Esbozo

Escribir el retrato de un amigo, hacer el esbozo de su personalidad con pocas luces y sombras, un hombre simple, de gustos ligeros. Nada profundo le interesa, ve el mundo a través de un velo transparente, sin nada oculto, todo visible en su más natural y nimia forma. Me pregunto si debo dar cuenta de su nombre, si mejor sería dejar su identidad en el anonimato para evitar cualquier resentimiento en mi contra por haberlo hecho materia prima de mi escritura. No es sólo él a quien me gustaría retratar, sino también a su esposa: su matrimonio con Felisberto —lo he dicho— como punto de partida. De naturaleza infantil, Felisberto aparenta menos edad que la que en realidad tiene: sus treinta y cinco años se reflejan en una personalidad entre los veinte y los treinta. Está casado con Olivia, mujer franco-mexicana, con estudios de medicina, y él ostenta, sin falta de modestia, una licenciatura insegura en arquitectura.

Felisberto decidió dejar su entrañable ciudad, su familia y amigos, por la persecución de una mejor vida en Europa. Sin haber perfeccionado el francés compró los boletos de avión sin haber consultado a su esposa. Una sorpresa que los alegraría a ambos, pero más a él, porque ella aceptó el cambio por compartir el entusiasmo. Una vez aquí, primero él, luego ella con los dos gatos y todas las cosas, Felisberto comenzó a sentir la saudade, esa sensación de falta, de desolación que viene después de los meses fuera. Como a todo mexicano en el extranjero, reafirmó su mexicanidad en todo aspecto, la forma de hablar, de andar por la calle, de vivir y hasta de dar los buenos días. Poco a poco creía encontrar esa alegría antes subrepticia, las buenas cosas que otorga la vida en un país con una mejor economía como lo es Francia. El primer año no fue fácil. Primero la búsqueda fortuita de trabajo, la ausencia de los suyos, las dificultades administrativas y del darse a entender en un francés incorrecto, y luego afrontar el día a día, con todo lo bueno y lo malo. Felisberto, poco a poco, se fue encontrando con las personas correctas, descubría la gentileza en un desconocido, una amistad concedida por azar. Encontró también un trabajo, se empeñó en no perderlo, pero había algo que no iba bien. Se dio cuenta de que nada es sencillo, de que su título universitario nada valía, que quería hacer otras cosas, encontrar una pasión.

Para Felisberto las amistades son importantes, pieza clave en la vida, y la familia todavía más. El primer cumpleaños fuera lo festejó con su mujer, con pocos amigos y sin gran novedad, tampoco especial júbilo. Yo fui invitado y no asistí por pereza. Entonces Felisberto se alejó, no volvimos a hablar hasta mucho después cuando, sin pensar en las posibles ofensas pasadas, le propuse vernos: invita a Olivia, pasaremos un buen momento con los amigos. Felisberto aceptó cuando pudo haberme rechazado, perdonándome el pasado agravio. La amistad comenzó a tomar forma, su esposa mujer excepcional, un matrimonio en apariencia feliz, sin más grandes dificultades que las que ellos dejaban entrever.

Felisberto posee sin embargo una predisposición a la tristeza, al sentimentalismo inseguro, a la saudade porque sí, y, cuando todo esto se junta, no le es dificil el llanto. El día de su cumpleaños, apenas terminado un discurso donde agradecía a la vida por tener a los amigos presentes, no pudo contener las lágrimas de alegría aunadas a la retrospectiva menos alegre del año pasado, cuando se había prometido no festejar más su cumpleaño. Conmovidos, todos aplaudimos, nos acercamos a abrazarlo jurándole nuestra amistad hasta donde nos alcanzara. Felisberto no escondía esa fruición lagrimosa, su agradecimiento por lo mucho que lo amigos han paliado la distancia con su vida pasada, en especial con su familia. Esa misma noche, como todo buen mexicano, de la nostalgia pasó a la rotunda estridencia del festejo, la algarabía de saberse acompañado de quienes lo querían. Esa noche nos dimos sin pesar, baile y canto, el festejo como solo se reproduce en el lado de allá.

De esa forma, con las ausencias acumuladas, la saudade de Felisberto va en aumento, la lejanía le pesa como pesadas lozas sobre la espalda, y me pregunto si podría soportarla durante mucho tiempo, porque ya no hay vuelta atrás. La última noche que nos vimos lo vi desgastado, ávido de alcohol para curar una ausencia imprecisa. Se puso borracho con muy poco, hablamos sobre la enfermedad del padre de Tamara, sobre lo poco que se puede hacer lejos cuando se tiene a alguien entre la vida y la muerte. Enseguida Felisberto no pudo esquivar la espina de la nostalgia, pensar en el dolor que le causaría si su padre y su madre estuviesen enfermos. Dio cuenta de la muerte de un tío: «Nada importante, era un familiar lejano, no nos veíamos a menudo, tampoco era un tío directo, era el esposo de la hermana de mi madre. Murió de coronavirus, poco después de que mi tía hubiese librado la batalla. Nunca se sabe cómo reaccionar ante tal situación». Lo escuchamos en medio del desayuno al mediodía, y no pudimos obviar que el rostro se le llenó del brillo de las lágrimas, pensando —sintiendo quizás— lo que él habría sufrido si su padre o su madre corriesen con la misma suerte del marido de su tía, su tío al fin de cuentas. Luego hablamos de otros temas, Felisberto tomando sin medida, yo siguiendo la conversación al estilo de Onetti, recostado en el sillón. Estaba dormitando cuando Felisberto sacó la carta de los libros, el tema de la literatura. Se preguntaba si leer te hacía una mejor persona, y citó, con una especie de avergonzado orgullo, que él solo había leído tres libros —lo que yo recordaba bien— y los citó como las veces pasadas: El principito, El lobo estepario, Siddhartha —que no terminó de leer— y algún otro que me pasó desprevenido. Me di cuenta de que Felisberto podría resultar simple de retratar con sus tres libros, fáciles de recordar y llevar por todas partes. Felisberto sería sin dudas el lector portátil, aquel que se conforma con pocos libros porque la concentración ni el deseo le dan para más.

No obstante, su personalidad entraña lo complejo, lo vivido, la experiencia por mínima que sea. Aquella tarde, desesperado por trabar una amistad, Felisberto trató de congeniar conmigo pero no encontró la manera. Fue mi culpa: soy improbable, no me doy al instante a la levedad. Después quiso compartir conmigo su andar crapuloso y me hizo beber dos copas de vino de golpe. Sin embargo tampoco funcionó, no me sacó de mi mutismo, de mi deseo contemplativo. Al final de la tarde, poco antes de irse, regresó el Felisberto presa de la nostalgia, un llanto mínimo, ahogado pero evidente. «Le pesa mucho la distancia», pensé. «Le tomará tiempo encontrar el equilibrio, acostumbrarse a la soledad, el cambio que nos acuchilla a todos cuando estamos lejos».

03 de febrero de 2021


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