Tiempo asesino

Es miedo a la muerte, lo siento como perseguidor, acechante, su rostro de sombras, sus ojos de oscuridad. Es el miedo que toma forma, una especie de antropomorfismo del sentimiento que no me deja, que lo llevo como parte de mí. El miedo me sigue, o lo que es peor: me persigue. No tengo intención de huir, lo espero, pero justo cuando yo me detengo él también se detiene. El miedo es mi sombra, el reflejo de mí mismo que me cuido de no pisar. El miedo está presente porque yo lo estoy. El miedo se quedará tranquilo en su sitio cuando deje de pensar en él, vendrá cuando haga falta, cuando la vida sea muy bella para ser verdad y tema que se acabé de un instante a otro. Miedo a la muerte repentina de los otros como si anunciara la mía, cada vez más próxima. Envejezco, los años transcurren y yo ya no los vivo como antes. Tengo miedo a la muerte cuando planifico viajes, cuando los realizo, y el miedo solo desaparece cuando regreso a casa, cuando encuentro refugio en mi sillón, entre mis libros. No puedo pensar en el futuro sin su fatalidad. Quiero vivir muchos años, pero me imagino impedido por un accidente, por una enfermedad, por algún impedimento fortuito, presa del azar, del tiempo asesino. Pronto se cumplirán cinco años desde mi llegada a Francia, cinco años imposibles cuando los imaginaba al inicio. Aquí están, se han concretado, no obstante, eso no me impide pensar que la vida se me va a terminar muy pronto, en semanas o meses. Me llena de angustia, de desasosiego pensar en ir al trabajo, montarme en la bicicleta y tener un accidente fatal durante el trayecto de no más de quince minutos. Salgo y me vuelvo mi madre preocupada por mí porque tardo en llegar, porque no llego o porque nunca llegaré. Regreso a casa, por la noche, victorioso del azar, libre de toda fatalidad. Por eso me escondo, por miedo. Por miedo a la muerte no salgo, me quedo en casa cuanto sea necesario, así no corro ningún riesgo. Mentira. También me puedo morir en casa, el edificio se puede incendiar o derrumbar junto conmigo, porque todo solitario que se respete se muere con su casa, con sus cosas, con sus miedos. Al menos en casa no hay nadie más, aquí no se me obliga a hacer nada que no quiero, se me deja por fin en paz. No hay extraños que incomoden con sus miradas distraídas o sus maniáticos comportamientos. Aquí dentro nada me hace falta hasta que la desesperación aparece cuando ya no puedo seguir leyendo, cuando el cuerpo se rebela por estar tanto tiempo inmóvil. Algo me dice muévete, no es natural estar sentado, casi inmóvil la mayor parte del día, esto no es vida, carajo. Y yo me muevo, voy a la cocina, preparo otro café, pienso en lo que voy a preparar más tarde para comer. Me entretengo en la cocina, imagino una receta, me da hambre, pongo a calentar sartenes, precaliento el horno, corto las verduras, me llega el aroma del aceite de oliva cuando se calienta, sofrío la cebolla, un nuevo aroma, agrego el ajo y nace un olor que despierta la memoria. De momento me encuentro en la cocina de mi madre, ella de un lado a otro, siempre haciendo más de una cosa a la vez, cociendo la carne mientras echa sal a los frijoles, después alguien toca la puerta, un vendedor, ahorita no, dice mi madre, que es la hora de la comida, en otra ocasión, gracias. Se vuelve a la cocina, todo va bien, nada se ha quemado, lava los trastes, pela las papas, tararea una canción, mamá se divierte como puede, y en un segundo yo regreso: el ajo y la cebolla ya pueden mezclarse con la carne.

Así pasan los días con una rutina improvisada que consiste en casi siempre lo mismo. El desayuno de la mañana con el café, la lectura en la sala hasta que algo me distraiga, hasta que me decida a escribir en mi cuaderno, y si termino de escribir regreso a leer. Ya ha dejado de ser mañana, ya se hace tarde. Leo hasta que me da hambre, ya son las tres de la tarde, hora de pensar en preparar la comida, qué vamos a comer hoy ¿Tienes hambre? Y ella sí, tengo hambre, cocíname y yo de acuerdo, ya sé que vamos a comer hoy, y ella asiente con la cabeza, le agrada la idea o se conforma porque a ella no le gusta cocinar, lo que sea con tal de no tener hambre. Es un proceder tácito, yo soy el que cocina casi siempre. Ella cocina pocas veces, las obligadas y las de fiesta, cuando llega el fin de año y me sorprende con su ensalada rusa, para no perder la tradición, porque le encanta festejar de esa manera, porque su país no le es tan ajeno; hay cosas que no se pueden ocultar: la madre y la patria.

El hijo de mi madre me exhorta a formarme una rutina, a dividir el tiempo como si pudiese ser su dueño. Me dice que de otra manera no voy a llegar muy lejos, que el hastío por la repetición sin orden y el devaneo distraído de las ideas y de las pulsiones me dejará agotado. Tu cuerpo te lo dice, el dolor de espalda es un mensaje importante, al cuerpo no se le puede ignorar mucho tiempo sin que te cobre las consecuencias. El escritor que quieres ser tiene que equilibrar su vida, tiempo para todo, antípoda, también tienes que vivir por tu cuenta y no solo con los libros. Vive, vive, vive, te lo dice la muerte y tú haces oídos sordos. Te estás muriendo cada día y no te quieres dar cuenta, la respiración agitada al dar unos pasos debería ser prueba suficiente. Tu padre te lo dijo, los años se van y la salud no siempre se queda con nosotros. Ojalá te alcance la salud y el tiempo para cumplir tus sueños.

16 de diciembre de 2020


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