La afrenta

Naturaleza frágil la del ser humano, buscador fehaciente de sentido, adolece de confianza en sí mismo. No se puede ser tan egoísta, debe cavilar, por lo que se inventa un Dios, el ser supremo que lo puede todo, que venga a eximirlo de la culpa. Así, el hombre, abocado en sí, confía su día a Dios, desde su despertar hasta el anochecer. Ese tipo de hombre que agradece cada amanecer y encomienda la noche a su Dios para no caer víctima de la muerte durante la duermevela. Hombre temeroso, inseguro, si las cosas salen mal es porque así Dios lo ha querido y, si salen bien, es porque Dios lo ha bendecido con su favor. Para ese tipo de hombre así es la vida, todo forma parte de un plan supremo que él no comprende, su razón limitada imposibilita su franca comprensión, por lo que solo es dueño de las sombras, de lo inextricable, conforme con no saber el porqué de lo pasado, eso que él llama los infinitos designios del Señor. El hombre fervoroso se despierta, qué día tan lúgubre, triste, sin nada que hacer, día de reposo. Como nada le obliga a salir de casa, se vuelve víctima fácil de la tristeza, el sinsentido, la ausencia de propósito, pero luego le viene Dios a la mente, le dice entre dientes —rezar le dicen— que se siente agradecido, bendecido por todo lo bueno que le ha sido dado. Respira sosegado, la vida tomará su justo camino a partir de mañana, lunes laboral y laborioso, el trabajo como máxima, gracias a Dios. Domingo de reposo. Busca en la memoria alguna enseñanza, se encuentra a él joven leyendo la Biblia, los héroes quienes ante las adversidades han salido victoriosos. Se cuenta en imágenes como flashes David y Goliat, ese hombre de talla pequeña que se enfrenta a un grandulón despiadado armado con una simple resortera, sí, pero también armado con la confianza puesta en Dios. Cuánta sabiduría, se dice, las proezas inimaginables de las que puede ser capaz el hombre con fe. Así se consideraba él mismo, un David pequeñito pero con Dios a su lado. Goliat era la vida con todo sus obstáculos. Hoy no, pero mañana lunes él saldría a enfrentarse a los sinsabores del día y saldría victorioso. Ahí residía su confianza. ¿De dónde más? Seguro de que no existe el hombre perfecto; él con tantos defectos a cuestas pero con el amor de Dios en su corazón. Voy a lograr grandes cosas. Esa era la idea que tenía en mente y, cuando las fuerzas parecían abandonarlo, flaquear su ánimo, se encomendaba a Dios, fuente de sabiduría y motivación. Él era así, qué le vamos a hacer. Había perdido pronto a su padre, asesinado durante un asalto; sin la presencia de Dios en su corazón todavía les guardaría rencor a los asesinos, ha tomado sin embargo todo casi como una bendición, su padre está ahora en un mejor lugar, él con la vida todavía palpitante, no se dejaría vencer, la fe lo haría salir adelante. ¿Cosas imposibles? No las hay, todos es posible si se confía en Dios, y si tal cosa no se logra es porque se nos tenían destinados otros caminos. Él era el tipo de hombre optimista para quien todo va bien cuando podría ir peor. Si bien su bien ánimo decaía con el paso del día a la noche, se fe se mantenía presente, no podía ser tan ingrato, lo haría por su padre muerto, asesinado, que vivía de alguna forma a través de él. Papá no me hubiese dejado rendir, tanta vida y tanta buena salud para desperdiciarla. No señor, aquí, usted no puede darse ese lujo, usted se me va a trabajar y sufre todo lo que tenga que sufrir para alcanzar sus sueños que, usted como Jesús, no vino al mundo a disfrutar de sus flores y su campos sino a sufrir de alguna manera, trabajar hasta sentirse recompensado y agradecido con el trabajo, que Dios ya proveerá. Sin embargo, se sabía frágil, temeroso de que su Dios lo abandonara, siempre a la búsqueda de señales, de algo que le dijese que Dios iluminaba el camino tenebroso de la vida. Por eso le agradecía, no creía en las casualidades, no confiaba en ninguna persona. Si las cosas pasaban eran porque Dios así lo había querido. Interpretaba, por ejemplo, su presente trabajo como una señal divina, y no la intención absurda de la persona que lo llamó para darle trabajo. Era Dios el que movía los hilos, propios y ajenos, para que todo le saliera de la mejor manera, siempre a su favor. Con Dios de su lado podría vencer a todo Goliat que se le declarara imposible de vencer. Nunca consideraba que lo suyo era la obstinación, que lograba lo que lograba porque era insistente, porque no tenía pena ni vergüenza, tampoco pereza para realizar lo que se proponía. Pensaba incluso en el futuro, en los estudios, Humanidades, eso estudiaría. Durante sus ratos libres, cuando un domingo triste de reposo se lo permitía, leía su Biblia, artículos sobre Teología, filosofía hasta donde pudiese, y uno que otro libro sobre inteligencia financiera. Era devoto de Dios y del trabajo, soñaba con amasar una pequeña fortuna y multiplicarla, trabajar mucho ahora que podía para pronto poder dedicarse a lo que le interesaba. Sin embargo, al pensar en la independencia financiera, se preguntaba si de verdad podría aspirar a una vida así. Desde ahora se aburría cuando era su día de descanso, acostumbrado a trabajar para no tener que pensar. ¿En qué dedicaría todo el tiempo libre soñado? Piensa que se daría cuenta de que no podría dejar el trabajo, que no sabe vivir desocupado, el ocio a su favor. Se sentía confundido, los demonios lo visitaban ahora, en la soledad de su estudio, su cama vacía, el cielo nublado. ¿Qué hacer? Ya no sabía, se sentía confundido, ojalá que se pase pronto, que mañana recomience el trabajo, eso es lo que a mí me gusta. ¿Cuáles intereses? Yo no podría vivir sin el propósito fijo del trabajo, a eso se viene a este mundo, como decía mi padre. Mi padre muerto.


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