Un golpe en la cabeza

Pensé que, como aquel escritor inolvidable que me cuesta recordar, podría escribir un cuento a partir del golpe que me di en la frente con la esquina de la mesa. Tamaño castigo fue sentir el dolor no previsto pues, como muchos, no tengo ojos en la frente. Comencé entonces a escribir sobre el miedo a la muerte después de un golpe en la cabeza. Miedo de la infancia, el recuerdo de mi madre cuidando que no me quedase dormido después de un golpe en la cabeza, su voz diciendo no te vayas a quedar dormido porque si no ya nunca te vas a despertar. Me imaginé un final así, por un imbécil e infantil descuido. Me iría a dormir, entre sueños me cruzaría con la muerte y ahí me quedaría, atrapado en un mundo del que ya no se sale. El lugar donde los muertos viven, donde los vivos mueren para vivir. La muerte como paso seguro a una segunda vida que no es vida, pero que salva de una segunda muerte. Allí sí que tendría la eternidad para intentar responder al porqué de mi muerte prematura, saber que todo era parte del plan del destino, que era así como la vida iba a terminarse para mí. Me encontré en el lugar donde toda luz se convierte en oscuridad, toda esperanza en desesperanza. Aquí no se es feliz. Aquí reina la tristeza. Impedido de sentir lo contrario, ese estado se me volvía natural, triste sin darme cuenta, muriendo porque ya no quedaba de otra. Muerte y tristeza eternas, el gran negocio de la compañía de Jesús, la condena para todos. Muerte siempre a precio reducido, el lugar del reencuentro de regalo. Es mentira cuando se nos promete la vida eterna con los que tanto quisimos. Llegué a ese lugar sin tiempo, a la espera de los demás, predispuesto a la paciencia. Van a llegar, se me ha revelado el cuándo y cómo. Aquí abajo, o aquí arriba, todas las preguntas encuentran su respuesta para que el tiempo no se nos vaya en cavilaciones, castigo eterno, viviendo sin tiempo, en oscuridad, escuchando de vez en cuando el llanto adornando a la tristeza. Podía ver a mi alrededor, pero no más allá de mí mismo. Mis manos eran la única luz.  Nadie venía a visitarme. Todos van a morirse, pero no van a venir, serán destinados a lugares lejanos. Se me negaba la compañía. Todos morían en las antípodas. Y todo por no hacerle caso a mi madre, todo por un golpe en la cabeza, por quedarme dormido. De haber sabido que me esperaba la muerte habría evitado la hora de acostarme. 

Ya no sé si escribo o si he muerto. Sueño que escribo, entre sueños imagino que sueño que escribo y que en realidad sí me pegué en la cabeza, pero que no moriré al despertar. Sueño que sueño y que no despierto si no termino la última palabra de la última página que no termina. Me quedo siempre al final de la tercera cuando comienzo a escribir la segunda. Me despierto, sueño que despierto, sigo escribiendo y no termino. Imagino que nada es verdad, los sueños engañan y entre sueños me digo que no debo confiar ya en mí mismo, que la eternidad me está jugando una mala jugada que no termina. 

Sueño que por fin puedo despertarme, pero me despierto en otro sueño. Ya no estoy muerto pero no puedo sentir que estoy vivo. No siento el cuerpo, me muevo como si flotara. Estoy en la cocina, me acuerdo de que antes de dormir estaba en la sala escribiendo, que escribía sobre la muerte repentina por un golpe en la cabeza. Me dirijo al salón para saber si terminé o no de escribir y, para sorpresa y horror míos, veo a otro yo que escribe, que hace una pausa para tomar algo de café y lanzarse de nuevo al teclado, continuando lo que yo no pude continuar. Empiezo a sentir frío, imagino que la habitación se congela. Observo a aquel que no soy yo cubrirse los pies con una manta, porque tengo frío. Siento los pies fríos, sueño que ya no estoy ahí, que he pasado a ser letras y palabras. Soy una lengua muerta, indescifrable, presa del olvido. Ya nadie me habla, que me he quedado solo. 

Me despierto agitado, bañado en sudor por el terror de haberme muerto por un simple golpe en la cabeza. La sed y el calor me obligan a ir a la cocina por un vaso de agua. ¿Quién ha encendido las luces? ¿Quién no las ha apagado? Recuerdo que escribía antes de despertar, o que imaginaba que escribía. ¿Estaba soñando? La puerta del salón está abierta, un hombre sentado en mi silla, escribiendo. Me acerco sigiloso, no hace falta distraerlo. El piso de madera gastado me delata con un crujido. Gira la cabeza. Soy yo. No puede verme, no puedo verme. Regresa la mirada a la pantalla, doy un trago al vaso de agua, el hombre continúa con su tarea, escribo como hipnotizado. Me acerco para leer lo que escribe: 

Temo que la muerte me visite esta noche, me he dado un fuerte golpe en la frente.  


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