Simulacros

—Hay un foto que tomé hace tiempo y que siempre que la veo me hace imaginar un historia.

Rodrigo comienza a divagar sobre el destino no resuelto de esa imagen, un instante funesto de anticipado. La mujer de rojo, de espaldas a su cámara, le provoca una obsesión creativa. Se hace preguntas: ¿Por qué está sola? Y a partir de esa pregunta se imagina que la han dejado plantada, o que ha perdido a alguien importante y, que ese lugar gris, esa barda donde se ha apoyado, tiene un significado de no menospreciable valor. ¿Se ha dado cita ahí y no el cementerio? ¿Ha perdido a un esposo, un amante? ¿Ha decidido hacer una parada en el lugar donde se conocieron antes de asistir al reciento del descanso eterno? Le interesa sobre todo el contraste, el vestido rojo como un coágulo de sangre sobre un fondo gris. ¿Hacia dónde mira la mujer? ¿En qué piensa? ¿Qué espera? No es una mujer joven, la edad se le adivina en las piernas, en el tipo de zapatos blancos y sin tacón, y en estilo del sombrero rosa con un moño de accesorio. Lleva un bolso que casi se confunde con el color del concreto. Un mujer sin rostro a quien se le podría inventar cualquier historia. Acaso está esperando a una amiga. Sin embargo, no es imposible pensar que no espera a nadie, que se basta con su soledad. Imaginar la mentira como verdad: se ha dado un descanso, ha escapado de su casa, del ambiente asfixiante de tan familiar. En casa el marido la menosprecia. Hoy se ha puesto su mejor vestido, por la primera vez en muchos años se ha maquillado de rubor el rostro, se ha visto bella en el espejo, y resuelta ha salido de casa para dar un largo paseo, ser al fin ella misma. No espera a nadie, ha salido sola para estar sola, que no la molesten.

Rodrigo la ha capturado en una imagen y, con el ánimo de eternizarla, habla de ella, comparte la imagen a los posibles interesados, no para que vean a una mujer en la foto sino para que lean la historia improbable de una mujer solitaria. La imagen puede ser interpretada según quien la vea, una imaginación sosegada no dirá mucho, dará por sentado una historia clisé de amor; otra persona dirá, con inclinaciones por la tragedia, que la mujer maquina su suicidio fortuito, que no es la primera vez que se viste así, está determinada a que ese lugar se vuelva su eterno retorno y acaso ya lo ha logrado porque un extraño se ha interesado en ella y le ha tomado una foto abocada a la eternidad. Alguien más podría interpretar la imagen desde la perspectiva delirante de lo sobrenatural: la mujer es un fantasma, ése es el lugar de las apariciones. No es inverosímil pensar que alguien cercano a ella perdió la vida ahí mismo, un suicidio o un asesinato. ¿Por qué regresar al lugar de la tragedia? Podemos volver al asunto de la soledad, la mujer que se ha liberado de un marido abusivo, viene de firmar los papeles del divorcio y ha caminado libre hasta ese lugar donde esperará a que caiga la noche, sensible a los atardeceres. ¿Y si en el rostro, disimulados por el maquillaje y los lentes de sol, se ocultan las huellas de la violencia doméstica? Ella puede mirar impune a un punto fijo, nadie puede verla de frente, nadie invade su espacio a un lado, está en una esquina, protegida.

¿Y si mezclamos historias? Esa mujer puede ser sin duda mi madre cuando, harta de los quehaceres de la casa, salía a caminar, enfadada consigo misma por carecer de independencia. Mi madre decía que se quería ir muy lejos, irse durante largos meses con perspectiva de años. Mi madre, la mujer de rojo, que decide salir a caminar para olvidarse de todo, pensar en la posibilidad de partir, librarse de su vida de madre y ama de casa. La mujer de rojo se siente infravalorada por sus hijos y por su mezquino marido. Mi madre sueña con una vida distinta que nunca, durante su juventud, se le permitió soñar. Esa mujer solitaria y libre se ha dado una pausa en su lugar favorito, está más tranquila, piensa la vida no es tan mala, qué haría yo sin el cariño de mis hijos. Se da cuenta entonces que no puede irse, no es tan fácil. El paseo le ha devuelto el sosiego, las ganas de vivir. Se dará la vuelta y nadie verá que las lágrimas le han borrado el rubor artificial en las mejillas y que ahora, por fin desahogada la inconformidad, el rojo encendido de sus mejillas es natural como su belleza.

Sin embargo, otra historia no personal puede atribuírsele a la mujer solitaria: es ella la madre joven y viva de Monsieur Peronneaud, semanas, días antes de ser asesinada por accidente. Es ella la mujer que no imagina el homicidio del porvenir, que ama la vida y es tan feliz que no se da cuenta. Se ha vuelto a casar después de un divorcio, ha logrado recomponer una familia: tres hijos. Dos muy pequeños, fruto del segundo y definitivo matrimonio, y el hijo mayor, fruto del primer amor. La mujer de rojo, sin nombre, morirá de un tiro en la sien por accidente: su marido saldrá de caza todos los fines de semana en compañía de un amigo. La tragedia tendrá lugar una noche, cuando el amigo, asesino por accidente, disparare a una madre de tres hijos por la imprudencia de apuntar con rifle cargado. El homicidio culposo que dejará a tres niños huérfanos. La mujer de rojo no puede imaginar su trágico final, ya no podrá salir a caminar el primer día soleado del año y ver el atardecer desde ese lugar que le pertenece a ella y a nadie más. La mujer de rojo volverá a ser feliz cuando regrese a ese lugar, porque la vida se repite. Lo que tuvo lugar en el pasado se repetirá sin tregua, como castigo o recompensa, en la historia de la eternidad.


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s