03 de agosto de 2019

03 de agosto 2019

Creo que no tiene nada de malo que las «páginas matutinas» no sean siempre tan matutinas. Escribo esto a las 13 horas, y las páginas de ayer fueron escritas después de las cuatro de la tarde. Al final las terminaré llamando «páginas tardías».

Hoy me fue imposible escribir al despertarme, pues mi jornada laboral comenzó a las siete de la mañana. Difícil hacerlo cuando se quiere pasar más tiempo en la cama antes de levantarse de una vez por todas. Pero debo remarcar algo importante, y es que desde que partí al trabajo no he dejado de pensar en este momento. Todavía me parece complicado llenar estas tres páginas, y apenas es el segundo día. Se me acaba de ocurrir algo, ¿y si pongo un interlineado? Así esto será más parecido a escribir sobre papel a mano. Listo, me parece que todo se ve mejor así. Y bueno, la verdad no es como si estuviera haciendo trampa, pues las tres páginas serán escritas, solo que en otro formato y con menos palabras.

Ayer, antes de dormir leí sobre la cita con el artista, dos horas a la semana para pasarlas conmigo mismo. Si estás páginas sirven para vaciar las ideas, la cita con el artista debe llenar ese vacío que nos deja escribir todos los días. Ahora pienso que el trabajo del escritor debe ser agotador, pues se tiene que dejar parte de uno mismos sobre el papel. Imagino cuánto se deja fuera. Pero curiosamente escribir no deja un vacío, aunque se asemeja a la sensación de falta al terminar de escribir una historia. Todavía no me siento listo para escribir una novela. No tengo el sentido de la organización necesario para crear un argumento y sus personajes. Todavía no sé cómo hacen los escritores que publican. Los leo y creo darme cuenta de cómo lo hacen, pero al final me siento confundido. Complicada es la tarea de descifrar el método de un escritor. Creo que con los únicos escritores que lo he hecho a conciencia han sido Murakami y Benito Pérez Galdós, a quienes leí como escritor antes que lector y me divertía encontrar detalles que nadie más veía. Eso era como experimentar un diálogo permanente con el escritor y sentir cómo, de repente, te hace un guiño con alguna frase que solo pocos entienden. No recuerdo ninguna frase del libro de Murakami, pero recuerdo cómo el personaje tenía la manía de comer pequeños dulces de limón, actividad que se repetía durante toda la novela y que servía para darle vida al personaje. También es difícil obtener la vida de la nada, y crear donde antes no había nada. Otra cosa que llamó mi atención y provocó una sonrisa la vida que le da a las cosas en La Desheredada de Pérez Galdós. El padre de Isidora Rufete enferma de locura, y este se entretenía hablando con un chorro de agua. Una vez que el padre fue incapaz quitar la cama, poco antes de morir, e imposibilitado para seguir charlando con el chorro de agua, los demás pacientes del manicomio le preguntan al chorro de agua qué ha pasado con el padre de la Rufete, y es aquí cuando el narrador dice éste —el chorro de agua— no ha dado noticias de aquel hombre. Es claro que el chorro de agua no habla, pero este adquiere vida por un instante. También me hace pensar en el gato negro con el que habla Oliveira en Rayuela. Éste le cuenta al gato lo último que le ha pasado, y como si el lector esperase una respuesta, el narrador termina por decir el gato no respondió. Esos son los pequeños guiños al lector. Esas frases que para muchos pueden parecer solemnes pero que para el lector más ávido resultan motivo de carcajadas. Esa es mi reacción para muchas novelas de finales del siglo XX, novelas que me tomo cómicamente en serio. Eso es lo que disfruto de la lectura. No hacer interpretaciones innecesarias y ridículas. Mi charla con al autor se enfoca en cómo narra la historia más allá del porqué lo hace de una manera u otra. Me perece que todos nos equivocamos cuando analizamos un texto a partir de su época y contexto social. Como escritor en ciernes —que se me disculpe el considerarme siquiera escritor— sé que mis historias no son motivadas por mi circunstancia social y política ­(aunque todo escritor es hijo de su tiempo). Cuando escribo no lo hago pensando en plasmar mi época, sino que esto viene después, y no está en mí el darle un significado como tal, sino en mis lectores. Los lectores hacen suyo un libro y su historia, y cualquier interpretación que hagan del texto será por demás aceptada. Esto es la razón por la cual no consigo tener buenas notas en literatura, a partir de mi interpretación de un libro. Mis profesores están lejos de ser como niños cuando leen una historia. Estos profesores que lee un libro más de diez veces como si la vida no fuera tan corta como para perder el tiempo en un solo libro. Imagino que son lectores de un solo libro, confinados en una isla desierta y que terminan por contentarse en leer de mil maneras una misma historia. No sé cómo se puede vivir con tanta monotonía, porque, aunque estoy seguro de que la historia leída más de una vez puede cambiar, no deja de ser lo mismo leído desde otro punto de vista más o menos profundo.

Tener hambre. Nuca hubiera pensado que estaría escribiendo sobre la necesidad física y psicológica de comer. Porque me doy cuenta de que también el hambre está en la mente, pues durante el trabajo, por la mañana, no había pensado en que tenía que comer algo, y ahora comienzo a salivar pensando en la comida. Y es que ya es tarde, y yo tenía que haber empezado a cocinar desde que llegué a casa, pero estás paginas me han llamado primero. Mira, que ya no falta mucho. Con el interlineado que has puesto las tres páginas ya no rebasaran las dos mil palabras, y solo llegaremos a unas mil ochocientas o quién sabe, quizás dos mil. Mi teléfono acaba de vibrar, ¿Quién me habrá escrito? Me tomaré unos segundos para revisar. Listo, le he mostrado unas fotos familiares. No unas fotos familiares por conocidas, sino unas fotos de mis hermanos cuando eran jóvenes. Me da risa, pero también las fotos muestran a un Ricardo más joven. Pienso que nunca imaginé vivir 27 años. Y no es que pensara en que iba a morir joven, sino que vivir es algo tan cotidiano que no me pongo a pensar en el tiempo. El tiempo no pasa, el tiempo corre, y parece que yo corro con él, pues, aunque quiera negarlo, éste me arrastra. Quizás existe un mundo alterno donde la vida no es como ahora. Quizás esto no es real y la realidad se encuentra en otra parte. Y en esa otra parte yo o alguno de mis hermanos ya no vive, así como también algunos de mis tíos también podrían seguir vivos. Si este mundo existe es porque existen otros, pues no creo que seamos los únicos. La gente es tan distinta dependiendo donde haya crecido y con el tipo de familia con que se haya criado. Eso se ve en cada gente con la cual nos cruzamos un instante. Yo me doy cuenta a partir de cada cliente en el trabajo. Están desde los que son simpáticos y educados y los que ni siquiera te dan las gracias. Existen un tipo de adulto que se comporta como niño mal educado.

Creo que me estoy quedando vacío. Las palabras ya no salen como deberían y empiezo a pensar que me falta vocabulario. Mi parte crítica aparece. Aquella que le gusta mantenerme con las manos atadas y lejos del ordenador para que yo no escriba nunca nada. Pero aquí estoy, llegando casi al final de la página y enseguida cocinar algo para comer y sentir que el día ha sido de provecho.


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