Amanecer violeta

Amanecer violeta. Frio que ya no se siente: el viejo radiador ha hecho su trabajo. Se me ha ido la noche entre mis tres páginas y la alabanza a la vida. Sigo vivo, —escribía— tratando de descifrar los preceptos del azar, por qué ella y no yo, por qué tantos otros y no yo. Uno tiende a pensar —si se tuvo una educación religiosa— que se tiene un ángel de la guarda, que un Dios benevolente ha decidido darnos una vida más larga que a los otros, pero ¿no es de todas formas mezquino controlar la vida de esa forma? En ese caso más vale pensar que la vida es fruto y consecuencia del azar, que cada día nos salvamos por muy poco de la muerte, que se muere todos los días de a poco, hasta que se muere de golpe. Así, el miedo a la muerte puede desvanecerse entre la bruma, vivir sin pensar en lo fatídico, en el auto que nos arrolla al cruzar la calle, al andar fatídico en bicicleta, al esperar a que algo llegue; la enfermedad que nos inflige una sentencia de muerte, no exentos de las torturas de un cuerpo enfermo, de los tratamientos que prometen mejorías, de un cáncer terminal, sin cura y sin esperanzas. Ese tiempo de muerte paulatina, no al instante, como la del accidente, ¿cuál se sufre más? ¿Quién la sufre más? En una hay tiempo para el duelo, para abrigar esperanzas, para pensar lo peor, de parte del enfermo y de quienes más lo quieren. En la otra no hay tiempo, se nos despierta con la noticia, se nos sorprende, nos paraliza. Pocas esperanzas de que sea mentira, un error, y el duelo que no tiene tiempo, uno se confronta al velorio, el cuerpo presente y el ser ausente en una funeraria repleta de gente. Ya nada se pude hacer para salvar la vida, se nos fue sin más, si tan solo…

Muchos se levantan agradeciendo un día más, mi padre es uno de ellos, forma parte de los hombres y mujeres que agradecen a Dios un día más al despertarse, otro día para continuar con la vida. Pero hay otros —los debe haber— que, como yo se levantan antes de que amanezca, se lavan los dientes, toman agua fría del grifo y piensan, en individual, por qué sigo vivo y otros no, por qué este dolor de huesos, este frío en el cuerpo que me quiere anunciar algo. El hombre como individuo guarda la idea en mente, guarda la frase sigo vivo a pesar de la probabilidad funesta de no estarlo, lista para escribirla, la repite mientras el agua hierve, mientras está en el baño, cuando espera en la cocina, lava una taza, introduce la bolsita de té y vierte el agua hirviendo en la taza: sigo vivo a pesar de la probabilidad funesta de no estarlo; agrega un mínimo de leche, que no le gustaría un té muy frío a estas horas. Luego camina con la taza y la frase en las manos, bebe un poco de té con leche, lo apoya sobre el respaldo del sillón, toma el cuaderno y escribe la frase no olvidada: sigo vivo a pesar de la probabilidad funesta de no estarlo. Escribe sin detenerse, piensa en sus padres y en sus hermanos que ahora duermen; piensa en Cristina, muerta hace unos pocos meses, piensa en sí mismo, aún presa de un miedo profundo de morir por mor de un accidente. Se detiene en la escritura, duda de la próxima frase, cuida el estilo, es muy temprano para tener errores, para dejarme influenciar por recuerdos inútiles, por el mal uso del lenguaje de los medios. Encuentra la frase, continúa, no le cuesta dejar correr el río de las ideas y los sentimientos. Ya no siente frío, ve de reojo cómo el amanecer se abre paso a través de la noche, la mezcla del blanco del día con el negro de la noche. El amanecer que gana la batalla contra la oscuridad hasta que, de nuevo, al ocaso, la batalla como hace una eternidad recomienza. El amanecer de antemano vencedor, la noche invencible durante unas horas, el día, la luz que tomará el control hasta donde pueda.

Hace calor, el radiador eléctrico ha vuelto cómodo el salón, se decide a apagarlo, Laura todavía duerme en la habitación, regresa frente a la pantalla, al teclado como máquina de escribir. No ha leído, tan sólo tomó un libro de poesía y lo abrió al azar, en la página predestinada donde leyó Aquí, mis pasos en esta calle resuenan en otra calle donde oigo mis pasos pasar en esta calle donde Sólo es real la niebla. Solo es real el amanecer del que soy testigo, el atardecer que no cae indiferente, la noche y su silencio, el hambre de mañana, de mediodía y de tarde. Mis pasos en la calle que resuenan en esta calle del recuerdo, tan real como imaginario, tan cierto como tan falso. Es la niebla la que es real, la que envolvía mis pasos y el recuerdo que me llega de mi andar pausado por esa calle sin nombre. Solo es real este cielo toledano en una ciudad francesa, un cielo de fondo azul y móviles nubes grises, el ruido de autobuses, el aroma de la mañana, la idea de un café con leche y un pain au chocolat. Solo es real el agua de la ducha que despierta, los pocos ánimos de dejar la casa, de salir y afrontar el mundo y sus cosas.

Por la ventana he vuelto a ver al extraño hombre que camina presuroso hacia ninguna parte, aquel que un día se detuvo frente a mí para decirme palabras que no recuerdo, un saludo insensato, su mirada de loco ausente, la incomprensión de ambas partes. Lo he vuelto a ver ahora en invierno, desde la ventana impune, su caminar como el del verano, su destino ausente o incierto. Un hombre de mil rostros, de toda una eternidad que lo precede. Ya he terminado, ahora saldré a andar por la calle sin nombre con el ánimo de un loco que disfruta de incomodar a desconocidos.

28 de diciembre 2020


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