No hay de otra

Persigo la felicidad, ya la he alcanzado, pero en cuanto lo logro la abandono, dejo que se escape, que huya lo más lejos que pueda. No obstante, en cuanto me ha sacado ventaja, vuelvo al trote, la larga persecución con final funesto, el eterno retorno. He sido feliz, pero la felicidad no permanece, se evapora como el agua que hierve, se esfuma como un instante de bruma. Vuelvo enseguida a mi sosegada pesadumbre, regreso al lugar de mi esperanza, espero a que la felicidad, como un rayo, me deslumbre. Decir que vivo en la encrucijada sin remordimientos.

—Aquí nos tocó vivir —digo con voz desolada, acostumbrada al reiterado fracaso.

Nadie me responde. En mi encrucijada no vive nadie más que yo, la soledad mi fiel compañera. «Aquí nos tocó vivir, qué le vamos a hacer», imagino que dice mi madre a mi padre, y mi padre le responde con unos minutos de silencio. Soledad y silencio, no es casualidad que se parezcan. El silencio que ahora invade la mañana con su enrarecido pesar. Pájaros que cantan silencio, vaivén de automóviles conducidos por indolentes extraños. «Aquí nos tocó vivir», repite a su vez mi padre, con ecos de escozor y mi madre qué le vamos a hacer, así me acostumbró mi padre y mi madre, y mi padre: yo conviví muy poco con mi padre, ya no sé si lo conozco, el pobre vendedor de cacahuates.

—Se murió muy joven, ¿verdad? —dijo mi madre.

—Se murió de cansancio, de joven locura.

Mamá me contó esa historia: tu pobre abuelo Alejandro, gordito como tu hermano. Mi hermano el mayor se llama José Alejandro, José como papá, Alejandro como el abuelo. Mamá se lamenta a veces de haberle llamado de esa forma: es una carga muy fuerte, los nombres pesan como herencia, quizás tu hermano no sería como es si se llamara de otra forma. ¿Qué otro nombre habías pensado? No lo pensé, fue la salida más fácil, pero me habría gustado que se llamase Miguel, como mi hermano, o Benito, como mi padre. Al final ganó tu padre, una forma de homenaje al abuelo Alejandro. Estuvo muy enfermo antes de morir,cuenta mi madre, yo lo cuidé durante algunos días, tu padre venía cada fin de semana, estaba irreconocible tu abuelo, perdió mucho peso, tenía el rostro todo demacrado el pobre. No estaba bien de la cabeza, por eso tu abuela lo dejó, hijo, no se expresaba bien, divagaba, decía cosas sin sentido, por eso me digo que Alejandro, tu hermano, salió así, muy parecido, como si con el nombre se le hubiese traspasado la consciencia. Yo creo que por eso tus tías le pusieron Nene: Nene, te pareces mucho a tu papá, le decían, y yo me molestaba, se llama Alejandro, no Nene, pero al parecer ese apodo le quedaba mejor. Siempre fue como un niño, todavía lo es, un niño de 42 años.

—Aquí nos tocó vivir.

Mi padre repetía esa frase cuando las cosas no iban bien y también cuando no iban tan mal. Nunca pensó en vivir en otra parte, toda su familia vivía en Guadalajara, para qué ir más lejos, dice, lo importante era comprarse un terrenito barato, no muy lejos de la familia, para estar cerca. Pero nunca pensó en irse a vivir fuera, otra ciudad, otro estado, otro país. No, lo importante es la familia. Se casó, formó una familia e iba cada domingo a la casa de la abuela Rosario. Mi abuela preparaba el desayuno para todos los domingos, para los que quieran y puedan venir, más vale que sobre a que falte. La abuela Rosario tuvo 17 hijos, no tuvo tiempo para educar a todos, para controlarlos. Unos se le volvieron rebeldes, hombres y mujeres, se iban de la casa, se casaban, las mujeres eran las que regresaban a la casa con meses de embarazo o con el chiquillo en brazos, ora porque el marido las maltrataba, ora porque el marido las abandonó. Papá y mamá vivieron bajo el techo de la abuela durante algunos meses, mientras encontramos donde vivir, ma. Pero pronto se volvió insoportable. Mi madre decía los hermanos de tu padre, medios hermanos, eran unos malcriados, me ensuciaban la casa a propósito, me trataban muy mal, si es por ellos por los que estoy tan enferma, no sabes qué malos fueron conmigo, de puta no me sacaban. Papá dejó la casa de la abuela molesto, esos cabrones no respetan nada y mamá si los vieras, todo el día se la pasan fumando, oliendo pegamento, se drogan. Papá ya lo sabía, pero no pensaba que llegarían tan lejos, hasta el insulto, no podemos seguir así. Pero no podía cortar de tajo con la familia. Los hermanos de tu padre no solo me trataban mal a mí, sino también a tu padre, cuántas veces él los ayudó y ellos se aprovecharon, le decían eres un pendejo, José, como te fuiste a casar con esa piruja, así me decían, hijo, los cínicos, a veces de frente, con tu padre presente. Y él hacía muy poco. Mi madre: cuando tu papá toma se transforma, no es el mismo, se pone muy mal, agresivo, luego triste se arrepiente de lo que dijo y se hace la víctima. Papá al día siguiente no se disculpaba, decía que no se acordaba de nada para evitarse problemas, discusiones, y mi madre cómo no se va a acordar, ¿no te acuerdas de lo que me dijiste? tu padre miente, claro que se acuerda. Mamá, para cuando papá se levantaba, mucho más tarde de lo normal, ya tenía la casa limpia, los frijoles en la estufa, vengan a desayunar, yo después ya no voy a servirle a nadie, ustedes ya están grandes. Pero mamá lo decía para mi padre, porque estaba enfadada, pero no podía dejar a la familia sola y sin comer, madre responsable, incansable. Papá le pedía un café a mamá, por favor, me duele la cabeza, y mamá, más forzada que por gusto, le preparaba el café, ¿no te acuerdas de todo lo que me dijiste ayer? Tu padre no tiene vergüenza, hijo. Y mi padre respondía con silencio, y me hacía cosquillas en la cabeza.


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