Dos lugares

Iba por buen camino. La idea de escribir mil palabras diarias era la respuesta a todas las preguntas. No se puede ser escritor si no se escribe. Con esto reinauguro este ejercicio nacido hace años de la soledad, el cual dejó constancia de los últimos meses de un amor fulminante. Escribía como remedio ante la soledad inminente. Ella se había ido y mi ritmo de vida ya no era el mismo. Todo se había vuelto una espera como cura contra la distancia. Las semanas se iban con los deseos de estar cerca otra vez y volver a sentir que se vivía. Así que escribir mil palabras era al inicio de una alabanza al amor, el allegro; después se convirtió en un largo constante, hasta que la pieza dejó de tocarse en el silencio de mi habitación. Bello comienzo para la tristeza que me apagaría el deseo de vivir. Placentero comienzo para algo que iba a terminar pese a todo los intentos de darle vida. Recuerdo el canon de Pachebel, el comienzo solitario y lento que va poblándose de voces, una culminación, una tristeza al inicio, una belle tristeza que se topa con la esperanza. No hay soledad en el canon, una sola voz atrae a cientos.

La llamé quizás en ese momento, diciéndole la experiencia catártica, la epifanía que acaba de vivir con una sola pieza musical compuesta hace siglos. Fue un viaje al cielo con suspiros. La vida era tan bella que no tenía sentido. El sinsentido como único aliciente para seguir viviendo. Continuar ese camino sin final aparente, sin final anunciado. Vivir como peregrinar, sabiendo el lugar donde terminará el camino. Ese momento en que los pies ya no podrán caminar por cansancio o por impedimento ajeno. La muerte disfrazada de accidente. La muerte presente en toda la vida. Sentir que nos morimos de tanto querer o morir de tanto desamor. Sentir que la tristeza nos abre un hueco profundo en el pecho exponiendo el corazón. Las noches ya no me hablan como lo hacían en mi reducido cuarto de estudiante cuando todo empezó hace cuatro años. Esos días fueron registrados tan solo con la frágil memoria. Esos meses no tienen estas paginas para verificarse. Esos días pasaron como si no existiesen, y se han quedado como un recuerdo en una noche de neblina. Poco puedo traer de vuelta esos días. Sin embargo mi memoria no ha enflaquecido. Recuerdo mi primer día en Francia. Primera noche sin lugar seguro donde dormir. Las esperanzas puestas en un solo amigo. Una ciudad que me dio la bienvenida. Grenoble frio y con nieve. Mis primeros días como periplo a Lyon, a la universidad, a un lugar ajeno que se convertiría en mi ciudad adoptiva. Mi primer día en la residencia universitaria. Una habitación tan pequeña pero que me prometía una gran independencia. Acomodé las pocas cosas que traía conmigo a mi gusto. Poca ropa y muchos libros. Los libros hicieron de esa habitación mi hogar, y así me fui sintiendo en casa, poblando de libros ese limitado cuarto, libros como compañeros porque me sentía muy solo y muy lejos de los libros que dejé en la casa donde nací. Allá dejé una gran parte de mí, acumulada en libros que nunca pudieron tener un librero para vivir de manera más holgada. Libros que permanecían ocultos. Libros que formaban parte de mí, que eran yo, que eran una ventana hacía mí mismo. Esa soledad me acompaña, y los libros ya no combaten la soledad sino que la vuelven un lugar más habitable. Mi librero está presente. ahí están los primeros libros que me acompañaron hace cuatro años, acompañados de los que me formaron en Francia. Dos bibliotecas y dos yos. Hay tan solo unos pocos libros que estuvieron en la casa materna, los que he podido traer conmigo en los dos viajes que hice de regreso y que ahora comparten dos historias, los demás son fruto del vivir en otra parte.

Sin pensarlo, luego de mi último regreso, me traje a E. conmigo en uno de esos libros. Me traje Conversación en la Catedral para sentir que todavía podía hablar con ella. Me traje ese libro conmigo porque, aun si no lo he leído, encierra una parte de mí y de mi vida. Dos vidas. Su pluma dejó una parte suya en la primera página. Me contaba cómo tenía deseos de escribirle una carta a Mario, a visitar su casa en Madrid, decirle de viva voz cómo se había convertido en su escritor predilecto, favorito. Para mí ya era una especie de maestro. A Vargas Llosa debí haberlo leído por primera vez en la adolescencia, cuando leía por más placer que por necesidad. Pero la necesidad no ha terminado con el placer. Ahora leo porque quiero escribir. Porque vivir cobra sentido con cada palabra plasmada en el papel. Me entristece haber dejado tantos años en silencio, sin huella escrita del tiempo, sin haber puesto mis pensamientos sobre una página todos los días. Ahora sé que comienzo tarde, o que comienzo pronto, según como lo vea mi yo del futuro. Libros que son amigos, que encierran personajes más cercanos que los amigos de este mundo apátrida. La Patria se encuentra en los libros, que desde siempre trataron de aprenderme el oficio de escritor sin mucho éxito. Yo quería se músico, después periodista, luego diplomático, y ahora escritor. Una reconversión profesional que parece tardía. Los juegos de la edad tardía. Salir de México me ha llevado a este camino, tomarme más en serio esta labor con inefables, incontables recompensas. Escribir para existir, escribo luego existo, habría acertado mejor Descartes.

Querer ser escritor llegó con los años de lectura, con el gusto natural por las palabras, por la poesía. El sueño de poder vivir de la escritura. De hacer de la literatura la venganza contra las ofensas de la vida. Vengo tarde. Mis mil palabras no comenzaron más pronto porque mi entorno nunca podría haberme motivado a seguir este camino. Como no había libros en casa, el niño que yo era se dejaba llevar por la televisión, pésima educadora. Leer me hizo libre, y de la libertad comenzaron a nacer esperanzas.

02 de febrero de 2020


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