Entrada sin salida

Sucede que los recuerdos no llegan solos, sino que son traídos por una lectura importante o cualquiera. Para mí son casi siempre las palabras las que despiertan los recuerdos dormidos de la memoria; para otros puede ser que un aroma, una imagen o una canción enciendan una luz en el recuerdo, muestre un momento de la vida que no sabíamos que teníamos guardado.

Esta noche me ha llegado más de un recuerdo con la imagen de dos familiares. Tres recuerdos si quiero ser exacto, y ahora me doy cuenta de que estoy a punto de dejar partir al tercero. Intento retenerlo recordando qué fue lo que leí que me hizo regresar a un momento de mi infancia en concreto. Ya, México, un viaje.

El primer recuerdo está conectado a mi abuela Carmen y a mi tío Manuel, madre e hijo. A pesar de la diferencia de edad mi tío murió antes que mi abuela, así como dos de mis tíos también años atrás habían dejado a su madre con un dolor del que nunca se iba a recuperar. Los problemas de memoria comenzaron a asechar a mi abuela Carmen al final de su vida. Ella todavía era ella misma cuando dejé México, y justo un año después, cuando regresé de vacaciones, la abuela Carmen había perdido una gran parte de sí misma. Su mirada estaba fija en un punto vacío. Había caído en el olvido y por lo tanto parecía más feliz. Parecía dueña de la libertad que aseguraba la pérdida irremisible de la memoria. Una forma de morir, de irse poco a poco. Cuando los recuerdos se van, el ser que los albergaba se va con ellos. En esos momentos mi abuela era tan solo un recipiente que se vaciaba con los días. Cada día se traducía en un recuerdo menos. Así que ella ya había muerto desde hace tiempo. Su mirada antaño inquisitiva se le había esfumado. Ahora era un ser cada vez más inocente a medida que perdía la memoria. Todo comenzaba a ser nuevo para ella. Imagino la impotencia de perderse a sí mismo y no enterarse. Forma egoísta de la muerte, llevarnos sin necesidad de tomar nuestro cuerpo. Perder la memoria deja un cuerpo a medio vivir, entre el aquí y la nada. Esa mirada que tenía mi abuela la última vez que la vi, luminosa, diáfana, no era de alegría sino de vacío. Ya no recordaba de quién era yo hijo, su recuerdo de mí se fue lejos el día que dejé de estar presente en la familia. Yo era un extraño para ella y me miraba sin mirarme, haciéndose preguntas que se desvanecían antes de que pudiera encontrarles una respuesta. Apenas atinaba a preguntar de quién eres, de quién es Martha Alicia, dirigiéndose a mi madre a quien todavía no olvidaba. Mi abuela Carmen ya no estaba, la muerte se la estaba llevando de forma anticipada. Y por si esto no fuera poco para ella, la muerte de un hijo más le llegó durante el olvido. Aquel hijo que siempre estuvo con ella, quien la cuidaba cuando hacía falta.

Mi abuela Carmen, una mujer de trabajo, un ser luminoso que no se dejaba vencer por los golpes que la vida le había propiciado. Un mujer endurecida por el dolor, nadie la había visto nunca llorar. Ni la muerte anticipada de tres hijos la hizo sucumbir ante la tristeza. Se mantenía impávida, inmune al dolor, pero seguramente con el corazón ardiéndole por dentro. Escribir sobre ella es mantenerla vida, hacerle un homenaje que también terminaré haciendo a mis padres cuando su momento llegue. No estoy listo para afrontar el gran dolor de perderlos sin haber pasado sus últimos años con ellos. Egoístas somos todos, pero se tiene que vivir de alguna forma. Mi tío y mi abuela murieron el año pasado. Él primero, ella después, si la cronología no me falla. Me cuesta sin embargo creer que la muerte le haya llegado intempestiva a mi tío Manuel, el segundo padre de mi hermano Alejandro, más amigo que padre, siempre un compañero. Qué poco lo conocí a pesar de verlo con frecuencia. Mi tío como un niño buscando el amor de madre conquistando mujeres mayores que él. Sé que nunca se pudo imaginar que la muerte le llegaría así, de un día a otro, en la cama de un hospital, de una paro respiratorio que no puedo sobrellevar su corazón. Una entrada al hospital sin salida. El recuerdo de la noticia sigue latiendo: mi madre sumida en llanto, como cada una de mis tías. Se les había ido un hermano más joven que ellas. Por qué la vida era tan injusta, por qué, decían.

Muerte, muerte, vienes tantas veces que pareces un anuncio.

¿Estás cerca?

Lejos, ojalá que lejos.

05 de febrero de 2020


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