Un golpe en la cabeza

Pensé en que, como Borges, podría escribir un cuento a partir del golpe que me di en la frente con la esquina de la mesa cuando intentaba atrapar al gato. Gran castigo fue sentir el dolor no previsto, pues como muchos no tengo ojos en la frente. Me dolió, y se me formó un chichón que me dejó medio disfrazado de diablo o de unicornio mal formado. Pensaba escribir sobre el miedo a la muerte después de un golpe en la cabeza. Ese miedo de la infancia. Ese recuerdo de mi madre cuidando que ninguno de sus hijos se fuera a dormir después de un golpe en la cabeza, porque de hacerlo el sueño podría matarlos. Me imaginé un final así, por un imbécil descuido. Me iría a dormir, entre sueños me cruzaría con la muerte y ahí me quedaría, atrapado en un mundo del que ya no se sale. El lugar donde los muertos viven, donde los vivos mueren para vivir; donde la muerte es el paso seguro a una segunda vida que no es vida, pero que al menos nos salva de una segunda muerte. Ahí sí que tendría la eternidad para intentar responder al porqué de mi muerte prematura, saber que todo era parte del plan del destino, que es así como la vida iba a terminarse para mí. Así toda luz se convierte en oscuridad, toda esperanza en desesperanza. Ahí no se es feliz, tampoco se siente la alegría. Ahí la tristeza es reina e, impedidos de sentir lo contrario, ese estado se vuelve natural. Tristes sin darnos cuenta, muriendo porque ya no pudimos vivir. Muerte y tristeza eternas, el gran negocio de la compañía de Jesús, la muerte segura para todos.

La muerte siempre a precio reducido.

El lugar de encuentro. Es mentira cuando nos dicen que es ahí donde morimos —vivir ya no es— con los que tanto quisimos. Querremos que todos vengan, vamos a ser muy pacientes. Sabremos que van a llegar porque se nos ha revelado el cuándo y cómo. Allá abajo —o allá arriba— se nos confiarán todas las respuestas para que el tiempo no se nos vaya en pensar y así se vuelva castigo eterno, viviendo sin tiempo, en oscuridad, escuchando de vez en cuando el llanto adornando a la tristeza. Podremos ver a nuestro alrededor, pero no más allá de nosotros mismos. Nuestras manos serán la única luz en la oscuridad. Ya nadie vendrá a visitarnos. Los demás van a morirse, pero no van a venir, serán destinados a lugares lejanos. Nadie tendrá compañía. Todos moriremos en las antípodas.

Y todo por no hacerle caso a mi madre, todo por un golpe en la cabeza y el descuido de quedarme dormido. De haber sabido que me esperaba la muerte habría evitado la hora de acostarme.

Ya no sé si escribo o si he muerto. Quizás ahora sueño que escribo, entre sueños imagino que sueño que escribo y que en realidad sí me pegué en la cabeza, pero que no moriré al despertar. Sueño que sueño y que no despierto si no termino la última palabra de la última página que no termina. Me quedo siempre al final de la tercera cuando comienzo a escribir la segunda. Me despierto, sueño que me despierto, que sigo escribiendo y que no termino. Imagino que nada es verdad: los sueños engañan y entre sueños me digo que no debo confiar ya en mí mismo, que la eternidad me está jugando chueco, una mala jugada que no termina.

Sueño que por fin puedo despertarme, pero me despierto en otro sueño: ya no estoy muerto pero no puedo sentir que estoy vivo. No siento el cuerpo, me muevo como si flotase. Estoy en la cocina, me acuerdo de que, antes de dormir, estaba en la sala escribiendo, que escribía sobre la muerte repentina por un golpe en la cabeza. Voy a ver al salón para saber si terminé o no de escribir y, para sorpresa y horror míos, veo a otro yo que escribe, que hace una pausa para tomar algo de café y lanzarse de nuevo al teclado continuando lo que yo no pude continuar. Empiezo a sentir frio, imagino que la habitación se congela y veo a aquel que no soy yo, pero que se parece a mí, cubrirse los pies con una manta, porque siempre he tenido más frio en los pies que en otra parte del cuerpo. Ahora siento los pies fríos, sueño que ya no estoy ahí, que he pasado a ser letras y palabras. Que soy una lengua muerta, indescifrable, presa del olvido. Que ya nadie me habla, que me he quedado solo.

Me despierto agitado, mojado en sudor por el terror de haberme muerto por un simple golpe en la cabeza. Las luces siguen encendidas. La sed y el calor me obligan a ir a la cocina por un vaso de agua. ¿Quién ha encendido las luces o quién no las ha apagado? Recuerdo que escribía antes de despertar, o que imaginaba que escribía. ¿Estaba soñando? La puerta del salón está abierta, alguien está sentado en mi silla, sigue escribiendo, me acerco lento, con sigilo, para que no se dé cuenta de mi presencia. Ya no siento miedo. El piso gastado del apartamento me delata con su crujido. Gira la cabeza. No era un sueño, soy yo, pero no puedo verme. Continua con su tarea, escribe como hipnotizado. Me acerco aún más y empiezo a leer lo que escribe: temo que la muerte me visite esta noche. Y todo por un golpe en la cabeza.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s