Diagnóstico.

Sam no estaba seguro de si era una señal maravillosa o el presagio de un desastre, pero sí sabía que su concepción de la realidad había experimentado una extraña metamorfosis. Desde que era niño tenía una imaginación desbordante e intransigente. Tomaba sus figuras de acción, sus juguetes y les creaba diferentes formas e identidades en situaciones distintas. Batman no era un justiciero oscuro, enmascarado y con capa sino un hombre misterioso, vestido de negro que vendía enciclopedias de casa en casa para así ocultar su verdadera identidad: un infeliz sin un trabajo fijo al que su esposa había dejado por un profesor de la universidad a la que asistían sus hijos. El Ferrari rojo, de control remoto, no era un auto de lujo sino un camión recolector de basura que circulaba por los barrios más pobres recogiendo los sueños y esperanzas de los más necesitados. Sam no era un niño como los otros, y sus padres, conocedores del comportamiento de su hijo, estaban orgullosos de que tuviera una mente más inquieta, muy por encima de la de los demás. Los años pasaron pronto, y Sam cambió sus juguetes de infancia por unos todavía más complejos: un lápiz, un cuaderno, un diccionario, una silla y una mesa. Sam se convirtió en escritor. Ya no necesitaba representaciones físicas para crear personajes e historias. Ahora transformaba su realidad a partir de la ficción. Para Sam, la escritura resultaba una de las actividades más estimulantes, no necesitaba más que sentarse a escribir para crear una realidad alterna que podía ser reproducida en cada una de la mente de sus lectores. Tenía el poder de escribir mentiras que se asemejaban a la verdad, situaciones inverosímiles que al final eran totalmente factibles y razonables, personajes que no existían pero que luego se convertían en constantes cartas reclamando o agradeciendo a Sam por haberles dado cinco páginas de gloria o de infamia. Lo que él escribía, sentado es su modesta silla de escritor y sobre su parsimonioso cuaderno, se volvía realidad. Como cuando escribió que sería un escritor famoso y tiempo después aparecía en la lista de los que podrían recibir el premio Nobel de Literatura.

Sin embargo, un día todo cambió. La imaginación desbordante de Sam, que todo el tiempo había funcionado internamente como un mecanismo complejo y exacto, tuvo una falla. Los personajes que habían nacido y vivido en perfecta armonía en la mente en su mente, dentro de su mundo interno, ahora se manifestaban fuera de él. Sam se despertaba a causa de los insoportables gritos de Leticia, una de las primeras víctimas del mutilador de Las calles de agua, una de sus primeras novelas; otro día discutía acerca de la existencia de Dios con Pedro Alameda, profesor de teología en su cuento Las almas gritan; otras días más afortunados caminaba en busca de un bar por las calles de París de la mano de Carla, la mujer fatal de su novela Aquí nos tocó vivir y los más placenteros  se organizaban encuentros sexuales múltiples con las tres hermanas londinenses de su novela La reina se desvanece.

Este drástico cambio en la mente de Sam no lo impedía seguir escribiendo, sin embargo, le obligó a estar solo, condenado a una especie de ostracismo consensuado, castigo para muchos,  bendición para unos cuantos. El diagnóstico de Sam fue esquizofrenia.


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