La tarde impía

Hoy el viento frio movió las cuerdas de la memoria, y como instrumento tocó la música de un recuerdo. Aparecieron los canales, el verde del paisaje huérfano de montañas, las interminables ciclovías y las casas con amplias ventanas donde la gente renunciaba a su privacidad por una bella vista. Después vino ella, mostrándome de la mano las calles de su infancia y una serie de recuerdos dejados en cada esquina. Me presentó su casa, su familia y su forma de vivir; yo me sentí al instante como en casa. Nos veo ahora juntos en un auto, ella conduciendo y yo poniendo la música. La oscuridad de la calle alumbrada tan solo por las luces del auto que circulaba solitario y mi voz cantándole una canción de amor y de nostalgia, un México a flor de piel, con el sentimiento que nunca se me acababa. Estaba enamorado y no me daba mucha cuenta.

A ella le gustaba dormir en un cuarto frío, con nuestros cuerpos y una cobija a manera de calefacción. Su piel más caliente que la mía, su respiración sobre mi pecho, siempre cerca y abrazada a mí. Me miraba de cerca porque sin lentes no veía bien, se acercaba y me tocaba con un beso y su mirada se perdía en alguna parte de mi rostro. Ninguna palabra, tan solo una mirada enamorada. Ese era el amor que tenía pronta fecha de caducidad. Duró tan sólo en el recuerdo, en los sueños que compartimos y en cada noche que se acortaba con cada orgasmo. Un mujer con la que se podía dormir y hacer el amor. Difícil de encontrar.  Unos pocos viajes y todo se iba a terminar. Cruzamos el atlántico de ida y vuelta y desde ese instante ya todo parecía haberse acabado. Creímos que íbamos a querernos sin tiempo, y que la distancia iba a hacer poca mella en nuestro corazones. Nos enamoramos de alguien más mientras estábamos separados, y no sabíamos qué hacer después. A mí se me fue O., aunque con ella tampoco la relación habría funcionado. S. fue la estrella que me guio en este laberinto de vida. Ella fue la musa que quise eternizar con palabras. Fue mi error haberme enamorado así de ella, mi primer y no único amor. Qué ganas de escuchar su voz, de verla otra vez y ver su reacción al verme. Imagino que algún día por azar nos encontraremos y no sabremos qué decirnos. Sonará la música de la nostalgia y del desasosiego, y vendrán las preguntas junto con los recuerdos y los arrepentimientos. Quizás nos crucemos sin darnos cuenta, sin vernos, borrados de la memoria. Los años pasarán y nos volveremos cenizas, polvo que se llevará el viento hacia nuestras tumbas. Un día no sabremos si alguno de los dos ha muerto porque nos morimos cuando el amor se acabó. Ni siquiera la amistad nos guardamos, porque solo habría espacio para el dolor. El recuerdo se me va a través esta página que ya no puede más. Se necesita espacio libre de distracciones. Ella no me lo otorga, así que tengo que buscarlo en otra parte.

13 de febrero de 2020


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