¿Lincoln?

Se llama Lincoln, aunque en su barrio le apodan Malcolm o Nelson. Tiene un hermano que se llama Ricardo, una hermana sin nombre con un hijo y unos padres sin paradero conocido en Paris. ¿De dónde salió Lincoln? Del metro de Lyon, de la línea D como él nos lo contó. ¿A qué se dedica? Vive de pedir limosna, de inventarse una historia distinta en los vagones del metro para conseguir alguna moneda. Él lo admite, todo lo que dice son mentiras. Tiene el discurso escrito en la memoria: «Damas y caballeros, disculpen la interrupción y el atrevimiento, pero solo vengo a pedir un poco de su bondad, de su empatía para este hombre sin papeles que no tiene qué comer ni dónde dormir. Tengo una familia que mantener, una madre enferma, unos hijos que me no tiene que comer. Con una moneda basta, por poco que sea. Les agradezco su atención.». Y así termina recorriendo todo el vagón del metro, estirando la mano, pidiendo algo de dinero y viviendo gracias a la caridad de la gente. Sin embargo, eso no es todo en la vida de Lincoln, venido de Haití junto con una parte de su familia a Paris. Cuenta además que vive de las ayudas sociales, porque tiene una discapacidad o un talento: es esquizofrénico, pero no de los que escuchan voces, sino de los que tienen una doble personalidad, uno bueno y uno malo. Por suerte conocimos al bueno, que se acercó a nuestro grupo porque no le gusta beber y fumar solo, que se irá a dormir temprano, en la calle, ya que mañana tiene un bus de regreso a Paris: «me gusta dormir al aire libre, no voy a tirar mi dinero en un hotel». Lincoln, de verdadero nombre y como lo llaman todos en su familia y ahora nosotros, es un comediante sin guion. Asimismo se interesa por la música, tiene el sueño de ser artista. Cuenta que en el pasado era filósofo, pero que lo ha olvidado, que le borraron la memoria como parte del tratamiento de su condición esquizofrénica. Nelson lleva dos mochilas, en una de ellas afirmaba llevar cientos de euros, conseguidos de manera honesta pidiendo limosna en el metro. Hoy es gentil, se ríe, se las da de seductor con una de las mujeres de nuestro grupo. Cuenta que antes era agresivo, que golpeaba mujeres, niños y hombres: golpeaba todo lo que se movía. Esto último nos infundió un leve temor, pero se desvaneció al afirmar que ya no lo hace, que ahora evita toda pelea. «Ya no, me he curado, me han borrado la memoria, yo era filósofo». Pedir limosna es su oficio, se jacta de hacer más de 50 euros en una hora. No es una persona sin domicilio fijo a pesar de su natural errante y despreocupado comportamiento. Tiene un apartamento en París, renta dos de las habitaciones. Sus compañeros de piso lo adoran, y con la renta aumenta su ingreso mensual que asciende, según sus cálculos, a casi dos mil euros al mes. «¡Y sin trabajar!» sonríe y suelta una carcajada, consiente de que ha sabido burlarse, aprovecharse del sistema. Alguna ocupación debía de tener. Pedir limosna es su oficio. En los vagones de metro no solo es un menesteroso, también es un comediante, trata de obtener una sonrisa además de una moneda, la comedia se le da natural.

Un personaje del azar, llegado al lugar donde nosotros ya lo esperábamos sin saberlo. Me es difícil hacer el retrato certero de su personalidad. Fue al inicio inoportuno, sin embargo una amabilidad repentina no nos permitió rechazar su compañía. No era molesto, pero no dejaba de ser un desconocido. Era bajito, negro y con pelo crespo. La calvicie delataba sus casi cuarenta años, pero él decía que si se rapaba daba la impresión de tener veinte años. Pero que ya no lo hacía, que prefería verse viejo para que las jovencitas no lo acosaran como gatas en celo. Lincoln no estaba tan perdido, había escogido nuestro grupo en el parque como una forma de pasar el tiempo frente a una mujer bonita. Para él toda mujer es bella, sin importar ni la edad ni el físico. ¿Te gustan todas las mujeres? «No, solo las mujeres bellas». Él amaba al género femenino en todas su formas. Logró obtener el número de la única mujer de nuestro grupo. Ella se lo dio sin reparos, porque le gustaba sentirse halagada, saberse deseada por más de un hombre, además de que la loca y la inestable personalidad de Lincoln le parecía digna de un inusitado morboso interés. La conversación se agotó después de una hora, luego de que vaciaba cada vez más rápido la botella de barato alcohol que traía consigo y que la marihuana comenzó a adormecerlo. Nos despedimos de Lincoln, rechazamos su invitación a cenar, yo pago, nos decía. No podíamos aprovecharnos de su bondad solitaria. No supimos si regresó a Paris o si todo era una mentira y él se dedicaba al vagabundeo en Lyon. Lincoln, «el artista torturado», así lo describió Fernanda, quien aún guarda su número.


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s