Girasoles.

Los recuerdos de aquella época son una mezcla confusa de alegría y dolor, un extraño deseo de morir sin sufrimiento, de nunca de vivir en agonía. En ausencia de mi familia, no sé si mis padres vivan todavía, o si mi esposa se ha cansado de esperarme. Una joven enfermera, llamada Rosario, me ha dicho que me será difícil volver a mis recuerdos después del tiempo pasado en coma. No recuerdo qué me pasó, sé tan solo que hace pocos días desperté en este almacén de camillas y sábanas blancas, donde el dolor de muchos no deja lugar a ningún minuto de calma.

«Ha pasado un año desde que llegaste», me dijo Rosa, cuidando cada palabra, como si tratase con un niño. «Uno de los soldados de tu grupo pisó una mina. Tú fuiste el único superviviente. Tus heridas eran graves, los médicos no pudieron salvar ni tu pierna ni tu brazo derechos. Durante la amputación, el dolor fue tanto que te fue insoportable y, para evitar más daños, te indujeron en un estado de coma.»

Cómo sobrellevar el peso del abandono, del olvido y de la mutilación. Hubiera preferido no haber despertado. Rosario me dijo que enviaron cartas a mis padres, a mi esposa y nunca obtuvieron respuesta. La única explicación es que ellos también fueran desplazados por el ejército enemigo, condenados a la muerte al intentar defenderse o al convertirse en prisioneros. Deseé que tuvieran el tiempo de escapar, dejar la nostalgia y la muerte para otro tiempo.

La recuperación es larga y dolorosa, al contrario de los días que pasan como si no me diera cuenta. A veces el dolor me hace muchas veces dejar de sentir el paso del tiempo a base de horas y sentirlo como punzadas. La mañana tiene comienzo con la primera: un despertador que tortura, un dolor fantasma que recorre mi pierna y mi brazo inexistentes. La tarde se traduce en dolores discordes mezclados con mis ganas de vivir, de extremadamente intensos a casi por momentos imperceptibles, provocando un momento de pausa para la agonía de la esperanza. La noche por lo contrario es más serena, y pareciera que el dolor y yo llegamos a un acuerdo tácito que me permite dormir. Un seguro hasta mañana que me aterra, pero que al menos me recuerda que sigo vivo.

Mi memoria me traiciona. No puede recordar hechos concretos. Pareciera que el olvido también ha mutilado la tristeza. Le doy vueltas a la idea de que soy un hombre incompleto. Me miro la mitad del cuerpo completa y me rio al confirmar mi lado mutilado. En Rosario se manifiesta una mezcla de desconcierto y de falsa esperanza. Por un lado, le cuesta creer que la risa involuntaria sea sinónimo de una recuperación más rápida —yo qué sé— y por otro sabe, como yo, que levantarme de esta cama será la prueba más difícil.

Todas las mañanas, cuando el dolor aun no me despierta, escucho con los ojos cerrados el casi imperceptible caminar de Rosario. Antes del alba, viene a dejarme un florero con dos girasoles frente a mi cama. Al abrir los ojos, un diminuto paisaje floral, con la sencilla belleza de dos flores amarillas y su aroma, absorben por un instante el dolor que me despierta. Rosario se hace la sorprendida cuando, al ver las flores, viene a dejarme el desayuno. Qué bonitas, ¿quién las habrá traído?, y me mira como si no supiera la respuesta. Yo me dejo engañar como a un niño, miento diciendo con los hombros no sé, pero que sí, que son muy bonitas.

El dolor, después de algunas semanas, deja entrever su renuncia a seguir torturándome, se debilita a medida que mis fuerzas aumentan. Dos veces por semana Coral viene con una silla de ruedas para salir juntos a dar un paseo, aunque en realidad soy yo al que ella pasea, pues simplemente me dejo llevar. Pasamos por un pequeño jardín improvisado, diferentes tipos de flores, girasoles abigarrados. Le confieso que durante estos meses los dos girasoles me han dado esperanzas, que incluso, aunque no esté del todo seguro, el deseo de vivir reaparece. Rosario me sonríe, cómplice de mi lenta pero segura recuperación. ¿Dos girasoles? me pregunta, sin disimular un rojo repentino en las mejillas al saberse casi descubierta.

 


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