07 de agosto de 2019

Me he dedicado a leer toda la mañana y ahora, después del medio día, el tiempo parece pasar más lento. Está presente en mí la idea latente de que he mentido a Clarisa para poder ser yo mismo, u otro yo, o quién sabe quién quiero ser. Lo único importante —y no sé hasta donde sea en verdad esencial— es la mentira que me permite salir con una mujer que no veía desde hace más de tres años. Al final Caina tiene lo que se llama el derecho de antigüedad, aunque Clarisa tiene el derecho de vida conmigo. Pero cómo renunciar a tener una vida propia cuando la vida compartida parece apoderarse de nuestra esencia individual y termina convirtiéndonos en una parte inseparable del otro. No se puede vivir así, permitiendo que la otredad se apodere de nosotros, y que poco a poco renunciemos a la vida propia que tantos años nos ha costado obtener. Creo que ella también debería estar consigo misma y con los amigos que solía frecuentar, pero es triste pensar que aquellas amistades tan solo estaban motivadas en su aparente soltería, en la posibilidad de tener algo sexual con ella. Tal parece que esa es otra forma del machismo, y esto es algo que a ella le afecta sobremanera.

Regresemos a mis reflexiones sin caer en sentimentalismos. La escritura parece ir bien, pues nada me han impedido rellenar tres páginas todos los días. Solo hay un pequeño y creo que nimio inconveniente: no lo estoy haciendo justo después de despertarme. Espero que en algún momento escribir se convierta en un hábito más fuerte que la reticencia por no hacerlo, y así estar cada vez más cerca del ideal de persona en que quiero convertirme.

He tenido tres días de reposo, y uno de ellos lo he dedicado a no salir del apartamento. Por un lado disfruto el tiempo de ocio absoluto que me otorgan estas cuatro paredes, lejos de tener cualquier contacto social y estar metido en una burbuja propia de la que nadie podría hacerme salir. Sin embargo, puedo sentir que quedarme en casa todo el día tiene cambios negativos en mi humor. Estar encerrado por mucho tiempo me hace intolerante, pues si bien trato de utilizar el tiempo en lo que más me gusta hacer, no me siento conforme cuando Clarisa regresa a la casa y yo presiento que no he tenido el tiempo necesario para dedicar mi tiempo a la lectura. Entonces me aíslo nuevamente y nuestra relación se convierte en tan solo una convivencia física sin palabras ni roces.

Me lo he dicho innumerables veces: me hace falta una rutina bien definida. Cuando mi vida tiene un horario especifico me siento más libre de hacer lo que me gusta. Por ejemplo, si dedico un tiempo fijo a cada actividad en el día, de repente me siento de mejor humor al haber sido así de productivo. Justo como lo era antes, cuando me levantaba muy temprano para ir a nadar, después asistir a mis clases de francés; luego desayunar antes de comenzar el trabajo, y al final de la jornada laboral ir a clases hasta las diez de la noche. Esa sí era una vida ocupada, y aunque tenía el tiempo contado éste era disfrutable. Ahora siento cómo las horas pasan volando y yo no logro hacer todo lo que tenía más o menos definido en mi mente. Paso de un libro a otro sin de verdad dejarme atrapar por la lectura. Lo único constante que hago es pensar en los libros que me gustaría leer en lugar de leer los que ya tengo en la fila de espera. Esto debe ser un intento inconsciente por controlar la vida. Por ser dueño del propio tiempo para así ser dueño del porvenir.

Este día parece el reto. Hoy parece un día igual al de ayer, pero con la singular diferencia de que una mujer le esta dando cuerda al reloj tan atrasado de mi vida. Parece que su regreso es un intento por recuperar el tiempo perdido, de que tanto ella como yo nos arrepentimos de habernos abandonado en aquel enero del 2016. No hemos cambiado mucho, tan sólo sé que ella ha dejado la universidad y que yo sigo asistiendo a clases por mi gusto masoquista a no dejar de sentirme universitario. Qué habrán sido para ella esos tres años que fueron de absoluta oscuridad para mí. Nuestro reencuentro parece planeado, y justo así que mi mente confabula historias de un futuro incierto donde ella está presente. Por un lado no lo puedo negar, me enamoré al inicio de ella y todavía queda algo de esa pasión fugaz de aquella época, pero por otro lado yo tengo un compromiso al que no es tan sencillo renunciar, y es por eso por lo que también pienso que una amistad con ella no me haría nada mal, pero el peligro reside ahí. Si dejarla entrar a mi vida conlleva un acercamiento a través del lenguaje, entonces estaré perdido, aunque también todo depende de los límites que ella imponga, y de saber su reacción si llega a enterarse que yo tengo una relación más que formal.

No sé a dónde me llevará todo esto: el ejercicio de escritura y el encuentro con Caina. Pero abstengámonos de sacar conclusiones antes de tiempo, pues ni siquiera llevo una semana escribiendo, y tampoco con Caina no ha pasado nada. Aunque algo me da temor, dejando de lado las páginas matutinas, y esto es que nuestro encuentro no tenga el mismo impacto que han tenido nuestros mensajes de texto. Estas dudas siempre están presentes ante lo bueno que puede ser algo se enfrenta a la realidad frente a frente. El miedo se atenúa cuando pienso en que de todas formas nuestro primer y único momento juntos no fue virtual, y que incluso en ese momento la realidad nos parecía insuficiente pues hablábamos siempre sobre la ficción.

Qué pasa con el día de hoy que desde muy temprano se invadió el cielo de gris dejando caer una —por fin— decente tormenta. Las previsiones de la gente común que se deja llevar por las intuiciones respecto al clima anunciaban un día lluvioso, pero ahora entrevemos que el cielo se ha aclarado poco a poco. Sin dejar de sentir el olor a tierra mojada podemos sentir cómo el sol siempre rebelde se pronuncia favorable.

Me he tomado una pausa inmerecida, pues nada conlleva al arrepentimiento al límite como abandonar el trabajo que uno se compromete a hacer. Dejé la tarea a la mitad, pero aquí estoy de vuelta para ponerle fin momentáneo.

Porque esto es así, el trabajo del escritor no tiene un final aparente. Nos sentamos frente al ordenador a teclear palabras sobre una página. Siendo escritor se trabaja con uno mismo, que es lo único que se tiene, además de los ya muy conocidos utensilios para hacer la tarea más fácil. Nos rodeamos de libros, no sólo para saber cómo escribir y dejarnos llevar por historias, también los tenemos frene a nosotros para sentirnos en casa, porque no hay lugar más ajeno como aquel en donde nuestros libros no están presentes. Una vez que los libros se apoderan de la casa podemos finalmente decir que es ahí donde vivimos. Me gusta ver cada libro como una parte de mí. Cada libro ha marcado de cierta forma mi vida, y perderlos sería como perder piezas de mí mismo que me serían muy difíciles de recuperar. Aunque tengo libros que aún no he leído eso no los hace ajenos al rompecabezas de mi vida. Cada uno de mis libros está ahí por una razón, misma que no pocas veces resulta incomprensible para mí. El punto es que me gusta recolectar vidas, quizás no para vivirlas más de una vez con una lectura más, sino para tenerlas en la memoria y creer que yo las he vivido.

Creo que no tengo nada que decir si no es sobre libros. De repente una desesperación se apodera de mí, me provoca un odio injustificado contra mí mismo y toda cosa o persona que me rodea. Me estoy volviendo cada vez más solitario porque no encuentro a las personas correctas. No encuentro al amigo que pueda llenar el vacío. Ese fondo de angustia, ansioso de algo más que una charla prolija motivada por una pinta de cerveza. Me hace falta un amigo que vaya más allá del instante mismo. O quizás necesito seguir buscando a la mujer infinita, a la mujer de mil máscaras, mujer siempre distinta.

No me queda poco tiempo, y si lo traducimos en lenguaje escrito esto quiere decir que no me queda mucho espacio. Estoy a casi nada de llegar a las tres páginas que se han vuelto un compromiso conmigo mismo. Quiero que de este ejercicio nazca una prosa más completa y más mía. Que estas palabras no tenga un final vano y que se conviertan en el boceto de un proyecto más grande. Por el momento me siento injustificado, sin motivos, ajeno a escribir literatura. Quizás esto es literatura, y con el paso de las páginas se convertirá en algo que no podré controlar. Eso es lo que más deseo, que la escritura se vuelva una necesidad absoluta. Que lo escrito valga la vida. Que la existencia misma se justifique porque tenemos algo sobre lo que escribir. Y así le damos forma a la vida.


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