02 de agosto de 2019

Las páginas matutinas parecen la forma de meditación perfecta. Tres páginas donde anotar lo que nos viene a la mente —lo que sea— por las mañanas. Es viernes y no he comenzado esto a la primera hora del día, cuando el despertador suena, antes o después del camión de la basura cada mañana. Me hubiera gustado escribir esto acompañado del frescor de un nuevo día, pero mi incesante procrastinación me lo ha impedido aconsejándome —mal consejo— de dejar todo para más tarde. ¿Te das cuenta cómo el día se desvanece cuando no tomas al tiempo por los cuernos? Bueno, imaginemos que puedes montar el aparato circular que te hace falta en tu casa, ese que marca las horas, y entonces en lugar de tomar al tiempo por los cuernos tomas finalmente a ese reloj por las manecillas. Ese reloj de pared, que te anuncia el tiempo y al que tú quieres domar como si se tratase de un animal salvaje —porque el tiempo en sí es salvaje— y que, al intentar detener el paso continuo de las manecillas, aquellas tres que serán tus enemigas: los segundos, los minutos y las horas. Considérate afortunado de poder domar tan solo la manecilla de los segundos, porque desgraciadamente, mientras lo haces, los minutos y las horas seguirán su natural curso. Lo mejor sería no empeñarse en controlar el tiempo, pues de hacerlo nos vamos a llevar una vida. Además, vivir es una constante resistencia contra el tiempo, mismo que al final nos mata. Así que piensa mejor cuando tires el tiempo a la basura, porque en realidad te estás muriendo sin saberlo.

Bien, ha sido media página de reflexión, aunque no considero que sea la manera correcta. Sí, lo sé, tres páginas me parecen mucho y ahora estoy pensando en buscar en Google de qué tamaño debe ser la letra para que esto se asemeje a una página manuscrita… estoy de regreso. Lo que he encontrado es que una página equivaldría alrededor de 700 a 800 palabras, esto quiere decir que tengo que escribir más allá de lo que me había propuesto antes: en lugar de mil palabras tendré que llenar tres páginas con más de dos mil palabras. Esto puedo intentarlo hoy, pues tengo más de una idea que ha nacido a lo largo de esta semana y justamente otra idea que apareció justo antes de comenzar a escribir esto.

Decía que escribir las páginas matutinas parece la forma de meditación perfecta. Si así lo fuera, escribir sería meditar, pero dejando una huella de ello. Un escritor medita cada vez que escribe y al escribir está en contacto constante con Dios… no esto es una broma, el escritor está en contacto constante consigo mismo. Ha cerrado puertas y ventanas del exterior y se ha adentrado en sus pensamientos, profundos o superficiales pero que al final son suyos y no pasaran en vano por el instante de una idea o un pensamiento.

Ayer un cuento se escribió en mi vida. Caina me provocó un delicioso suspiro con sus dos mensajes después de semanas de silencio. Es cierto que desde hace años no había echado en falta nuestra única conversación en un único día de invierno en enero del 2016. Sin embargo, Caina desapareció durante casi tres años y ahora ha vuelto por mera coincidencia. O a causa de mis nimias decisiones. Decidí cambiar de trabajo, y justo los primeros días de haber empezado el otro empleo me reencuentro con ella. Pareciera que mi memoria la había borrado poco a poco, pero en un instante su recuerdo me llegó como un rayo. Un encuentro que no duró más dos minutos y del cual no pensé darle tanta importancia. El caso es que Caina me envío en mensaje esa misma noche, donde me decía que se alegraba de haberme visto y quería saber qué había sido de mi vida en este tiempo. Los mensajes de Cina se multiplicaron con el tiempo, mensajes largos y bien escritos; de una prosa naciente y una alma frágil y cautiva. Me encontré con la misma mujer poesía del inicio, y me veía de nuevo viviendo un día de cursos en la universidad a su lado, fingiendo que yo también tenía que asistir a la misma clase de ella para decidir si me gustaba o no. Lo que me gustaba era ella. El misterio de unos ojos grises, un cabello negro y unos labios sobresalientes. Pensar que me enamoré en cuestión de horas y que me debatía entre la idea de robarle un beso a cambio de un libro y pocas o muchas palabras. La perdí sin tenerla, pero no la perdí para siempre. La sorpresa de mi vida es que, sin buscarla, sin buscarme, ella ha regresado. Y por momentos podría pensar que es una señal, que debería esta vez acercarme más a ella. No perderla. No dejarla ir. No me dejes.

No creo en señales. La vida está llena de coincidencias que no significan nada. El gran amor que creíamos eterno se puede desvanecer en tan pocos días. El mejor amigo se vuelve un extraño sin darnos cuenta. Muchas veces odiamos a quienes antes apreciábamos y queríamos. Caina ha vuelto, poco a poco. me gustaría saber de qué podríamos conversar ahora. Ayer, después de leer su mensaje, recordé súbitamente que en mi diario —regalo de D., la mujer de la danza y la poesía— había escrito mi primera pasión y desazón amorosas. Describí a Caina como la mujer-musa, y escribiéndola me puse a soñar con ella. Me sentía tan enamorado como Borges, y sentía que había encontrado a la mujer de la conversación eterna. Ella era sensibilidad y sensualidad juntas. Y yo me enamoraba en un instante imaginando una vida con ella. Quizás no sea que imagine una vida junto a cada mujer que me deslumbra, sino que puedo imaginar una historia juntos hasta sus últimas consecuencias. En realidad, muchas veces no me siento lo suficientemente maduro para entrar en la vida de ciertas mujeres. Es sabido por mí que mis 27 años no reflejan al niño que todavía llevo dentro. Me siento todavía con un futuro indefinido por delante. Creo todavía en tener el tiempo necesario para ser lo que quiero ser cuando sea grande. Aunque a esta edad ya debería poder tener un futuro consolidado. Todo se ha quedado en unos cuentos sueños no cumplidos y en decepciones amorosas. Todo parece haberse quedado en pausa aquel día en que Caina y yo nos despedimos y que ya no volvimos hablar. Veo ese cuaderno encuadernado en cuero —espero que sea sintético para consuelo de los ambientalistas— ese cuaderno donde está guardado mi yo pasado y que al releerlo poco me reconozco. Ese cuaderno cuenta amores. Coincidencia, ya que ese fue un regalo del único amor que me costó dejar lejos y que todavía echo de menos. D., tú te quedaste inmaculada, y yo te amé como un niño. Con esto quiero decir que te amaba sin temores; te amaba al instante. Te detuviste el tiempo, y una parte de mí se quedó contigo. Me gusta pensar que de cierta forma me llevas a todas partes y que yo a la vez te llevo conmigo cuando pienso en arte. Porque tú eres arte y yo quería convertirme en poesía. Quizás algún día entiendas, comprendas, que el cuaderno lo hice mío pensando en ti, y si escribía sobre otras mujeres era porque te estaba buscando. No para remplazarte, sino para saber que todavía podía enamorarme locamente. O te buscaba y me proponía a encontrarte aquí para ya no tener que regresar allá. Pero creí encontrarte y, para ser honesto, por ciertos periodos de tiempo te olvidaba. Me enamoré como hubiera querido tener el tiempo de hacerlo contigo. Un amor que se convirtió en dolor después de la inevitable ruptura, pero un amor que me hizo pensar en ti y crecer y dejar de ser aquel niño que se enamora a primera vista. Unos podrían decir que era un ingenuo, pero era tan solo un romántico que creía que se podía vivir del amor como en la literatura. Yo era un personaje de mí mismo escribiéndome poeta, escritor e intelectual, con una mujer con quien compartía la misma pasión desaforada e infinita. Nadie sabia que aquella llama ardería tan fuerte hasta hacer cenizas mi corazón empedernido, terco e ilógico. Esto no me hizo dejar de amar, tampoco mató por completo al poeta. Ese fuego trágico tan solo me sumió en un silencio, que por temporadas es más constante pero que sigue encontrado refugio en los libros. Esto puede explicar por qué mi biblioteca no deja de crecer.  Tengo un vacío dentro de mi que no es posible de llenar. Tengo una curiosidad infinita, como mis ganas de vivir. Y en cada libro me encuentro y encuentro más vida de la que tengo. Amo cada libro en mi biblioteca. Pienso que son el abrigo que necesito en las temporadas de frio. Esos libros significan el calor de una vida pasada y una vida por vivir. Aunque muchos de ellos no los haya leído estoy seguro de que guardan su historia para cuando yo esté listo para leerla. Ulises de Joyce todavía me espera, y si el escritor tardó diez años en escribirlo yo puedo también tomarme ese tiempo para comenzar a leerla. También me espera Lezama Lima, a quien guardo como maestro de la prosa y poeta siempre disidente.

El escritor se apropia de lo que ve y le da forma a su gusto. Esta es mi idea de novela. Un escritor que cansado de imaginar una historia para escribir empieza a escribir sobre la gente que conoce y la gente que encuentra. Es escritor tan solo necesita que la persona lo haya mirado y este puede empezar a controlar su vida a partir de la página en blanco. Y qué buen escritor es pues al principio juega tan solo con vidas ajenas, con esas personas reales y comienza a crear amor donde no lo había y la felicidad empieza a invadir a los involucrados. Pero un escritor no es solo eso, también debe existir la tragedia y sus vidas comienzan a llenarse de drama. Las novelas del escritor se publican en otros países para no dar cuenta a los involucrados, pero qué sorpresa cuando ellos las leen y se dan cuenta de que también hay otros que pasan por lo mismo. Esto da cuenta de la literatura en la vida real. Leemos porque nos identificamos con la vida de los otros o porque no queremos vivir como vivimos. Esta idea es buena. Solo el escritor después de tanta fama comienza a escribir sobre sí mismo para experimentar. Pero no funciona, y esa soledad ya no la soporta. Es otro escritor quien lo escribe a él como regalo o como eterna venganza.


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