Ida y vuelta

I

Si su mamá supiera con quien iba a llegar no se lo perdonaría. No le diría nada. Ya le había mentido desde que compró el boleto de avión. ¿Pero qué no hay aeropuerto en tu ciudad de destino?  preguntaba la madre impositiva. Sí, sí los hay, pero cuesta más caro: es más barato llegar a la capital y de ahí tomar un bus. La madre medianamente convencida. Con ese bueno, tú eres la que sabe. Te voy a extrañar mucho, tonta. Tonta de cariño, así le decía la madre, pero también existía la tonta a manera de reproche, como le diría justo ahora si supiera que vino a Francia por él. Había sufrido menos desde que él se había ido. Ahora sólo quedaba su fantasma por las calles, en los libros junto a su cama, una considerable biblioteca, cada libro con palabras suyas en las primeras páginas. La manera de hacer inmortal su historia de amor. Cómo le gustaba su manera de hablar, su voz, su olor y los besos de despedida, de buenas-noches-pero-no-me-quiero-ir. Y ahora, después de meses de martirio, ahí iba ella en un vuelo de once horas directo y sin escalas, él como destino, el hombre que la había cambiado por otra, quien le había sido infiel hasta el cansancio, quien le había arrebatado las ganas de vivir con su engaño, a quien todavía amaba con las pocas fuerzas que le quedaban. Soy una tonta, se repetía durante las horas oscuras sobre el océano. La voz de la madre hacía incluso eco en sus leves sueños en el aire. Había soñado siempre con vivir con él en un país como Francia, vivir juntos una aventura de amor lejos de aquel México que les impidió ser libres. No estaba segura si todo iba a ser como antes, si el amor aún persistía, seis largos meses sin su presencia. Cuánto lo amaba.

Se sentía más lista que antes para entregarse en cuerpo y alma. El sexo ya no sería un obstáculo: había tomado todas las medidas necesarias para dejar de lado el miedo al embarazo. Tomaba ahora pastillas anticonceptivas pero todavía tenía el miedo a las enfermedades. Cuánto lo amaba, tanto como para entregarse a él sin pudor. Se preguntaba si él le había sido fiel al menos durante los últimos seis meses. Seguramente no, allí tendría más libertades. Además, cuando él se fue, yo también las tuve. Lo que pasó durante esos seis meses sin él debo mantenerlo oculto, aunque me queme dentro como una traición. No soy como él. Le daba asco el recuerdo, pero fue para ella un momento de catarsis, de liberarse de la sombra del amor de su vida, con quien perdió la virginidad tan sobrevalorada en las costumbres añejas. Cuando él se fue, conoció a otros hombres que la hicieron sentir guapa, atrayente. Se dejó conquistar por ese deseo que sólo ella provocaba y que le ayudaría a entender por qué él la engañó tan fácil. Necesitaba entender qué se sentía tomar su sexualidad por los cuernos, dirigirla como él lo hizo cuando estuvieron juntos, con tantas mujeres, sin reparos en el mal que le estaba haciendo. No le diría que estuvo con otros, con dos nada más. Con el primero fue un fácil desliz, acompasado por la noche, el alcohol de más. Se arrepintió al día siguiente. Para ella no fue nada. Pero con el segundo fue distinto, sin tanto alcohol como aliciente, un deseo mutuo y más confianza. Lo hizo por amor a él, o desamor, ya no sabe bien. Todo para poder comprenderlo, para tener más experiencia y mostrarle que era una mujer distinta, que ya no sería como aquellas primeras veces. Nunca se lo diría, bastaba un poco para que ahora él se sintiera traicionado. ¿Y no era quizás eso lo que deseaba, una venganza, un estamos a mano con la excusa de hacerlo para comprender sus tantas infidelidades? No estaba segura. Pensaba, pensaba mucho. Le venían al recuerdo aquellas primeras veces, siempre las primeras. Qué decir de que en la mayoría de los encuentros no sentía placer sino que se sentía usada, un objeto, cosa para dar placer. Él no pensaba en el dolor que duró durante días después de la primera vez en un motel cualquiera. Él no estuvo al tanto de cómo me sentía, de cómo me dolía cada vez que me sentaba, la sangre que me escurría entre las piernas al tomar la ducha. Estaba loca por él, enamorada, y aun así se sentía sucia, utilizada por él y por toda una generación de machos. Ella que desde hace meses había tomado la senda del feminismo. Pensaba quizás eso me pone en conflicto, enamorada de un miembro del clan opresor. Sin embargo, cuánto lo quería. Un viaje en busca del amor perdido. Un periplo que tenía su nombre.

No sabría qué hacer si él la rechazaba. No podía hacer esto sola. Estar lejos de casa,  pasado y presente la llevarían de la mano hacia la depresión. Ya no tendría el apoyo de mamá, su consuelo. Mamá me ha enseñado a ser fuerte, a salir adelante, justo como ella se las arreglaba cuando papá la dejó. Mamá ocultaba el llanto cada noche en su recamara y yo tocaba la puerta antes de entrar para abrazarla y llorar juntas por un amor perdido, un amor que tan solo vivía en nosotras y ya no en ellos. Se decían tontas de cariño. Ya no llores por él, tonta, no vale la pena. Y tomaban las llaves del auto y se iban a dar una vuelta.

Pero aquí no sería tan fácil. Qué voy a hacer si no funciona, si me rechaza. ¿Y si ya no le quiero? Pero cuánto le amaba.

II

Las palabras resuenan en tu mente con mi voz de antaño, perdida en algún lugar oscuro de los años juntos, de la memoria poética. Me lees, me escuchas y no respondes. No obstante, estás atenta, las palabras que pasan a través de tu mirada desde el lugar tan lejano en que me he convertido. No soy el fantasma, el fantasma eres tú y yo soy el lugar de las apariciones, el obsesionado con el pasado que no fue, la casualidad que me hizo encontrarte en la calle como te he encontrado en más de un poema. Aquí estás tú, en un cuaderno en blanco que me regalaste, libre de toda mácula porque fue tu regalo póstumo, después de que nuestra historia de amor se muriera. Te tengo en las primeras páginas de los libros de mi biblioteca, en Octavio Paz y en Vargas Llosa, libros también sin leer como el cuaderno sin escribir en el que también guardo tu foto, tus ojos diáfanos, tu frente amplia, tus labios reteniendo una sonrisa. Qué vida breve la de aquellos años amorosos, las ensoñaciones compartidas, las largas conversaciones de noche por teléfono. Un primer beso como ninguno, escrito por ti y por mí de principio a fin, el deseo en su cúspide, la necesidad de escribir nuestra historia de amor como la de los libros. No lo llevamos a cabo, la empresa resultó ser muy compleja y real, imposible de reducirla a palabras. El esbozo de nuestra historia, la que tu pretendías llevar a cabo como la mejor y más desbordante de pasión, se quedó en unas páginas arrancadas de un cuaderno que yo guardé como un tesoro distante, protegidas en los cajones del mueble donde guardaba mis libros. Me diste esas páginas como la mujer que entrega sus últimas esperanzas, su amor incondicional en ofrenda. Mira todo lo que significas para mí, el mensaje de que nuestra historia no se llevaría a cabo, que no sería escrita porque no tendría fin, porque no sobrepasaría más allá que el inicio, un final impreciso y adelantado. No pudimos vivir juntos como un día soñamos, la familia que íbamos a dar forma, tu apellido y el mío juntos. Lo escribías en el papel frágil de la incertidumbre, resonaba en tu mente como profecía. Y todo por mi culpa, por mi incapacidad de amar, de mi modelo salvaje de considerar la vida y el amor. Yo era un necio, un cínico que había leído a Camus y luego tomado muy en serio lo del existencialismo,  la vida no tiene sentido, es muy breve para comprometerse con personas y causas; más vale ser un don Juan en busca del amor que se renueva con una nueva mujer, buscar el amor como propósito de vida, como resistencia contra el absurdo y ve tú a saber si lo entendí bien porque era muy joven y muy ingenuo —quiero creer que he cambiado un punto—, pero me sirvió para vivir de manera leve, para no temer la llegada de la muerte, para rebelarme contra lo absurdo que resulta vivir. Difícil de entenderme, te quebrabas la cabeza tratando de descifrar los mecanismos de mi conciencia leyendo los mismos libros que yo había leído. Leíste a Camus, leíste a Kierkegaard, leíste a Kundera y dejaste de ser corta de miras en lo que concernía a mi carácter. Leíste los mismos libros para comprenderme, para saber jugar el juego de tu enemigo, para conocer mi leitmotiv, la forma en que me guiaba por el camino de la seducción para encontrarle un significado a la vida. Viniste a mí con todo mi repertorio aprendido de memoria, con la sabiduría que dan seis meses de soledad, tu por fin libertad como mujer sin mi sombra al acecho. Viniste con todos tus sueños en una maleta, con un cuaderno para dar cuenta de todo lo que un año fuera te haría vivir, sentir y pensar. En esa maleta me traías a mí, sueños compartidos, una vida juntos en Francia. Sin embargo era tarde, o quizás muy pronto, porque yo no tenía cabeza para el pasado, yo creía haber encontrado el amor aquí, en una mujer con apariencias de complacerme y que no duró más que un verano. Eras tú o era ella, y yo elegí el porvenir, no el dejo de pasado que traías contigo, una infelicidad acumulada, las cicatrices abiertas, el corazón todavía roto, aún frágil. En vano intentamos reagrupar los fragmentos de nuestros corazones rotos, el llanto de nueva cuenta, el por qué me hiciste tan infeliz con tanta felicidad, por qué el engaño, si supieras que no tenía más ganas de vivir, que lloraba día y noche desde que todo se terminó, que quería salir a caminar y cruzar la calle sin ver y así dejar que la muerte borrase todo el dolor que ardía dentro de mi pecho. Y llorabas, y yo no quería verte llorar, pero tampoco podía volver a quererte. Sé fuerte, te decía, eres capaz de muchas cosas, este tiempo sola te va a cambiar como me ha cambiado a mí, y tú rompías de nuevo en llanto, el dolor de todos esos meses dejado ir en el río de lágrimas sobre tus mejillas, el mar de lágrimas sobre mi almohada, la noche de dolor, de desconsuelo. Después del llanto venía un largo abrazo, los besos de consuelo, los últimos días de idilio amoroso que había que aprovechar. Sin embargo, el sexo nos dejaba más desgastados, nos hervían los celos, a ti los presentes y los del porvenir y a mí los del pasado. Me convertí entonces en la peor versión de mí mismo, un cínico, un sinvergüenza que interpretaba el papel de la víctima cuando él era el victimario, el manipulador, el único que importaba, el único que podía ser indultado cuando tú eras la única inocente, la que pagaba los platos rotos, la que perdonaba la infidelidad, la mujer abnegada con tal de salvar el amor, el regreso a los años antaño, a ese primer beso que hicimos poema de noche.

 


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