Presagio

—Te voy a contar un cuento.

—A ver…

—Un cuento inolvidable, tanto que no sé si lo recuerdo bien.

—Si no te acuerdas bien, no me lo cuentes, que luego me dejas con las ganas, la historia a medias o mal contada. ¿Te acuerdas o no?

—Sí, ya, ya me acuerdo. Era el cuento de una reina o una mujer muy importante, de esas con poder y dinero, que un día tuvo una visión mientras tejía, o mientras lavaba los platos.

—¿No hay nada preciso?

—Lo que cuenta es la historia, todo detalle es accesorio, lo que de verdad importa es que aquella mujer tuvo una visión, hay algo que se dibuja entre el jabón de los platos sucios.

—¿No estaba tejiendo?

—¿Me dejas continuar?

—Pero estaba tejiendo, ¿no?

—Tú ganas, la mujer estaba tejiendo e, hipnotizada por el rápido movimiento de la aguja, se ve a sí misma llevando de la mano a una niñita hermosa como un día soleado, pelo rubio y labios muy rojos; piel blanca pero no como la nieve, y unos ojos verdes como el verde que cubre lagos salvajes donde habitan hipopótamos, cocodrilos y serpientes.

 —Piel blanca, labios rojos… me suena a Blancanieves.

—Pues te equivocas, he dejado en claro que la niña es blanca, sí, pero no como la nieve. Pues resulta que la visión se vuelve realidad, la mujer o la reina…

—¡Reina! Es Blancanieves.

—¡Que no! Como te estaba diciendo, la mujer, para que no te me confundas, vio su visión volverse realidad. Nueve meses más tarde trajo al mundo una niñita hermosa como un día soleado, los ojos verdes y el pelo rubio, a quien llamó Sofía. La niña creció, y con ella su innegable belleza, el verde más intenso de sus ojos y sus cabellos dorados como el oro. Sin embargo, pasada la adolescencia, la entonces joven se enferma, sufre de fatigas severas, no sale sino contadas veces de la cama, sin ánimos ni energías para moverse. Su madre se hace cargo de ella, de su inexplicable enfermedad, las tres comidas se las lleva a la cama, la ayuda a lavarse, la joven bella pero lívida como las paredes de los hospitales, ahora sí, blanca como la nieve si quieres, de tan enferma que estaba.

—¿De qué estaba enferma?

—También los médicos se hacían la misma pregunta para la que no encontraban respuesta. Se le hicieron todos los análisis posibles, y todo daba negativo, sobre el papel estaba sana, ninguna enfermedad. Pero sobre la cama yacía una joven cada vez más al borde del vacío de los últimos días.

—Pobre, entonces se muere.

—No todavía. La joven y enferma Sofía, cansada de sentirse cansada, se sentía cada vez peor. De las pocas fuerzas que le quedaban tomaba una cuantas para salir de la cama y mirarse al espejo y preguntarle quién era la mujer más hermosa. Como es natural, el espejo no respondía.

—Es Blancanieves, es un evidente plagio.

—Te he dicho que no, espera y verás. Sofía, obsesionada con el relato de Blancanieves, porque como tú ella también lo había leído —de ahí que el cuento se le parezca—, se obstinaba en repetir la misma pregunta cada mañana y cada noche. Determinada a reconciliarse pronto con su salud, Sofía tomaba un improbables cantidad de pastillas, más de las recetadas por los médicos. Buscaba enseguida la respuesta en el espejo que no respondía. Se le veía contrariada cuando su madre le preguntaba qué era lo que la tenía de tan mal humor, y ella decía que nada, que ya se la pasaría, que no es como si estuviese condenada a esta vida de enferma, ¿o sí?

—Si no se sabía de qué estaba enferma, ¿por qué tomaba medicamentos?

—Cosa de médicos. Le recetaron medicinas al tanteo, para ver si de casualidad mejoraba. Los años pasaron, la enfermedad no se iba, tampoco las preguntas al espejo sin respuesta. Recostada en la cama, presa de agonía y desesperación, pedía a fuerzas invisibles una respuesta, la cura para todos sus males. Hasta que un día, fruto de tanta insistencia, tuvo una visión. Vio que su madre lavaba los platos —o que tejía, para tu gusto— y, en una puesta en abismo, vislumbró a su madre que caminaba de la mano a una Sofía infantil.

—La locura, al parecer, es hereditaria. ¿No crees?

—Yo qué voy a saber, a mí este cuento me lo contaron. Lo importante es que tomó la decisión, por demás injustificada, de matar a la madre porque creía entender que ella era la culpable de su enfermedad incurable. A la mañana siguiente, en cuanto trajera al desayuno a su cuarto, la sorprendería con su dulce venganza. Sofía no se levantó ese día para llevar a cabo su acostumbrado ritual de preguntas al espejo, sino que espero, ajena a toda cavilación conciliadora, de dar por terminada su sufrimiento. Cuando la madre entró a su habitación, y dejo la bandeja sobre su mesita de cama, Sofía tomó el tenedor y lo clavó profundo en la cuenca del ojo izquierdo de su madre. La madre no pudo pronunciar palabra, cayó de golpe sobre la alfombra carmesí de la habitación, su sangre invisible. En ese momento, sintiendo el frio del parricidio, salió de su ensueño, de la visión, la mano sosteniendo la aguja —o los platos que lavaba— y se dijo que nunca se casaría ni tendría hijos.


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s