmedida fruición cada vez que ve a Roberto. Ella dice que por qué no, que se debe vivir cada día como si fuese el último.

¡Cómo si pudiéramos recordar el primer día de nuestras vidas! Al final, el último día, ese antes de la muerte, seremos incapaces de recordarlo.

Ese día, como todos, lo pasé bebiendo una cerveza tras otra, escuchando malos chistes, fingiendo reírme, disimulando interés por las historias de gente que no me interesa, atento al vaivén que me rodea, doblando por la mitad las corcholatas de las botellas, que se acumulan en la mesa como las colillas de cigarro en los ceniceros. A mitad de la noche, siempre pasa lo mismo. El humo de los cigarrillos y el aliento a alcohol invadió el ambiente que hace unas horas era respirable. Salí del bar para tomar el aire que nunca es totalmente fresco. Me sienté al borde de la banqueta, la mirada perdida en el lejano destellar de luces que indican que una parte de la ciudad no duerme. Me levanté decido a caminar a casa sin haberme despedido de los que, dentro del bar, todavía respiraban alcohol y humo. Me voy como cada noche, decepcionado de mí mismo por el deseo de ser otro y, siendo alguien distinto, poder atraer a Lorena. Quizás mi último día puede ser ese alguien.

Las calles duermen cuando la gente duerme, es entonces cuando me convierto en sonámbulo en la apacible y lúgubre noche. Los conductores borrachos son los únicos que no andan dormidos, junto con el aullar y ladrar de perros en las azoteas que siempre se escuchan lejos. Llegué a la mitad del camino, el panteón municipal, y me detuvé para escuchar si es que los muertos hablanban cuando cae la noche. No, ahí no se hablaba, ahí las pobres almas gritaban de dolor porque no hubo forma de que pudiesen ser salvadas. Estas ideas siempre me vienen cuando estoy borracho, que es quizá cuando mi pensamiento es más diáfano y el ruido en mi mente por fin se apaga, dejando lugar a tan sólo palabras. Y las palabras me dijeron que tomara el camino corto para llegar a casa cruzando el cementerio.

En un cementerio el único con una afortunada y honrosa muerte es el muerto de risa. Las demás muertes están justificadas por la vejez, la enfermedad, el asesinato o el dolor, que llegan todos juntos, también te matan. Yo no morí de risa, aunque para reírme de nuevo tuve que experimentar el dolor de muerte, dolor que cuando es constante te adormece y te duerme de a poco, hasta lo eterno. Cruzar por el panteón a mitad de la noche nunca me había hecho sentir una paz absoluta. Quizás esta calma, con su silencio, mataba el ruido exterior y la oscuridad que solo se dejaba iluminar por la luna llena. Caminaba con mis pensamientos y sentidos tan fuera de mí y fuera de aquel entorno que no escuché más pasos que los míos. Lo único que alcancé a escuchar fue un golpe seco, pesado y contundente como una roca que me dejó por una eternidad de minutos inconsciente. Recuperé el conocimiento y entreabrí los ojos para no ver más allá que el cielo apenas iluminado con dos o tres estrellas junto con la mirada mezquina de dos personas cuyos rostros estaban cubiertos por un pasamontañas. No tardé en sentir el frío metal de un desarmador que atravesaba inmisericorde uno de mis ojos hasta el cráneo. Gritaba de dolor, pero ese grito se fue apagando al momento en que me acuchillaron repetidas veces en el vientre y en el rostro. Ya no tenía voz. Al extraer con mis manos frágiles y temblorosas el desarmador de mi cráneo di un grito ahogado y perdí otra vez el conocimiento. Desperté, sin abrir los ojos, respirando lento, agotado, con la idea de que si pensaban que estaba muerto se irían. Escuchaba a los lejos palabras incomprensibles, las voces de un hombre y de una mujer. Yo continuaba tendido en el suelo, desangrándome.  Aquellos dos regresaron y arrastraron mi cuerpo hacia lo que presentí mi tumba. Sentí cómo caía en el vacío de mis últimos días, un hueco con una profundidad mínima. Comenzaron a enterrarme vivo -ellos pensaban terminada su tarea enterrando a un muerto- la tierra cubríendome apenas. Dejaron fuera mi cabeza, malsano gesto el de mis aseseinos. Me tomaron del cuello y, con el mismo cuchillo, con la que momentos antes me habían acuchillado, procedieron a decapitarme. Imposible, el cuchillo no parecía tener el filo suficiente, muestra de novatismo, pero me habían degollado como consuelo. Pude escuchar los gritos incesantes de las almas que sufren el dolor de una vida eterna sin salvación. Yo estaba cada vez más cerca de ellas. Por último, cubrieron con tierra lo que quedaba libre de mi cuerpo, nivelando el terreno de mi tumba y dejando caer una pesada loza sin epitafio para que nadie me encontrara. En ese momento por fin pude sentir el descanso, la calma eterno al que toda alma en pena aclama. Los pasos de mis asesinos se alejaban, pude escuchar el silencio de un beso y la dulce voz de la mujer que le decía a su compañero  «¿Ahora te das cuenta? Se debe vivir cada día como si fuera el último».


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