Ya somos el olvido

Ya somos el olvido que seremos, las cenizas de un fuego lento, morirse cada día de a poco para poder vivir. La vida como desgaste, como muerte pequeña. Morir de a poco para no morirse al instante. Conservar la vida para los años que vienen. Ser cuerpo y no ser mente. La vida sin conciencia no es vida, es mera existencia, como los árboles, que están ahí pero no están. El hombre en estado vegetal, que existe porque respira. ¿Cuánto se puede existir así? ¿A dónde se ha ido la conciencia? Se muere con un cuerpo aparentemente funcional, la muerte de la conciencia que deja al cuerpo como un aparato vacío. Se tiene cuerpo como contacto con el exterior, de no tenerlo no existiría tampoco el yo, la conciencia. Cuerpo y mente como uno solo. Por eso somos el olvido que seremos, porque ya he visto mi muerte, he estado en ese lugar oscuro, es ahí a donde regreso cada noche, la vida onírica, esa vida antes de nacer. Un eterno retorno con cada noche de sueño o con cada siesta. Ahí llevamos otra vida acechada por el olvido del alba, recuerdos ínfimos entre el sueño y la vigilia. Quién no se ha despertado entre sueños, con el recuerdo latente de algo acabado de vivir y con el deseo inmediato de querer guardarlo en la memoria o de escribirlo. Esa vida que llevamos, nuestra vida onírica, casi siempre involuntaria. Uno no decide el sueño como tampoco decide la muerte, o la lluvia que nos moja a la salida del trabajo.

No recuerdo los sueños de anoche, pero estoy seguro de que pasó algo, de que se me invitó a vivir otra vida y que yo acepté sin reclamos. Fui conducido por un camino sin encrucijadas, un único sendero para recorrer, una sola vía de ida y de regreso, un camino único e individual. No soy el que aquí escribe antes de partir al trabajo. No soy un me siento enfermo antes de comenzar. No soy el que presiente una intoxicación alimentaria. Soy el reflejo de lo que veo en el espejo y lo que los otros ven en mí. Solo muy dentro de mí se oculta el verdadero yo.

¿Dónde estás?

Me quedé con los viejos amigos y los viejos amores, con algún extraño en la calle, en un cruce de peatones, en la Gran Vía de Madrid y en una librería en Barcelona. He estado en tantos bares en el mismo bar, muy solo cuando estoy con muchos y bien acompañado cuando he tenido la fortuna de ser lo único para una mujer bien amada. Me he quedado en casa haciendo tantos viajes, he recorrido países y tiempos, en constante movimiento inmóvil en el sillón que me sirve de escritorio, de cabecera para los libros y de sofá para las siestas después de comer o después de que el libro se me cae de las manos porque medio duermo y medio leo. He conocido tantos lugares y personas sin apenas moverme. Así se está bien aquí, entre libros, con los amigos que te entienden y no te juzgan, los únicos que hablan más que yo, porque para escucharlos se requiere mi absoluto silencio. Por eso cuando salgo hablo mucho, me convierto en libro, en un audiolibro y me leo a los demás, y pocas veces se me da bien el escuchar. Ganas irreparables de ser leído y escuchado, como si fuera estuviese mi única oportunidad de transmitir lo que soy. Si los otros son yo, yo soy todos los demás: necesito reflejarme en ellos para dar nacimiento a un nuevo yo, para completar al que ya persiste. Soy uno siempre distinto a partir de cada persona que intercambia una o más palabras luego de un encuentro fortuito en la calle o algún conocido que se tomó el tiempo para vernos y hablar en lugar de verse y hablar con alguien más.

Así son los otros quienes han creado esta identidad, y yo trato de revelarme cada día contra esa persona muy ajena a mí que es yo. Extraños que me ayudan a encontrarme conmigo mismo, por eso la necesidad de echar por la ventana la soledad por cortos momentos, para después recuperarla y poder escuchar la voz que se esconde dentro de mi conciencia.

¿Quién soy y cuántos?

Ya no puedo ser ayer y no sé si seré mañana. El yo de ahora se escurre entre las manecillas de un reloj que se derrite con su propio paso. Un instante derretido por el calor, por el segundero del reloj que nos tortura de noche, cuando lo único que se quiere escuchar es el silencio.

¿A dónde vamos?


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