Inveterado encanto

Soy un escribidor de simulacros leves, sucintos, inenarrables, fríos como la tarde más soleada de los últimos días de un invierno febril. Incapacidad inmejorable de no darle vida a nada, todo en primera persona, la voz del subconsciente, narrador consciente sin vida propia.

¿Quién vive?

Yo.

¿Quién es yo?

Desde temprano queriendo darle vida a un personaje, a la persona de ayer, la parejita de enamorados huidizos, presa fácil de una pasión escandalosa. Hombre y mujer enamorados a destiempo, a contratiempo, desfasados. No era un hombre cualquiera. Era un hombre con frío, abrigado hasta el cuello, con todos los años abrochados del elegante abrigo negro. El hombre ya tenía sus años. ¿Se llamaba? No se llamaba, pero pongámosle Pierre, o Pedro, o Jean, o Juan. Juan Pedro se llamaba, pero por cuestiones geográficas ya no se llamaba y era, sin paliativos: Jean Pierre, de apellido desconocido, padre ausente, tampoco tuvo madre. Jean Pierre no tenía madre, ya veremos por qué. Creció muy pronto, la vida se le fue entre las manos como si siempre hubiese querido escaparse, como la mariposa que no vive mucho, frágil y colorida pero instantánea que se posa en la flor de la vida y que se va pronto y la marchita. Así fueron los años mozos de Jean Pierre, insuficientes, superfluos, con una duración de un suspiro. Jean Pierre se hizo viejo, se dio cuenta una mañana al verse frente al espejo el rostro arrugado, el tiempo como marcas en el rostro, líneas profundas y ásperas de expresión; el pelo de color ceniciento, qué encanto de hombre, se decía Jean Pierre a pesar de todo, con la energía de un joven, el corazón todavía ardiente. Así que se buscó una amante. Nada serio, nada que durase sus buenos años —él ya no los tenía—, ya se le había adelantado la edad para las cosas serias, para el compromiso, ahora debería entregarse al vacío de un amor arrebatado y loco. ¿Dónde? Cerca del edificio donde vivía había un colegio de jovencitas que entraban por la mañana y que salían por la tarde. Ahí la encontraría, sería un cazador paciente, camuflajeado con el gris de las mañanas, observando de lejos, algunas veces más de cerca. ¿Encontraría a su Lolita? Nunca le había gustado esa novela. La leyó cuando fue joven —¿Cuándo fue joven?—, y la terminó asqueado, cómo podía Humbert Humbert dejarse seducir por una niña, pero qué indecencia. Él era distinto, le atraían las mujeres jóvenes, no las niñas, ni loco me metería con una menor de quince años. Por eso fijaba su atención en las jovencitas mayores, entre los quince y dieciocho años. Yo no soy un enfermo, qué va. Armado de paciencia, pasó semanas vigilando desde el parque a la multitud de adolescentes. Venía temprano por las mañanas, fingía salir a caminar, sentarse en un banco, leer el periódico. Por las tardes, a la hora de la salida, trataba de hacer fotos nítidas con su memoria, fijar con su lente a una adolescente solitaria, la jovencita que llegase sola y se fuese sola.

Por fin la encontró.

No le llevó demasiadas semanas, tan solo las justas. Al ubicarla, la seguía con la mirada, tomaba nota mental del camino que tomaba sin nunca seguirla. Era una muchacha menuda, piel blanca, pelo negro, ojos diminutos como su boca. A veces llevaba lentes, los necesitaba, pero no los utilizaba siempre. Se le veía en los pliegues de las mejillas cuando intentaba ver de lejos. Jean Pierre la siguió todas las veces en que la jovencita no llevaba anteojos, la seguía con la debida distancia, hasta el lugar en donde ella vivía. La primera vez, sin cometer la estupidez que levantaría alarmas, siguió de largo cuando ella se detuvo frente a un edificio, las llaves en la mano para abrir la puerta. Jean Pierre, a punto de ser descubierto, aceleró el paso. Ya no necesitaba saber más, conocía el camino de la joven. Se llamaba Lucía, tenía dieciséis años. Abordarla fue fácil. Jean Pierre se le emparejó a la salida del colegio, camino a su casa, juvenil y dicharachero. Sabía que la soledad de Lucia ponía las cartas a su favor. De conversación fácil obtuvo detalles de su vida: Lucia no tenía amigos, pero sí los sueños de crecer pronto, se sentía mayor a su edad. Jean Pierre la sedujo como a una mujer, no como a una niña. No caía en la desvergonzada simpleza de los regalos que daría un viejo desesperado, no viendo en ella más que una niña. Se comportó jovial sin medida, le escribía cartas de amor, le daba regalos discretos pero significativos. Lucia se dejó llevar. Jean Pierre la acompañaba hasta pocas calles antes de su casa, y por las mañanas la veía entrar desde lejos al colegio.

Así empezó el amor desconcertante del que este narrador fue testigo. Se daban cita en el parque, aquel día en que los miré de soslayo, sin interrumpir sus besos a mansalva, el amor palpitante de un viejo y una niña. ¿Quién soy yo para juzgar el amor? Seguí mi camino pensando que quizás fui testigo de un acto amoral, un acto de pedofilia que debía ser denunciado a las autoridades. Para aceptar el desdén con que los dejé disfrutar de su amor prohibido, me tuve que inventar la historia de un Jean Pierre cualquiera, depredador mesurado del amor juvenil que nunca tuvo porque el tiempo se le pasó como un rayo. Ahora es tiempo de cosechar, se dice Jean Pierre, con una amante que podría ser su hija. Yo no tengo hijos, qué importa, Lucia es el amor de mi vida, daría todo por ella.

Pasé de nuevo por el parque pero ya no estaban. Quería tener la imagen completa, el rostro definido de Lucia, la lujuria desaforada en los ojos de Jean Pierre, en sus manos de viejo indecente sobre las nalgas de la joven, desperado por un beso más, cuidándose se las miradas ajenas, qué van a decir los vecinos.

He aquí la prueba fehaciente de mi falta de talento. Escribidor de simulacros.

19 de marzo de 2021


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