Desenlance

Esa noche, de regreso a casa después de haber cenado fuera, Alberto sintió el deseo incontrolable de hacerle el amor a su mujer. Al bajar de su auto, justo al cruzar el umbral de la puerta, y encontrarse con ella, la besó a mansalva, abrazándose a su abrazo, colmándola de caricias que le recordaban a Sofía. Estaba ebrio de amor, veía a su amante en el rostro y cuerpo de su mujer. La desvistió, salvaje le rasgó la blusa, la falda y las medias. La recostó en el centro de la sala, sobre la alfombra y, entre gemidos y la respiración acelerada, iba y venía entre los muslos de su mujer. Se dejaban llevar por un placer antes ausente y que ahora parecía revivir. Alberto la tomó por el cuello, de la misma manera en que hacía con Sofia, presionando, poco a poco, sin llegar a la asfixia, cada vez más, hasta que su mujer lo hizo detenerse de una fuerte cachetada. No obstante, continúo con su retahíla de menosprecio, de la evidente trasplantación de una mujer en otra, a pesar de los ahogados gritos de su mujer. Los ojos de Alberto ojos se habían llenado de un fuego parecido a la lujuria, el fuego que está por consumir todo a su paso, al ver cómo su mujer de la desesperada súplica había pasado al llanto, pidiéndole sin voz que se detuviera. En ese momento ella, sin otro más remedio, acudiendo a sus últimas fuerzas, lo golpeó más fuerte, y él, en lugar de detenerse, le respondió de la misma manera. La mujer de Alberto no sabía qué más hacer, esperar a que él se cansase, pensó, a que aflojara la presión en su cuello, ya que de resistirse serían aún peor. Éste solo se detuvo cuando la mujer se desvaneció, víctima de una práctica sexual tantos años reprimida. Entonces Alberto se sintió sucio, avergonzado, presa de un profundo arrepentimiento. Este intento de tener sexo con su mujer como lo hacía con Sofía no había funcionado. De lo contrario, hubiera podido quedarse con su mujer y dejar de una vez por todas esa aventura que cada vez lo hacía poner en duda el amor que creía tener por su esposa. Alberto, después de unos minutos de desconcierto, vio cómo su mujer se despertaba después del desmayo, gimiendo de dolor a causa de los golpes de un marido que, en ese momento, ya no podía sentir compasión por ella. Alberto se vistió, tomó las llaves del auto y salió por esa misma puerta por la que minutos antes habían entrado y tomado a su mujer por sorpresa, invadidos quizás por una pasión y deseo mutuos. Alberto sabía que al irse dejaría todo su pasado por un futuro sosegado con Sofía, quien lo estaba esperando esa noche en su apartamento.

Ahora todo será más sencillo, pensó. Conducía libre, seguro de haberse desprendido de una carga. Cínico, pensó que el haber golpeado a su mujer le dejaba las cosas más sencillas. No podrían volver a estar juntos, el divorcio sería inminente. No más explicaciones que dar. Todo se reducía a una firma aquí, por favor, otra al final aquí, gracias, la repartición justa de los bienes acumulados juntos. Tenía claro que la custodia de los hijos la ganaría su esposa, nada les iba a faltar, de eso él se haría responsable. Claro que los iba a extrañar, si son mis hijos, pero ya no podré volver.


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s