Desorden

El escritor que no encuentra las palabras o las palabras que no encuentran al escritor. Qué manera de comenzar la noche, a estas diez pasadas de un día de nulo ajetreo. Nada se movió hoy en la inmensidad del mundo que no conozco. Como no llegué a ver mucho, desde la soledad de mi apartamento, para mi historia personal es como si nada hubiera pasado. Como si la soledad me eximiera del conocimiento de causa. Qué va, todo parece una mentira, yo no puedo ver a la gente infectada y tampoco a la gente que muere a causa de un virus siempre invisible, ávido por dejar huella en este mundo instantáneo, en cuerpos que luchan ingrávidos contra las intermitencias de la muerte. Vidas que se pierden todos los días pero que no deberían de perderse. Una jugada más del tiempo, el asesino por antonomasia. A todos se nos mata con pequeñas dosis de instante.

La noche que parece dar comienzo a la rutina. La noche que tiene más que decir que el día siempre absorto, que no me da señas de nada. El ruido de los vecinos que se despiertan siempre a destiempo y las quejas de las vecinas de abajo por el ruido que no se queda en el apartamento. Tiempo de psicosis, de miedo, de encierro. No es la verdad la que nos hará libres sino el permiso de salir y llevar una vida normal. Confinamiento que nos priva del café de la mañana preparado por un desconocido, o del pain au chocolat para comenzar el día con algo dulce en las entrañas. Ya no tenemos la excusa de una cerveza para ver a los amigos que vemos muy seguido o a los que no vemos casi nunca. Ahora tenemos el tiempo en casa que no sirve de mucho para quien vive mucho fuera. A mí el encierro sin embargo me cae de perlas, lo disfruto, me digo que algo bueno tendrá este tiempo de silencio inhabitual y de negligencia: tanto tiempo libre que me dedico a desperdiciarlo como si pudiera recuperarlo.

Todo esto es consecuencia de una vida más bien desordenada, a la que no le impongo horarios, culpable de que el tiempo se me pase volando. Sin embargo ahora el tiempo se pasa lento. Me levanto temprano para volver a acostarme, que de todos modos no tengo que ir a ninguna parte. Tomo la muy ridícula decisión de tomar la ducha después del medio día para quitarme esta sensación de fatiga mañanera, para dejar de sentir que todavía es domingo, que ya es martes y te la pasas encerrado en la rutina de un solo día. No solo evito el contacto con el exterior, también evito el contacto conmigo mismo. Evito cualquier momento de reflexión a excepción de mis tres páginas diarias de nada. Tengo tareas que hacer y le doy paso a la procrastinación para evadirlas y entregarme a otras ocupaciones, leer esta novela, pasar a este otro libro, ver este video hasta la mitad, escribir al final del día lo que nunca habría podido pensar si me dedicase a otra actividad y pensar que soy eterno, que ya tendré tiempo para hacer lo que de verdad importa. Ese es mi gran defecto, la vida en desorden, en constante búsqueda del tiempo perdido para poder desperdiciarlo.

Tantos días evadiendo la escritura en ordenador, rechazando el sonido de las teclas y la aparición casi por arte de magia de las palabras sobre la página. No soy el mismo que en el cuaderno. Aquí las ideas viene más rápido, se amparan de las teclas para no escaparse. Un yo que escribe escuchando su respiración cuando duerme, y ese respiro profundo al salir de un sueño para entrar en otro. Escribo y ella duerme, cansada del trabajo del día y del dolor de dientes. Le han sacado dos muelas del juicio, ahora siente dolor a punzadas que no parte. Se queja y yo le digo que tome paracetamol, que eso hará que el dolor se disimule.

Sigo escribiendo, buscando mi voz. Sigo indagando en mí mismo para encontrar una frase que sea solo mía. Para ser/convertirme de verdad en un escritor y no en un lector que siempre quiso escribir y no pudo. Otros ya me han aventajado con la publicación de cuentos o novelas. Y los he leído con el temor de encontrar algo bueno, que sean poseedores de un talento que rebase con creces al mío, no obstante encuentro decepción o alivio. También puede haber una mezcla de envidia y hastío, cómo es posible que se publique algo tan malo me sale como pregunta natural. Mejor no escribir nada a mostrarse como un imbécil ante invisibles lectores que no saben distinguir entre buena o mala literatura. Cuestión de gustos, estoy de acuerdo, a mí déjenme con mis libros, que ya he pasado por los malos libros y ahora me vuelvo más selectivo a la hora de tomar la decisión de leer o no un libro. No voy a poder leer todos los libros que quisiera, así que hay que ponerse restricciones, crear filtros y leer solo aquello que nos mueva algo dentro.

A ver si la noche me da respuestas. A ver si mañana no me despierto tarde como siempre, incapaz de darle fuerza a mi voluntad para sacar de la cama a este cuerpo acostumbrado a los sueños. Seguiré leyendo hasta que las fuerzas me abandonen, hasta que la noche se me acabe con un golpe fuerte y certero de cansancio. ¿Cansado de qué? De no hacer nada, como decía mi madre, cómo te vas a quedar acostado leyendo todo el día, no estás bien, sal. ¿Estás triste? Y yo justificando mi decisión, diciendo que no tengo ganas de hacer nada más, que no me apetece salir y que de todas formas no tengo dinero. Las cosas no han cambiado con el tiempo ni con la distancia. Sigo leyendo, esa actividad no ha cesado a pesar de que no la realizo con disciplina, y tampoco tengo dinero porque no he alcanzado la independencia económica de una vida adulta, porque no he terminado los estudios y porque he cambiado de planes constantemente, dejando todo a medias o casi por terminar.

Me conformo —por hoy— con estas mil palabras más cerca de la frase única y personal del escritor.  

17 de marzo de 2020


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