La isla

Lo admito, muchas veces la tarea de escribir se vuelve eso, una tarea, una obligación y eso no provoca verdaderamente placer. Escribir debería provocar un placer desmedido, teclear cada letra debería llevarnos a un paso más cerca de lo sublime, donde todos los sentidos se vuelven uno solo y la muerte deja de importarnos y nos sentimos inmortales. Ayer, por la noche, mientras leía sobres los escritos del No, los del “preferiría no hacerlo” entendí que este hábito de escritura -forzado en estos días- puede llegar a ser mi salvación si nunca llego a publicar un solo texto que me consagre en la literatura universal. Al fin de cuentas, esto no tiene más ambición que la de mantener la memoria lúcida, mis ideas en cierto orden y mi intelecto agudo. Quizá, cuando todo pase -el fin de mis días- mis contemporáneos tendrán un material -según mis años de vida- más o menos extenso, para imprimirlo y dejarlo en la biblioteca de los escritores nunca publicados. No seré precisamente un escritor del No, seré simplemente el que escribió por obligación, pocas veces por placer, y que nunca encontró la inspiración suficiente para crear algo más grande que su esperanza. Puede ser que todos seamos unos muebles y funjamos como decoración en este vasto mundo de adornos.

Escribir es siempre una lucha contra el tiempo y contra la página en blanco. Es una actividad que nos desnuda, nos expone y hace que nos despreciemos por no tener los atributos de los escritores a quienes tanto leemos y admiramos. Lo único que importa es encontrarse con un buen libro y leerlo de principio a fin. ¿Para qué escribir si podemos considerar que ya todo está escrito? No escribo por ambición, escribo porque quiero un día acumular tantos escritos míos como los libros de otros. No tengo idea de qué voy a escribir. Sólo sé que es martes al medio día, y que en capítulos pasados de mi vida me propuse a hacer de esto un ritual cotidiano. Como mis ideas no son del todo claras, voy a contar lo que mi subconsciente maquinó anoche y que se llama sueño. Anticipo que utilizaré un lenguaje rebuscado y que voy a pasarme al diccionario unas cuentas veces. No relataré el sueño, sino que lo modificaré durante su creación.

Me muero cada vez que duermo, me lanzo al vacío del pozo interminable e invadido por la penumbra. Durante los sueños la luz no existe, y si la hay es la que nos lleva al mundo de los que nunca despiertan. Me embarco en buque de recuerdos, navego por grandes y amenazantes olas que llevan al olvido. Caer en sus aguas es perderse a sí mismo, y naufragar en la isla de los abandonados. Hombres y mujeres que quisieron dejar todo por la nada, mujeres que no soportaron la soledad, hombres que eligieron ser olvidados. La isla sólo existe en la esperanza de los que quieren llegar a ella, de los que lo han perdido todo. El mapa para llegar a ella se les dibuja como un esbozo impreciso en los más profundos sueños. Yo he visto desde la proa de mi navío a los desgraciados, quienes cada noche se sumergen en las aguas del tempestuoso mar. Se lanzan sin miedo a la muerte. Su agonía les ha hecho perder el mínimo y humano aprecio por la vida. No les queda más esperanza que la de poder llegar a esa isla, donde se dice que naufragar en ella es vivir la felicidad perpetua. Los que llegan ya no regresan, y no se tiene certezas de si lograron sobrevivir. Ningún cuerpo ahogado es devuelto por las olas. Yo me resignado a verlos saltar por la borda, a esperar por si acaso alguno de ellos se arrepiente y decide regresar. Hago esto un día por semana, como rutina, con el mismo número de pasajeros que ya no soporta más el peso de vivir. Veo el brillo en sus ojos al desembarcar hacía su último destino, y éste provoca una curiosidad sombría por saber adónde se dirigen. Ese desánimo y esperanza se contagian fácil.

He preguntado qué es lo que se obtiene al pisar tierra firme en la isla, y la gran mayoría, como si lo hubiesen leído en algún manuscrito divino, me dice que lo importante no es el destino sino el camino, que vale la pena el desafío a la muerte para poder dejar atrás quienes eran, para empezar de nuevo, para borrar el dolor. Y luego pienso que esa felicidad quizás se traduce en suicidio, que no existe tal isla, y que todos ellos me pagan para encontrar un lugar en altamar donde terminar con su vida en un ritual grupal. Al final, ninguno de mis pasajeros duda en dejarse caer: el grupo les da fuerza.

Yo realizaba este trabajo siempre discreto. Todos eran eran hombres y mujeres a los que nunca había visto. Pensaba que podrían de venir de muy lejos hasta este puerto para encontrar la redención buscada. Nunca preguntaba más de lo necesario. Sin embargo, mis pasajeros parecían conocerse entre sí, y todos dejaban cartas de despedida a sus familiares más cercanos, mismos que venían después con la intención de seguir a los que se habían ido para no volver. Se me podría considerar un asesino, pero yo no hacía más de lo que ellos me pagaban por hacer, me gustaba pensar que yo era su verdugo por encargo.

No obstante, todo fue distinto el día en que vi a Florence en el grupo, la cabeza baja, la mirada perdida y lívida hasta la tristeza. No creí que fuera posible: ella siguiendo el paso ritual como una autómata, ensimismada. No pudo o no quiso reconocerme, parecía no verme. Pensé en detenerla, en interponerme entre ella y su funesto actuar, pero me quedé paralizado y la dejé abordar como a todos los demás. Zarpamos y, una vez en altamar, la perdí de vista. Mientras intentaba encontrarla, me perdí en cavilaciones de arrepentimiento. No podía concebir la idea de que su vida fuera tan desgraciada. Yo la amaba y pensé que ella compartía un parecido amor por mí. Me sentía morir, mi corazón se oprimía y me sumía en una tristeza aguda. Ahora yo, como todos mis pasajeros, también me quería dejar de sentir dolor. Al llegar al lugar vi, como cada noche, a cada uno de ellos lanzarse por la borda, hacía ese vacío de donde nunca se regresa. Y con un dolor que mata, vi también saltar a Florence. Comprendí, pude saber la razón por la cual cada uno de ellos decidía irse para no volver. El dolor era ya insoportable y, sin pensarlo, me dirigí también hacia la borda.

Antiguo y escueto manuscrito encontrado en una botella. De autor anónimo, sin firma, sospechoso. Nada se sabe de la mujer llamada Florence. La lista de desaparecidos se agranda.


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