Bengala

Estoy al borde de la locura, aunque nunca me he considerado la persona más cuerda. Podría llamarlo el nacimiento de otro yo: un ser desquiciado, intolerante, insensible. Nada que ver conmigo, con lo que en realidad creo ser. Eso creo.

Todo comenzó con la llegada de un ente extraño al apartamento. No puedo decir que llegó sin aviso, pues presentía que iba a estar allí cuando yo llegase. No sé si me lo dijeron los sueños, pero desde que nos mudamos a este nuevo edificio sólo he tenido pesadillas. Como si la habitación tuviera una fuerza propia que se ha alimentado de la presencia de cada nuevo inquilino desde su construcción hace más de un siglo. Una infusión de vida íntima con alegrías y angustias.

Soñaba que alguien cercano a mí moría. Lo peor, y psicóticamente curioso, es que esa muerte era provocada por mí. Otras veces me veía perseguido, víctima de alguna tragedia indescriptible. No sé, quizás todas esas experiencias subconscientes se implantaron en mí, dándome el doble papel de verdugo y ejecutado.

Mi tiempo para dormir se vio perturbado. Me fue imposible conciliar el sueño con la puerta abierta, me pasaba la noche en vela. Con los ojos medio cerrados dejaba la cama para buscar algo que a causa de la oscuridad no podía ver y que, ante la presencia de luz, se esfumaba como mis ganas de dormir. El insomnio lleva a la desesperación, luego a la locura, después al suicidio. Sentía que, poco a poco, me transformaba en otro.

Esto se repetía cada noche, sin embargo, durante el día tampoco estaba ausente. Sentía cómo me miraba, a manera de súplica, rogando mi atención. Unas veces cedía, otras me negaba. No puedo ser tan cruel, me decía en voz baja.

Las semanas seguían su aletargado curso de otoño y todo se volvía parte de una rutina. Le cerraba la puerta del dormitorio antes de que pudiera entrar. Ignoraba los arañazos sobre puerta, el ruido de las tazas que se movían en la mesa de la cocina, su caminar sobre las sillas de la sala, y lo peor, cómo merodeaba en la sala de baño, introduciéndose en un hueco debajo de la bañera, entre las tuberías. Esto último me despertaba en seco. Me levantaba encendiendo todas las luces, dispuesto a encontrarle y torturarle. Cuántas veces había imaginado tenerlo entre mis manos y ponerle un alto de una sola vez. No obstante, en cuanto lograba atraparlo, lo reprendía con una violencia reprimida. Al final la víctima era él, me lo mostraba el reflejo de sus ojos donde yo veía a alguien que no era yo, la representación de aquel personaje de un cuento de terror. La única diferencia es que yo no había llegado a ese extremo: mi gato no era negro y mi mujer aún dormía profundamente.


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