Premoniciones

Silencio, no se lo digas, que no se te ocurra contárselo. Pero he soñado que… Nada, no has soñado nada, eso ha sido la otra vida, y la otra vida no tiene que ejercer su dominio en esta, ¿entiendes? Lo he sentido como real, he llorado, sentido un gran vacío, el peso de la pérdida, un grito ahogado, la luz apesadumbrada. No ha pasado, deja que el olvido de la vigilia borre lo soñado, que atenúe la imagen lacrimosa, el funesto suceso. Ella debe saberlo. ¿Para qué? ¿Para amargarle la mañana de sábado, para plagar su conciencia con un miedo injustificado, hacerla andar con miedo, el remordimiento a cada paso? Yo la veía andar como si nada, su despertar habitual, el café y las pocas palabras, como si en el fondo lo supiera pero no quisiera hablarlo. ¿Te das cuenta? El miedo que sientes es infundado, deja que ella y su leve alegría disfruten del día, la nieve que cubre las calles, el frío que le recuerda a su país. Pienso que sería mejor decírselo. Pero a nadie le gusta que le den cuenta de las sentencias, de lo trágico. ¿No es verdad que se deben contar los sueños para que no se vuelvan realidad? No, o al menos no hay certezas, los sueños pueden ser premoniciones que se cumplen al nombrarlos de este lado, es por eso por lo que deben quedarse en el lado de allá, terreno de lo onírico. No estoy seguro, mi padre siempre contaba sus sueños, seguro de que así no pasarían; él daba cuenta de lo trágico, del horror que lo hacía despertar de repente y contarle al instante a mi madre lo que había pasado, un accidente, una muerte, el derrumbe de la casa, la desaparición de un hijo. Tu padre está equivocado, sus sueños no son los tuyos, tus sueños están compuestos de la substancia de la verdad, de lo verosímil, de fácil paso hacia el otro lado. Debo advertirle, no dejar que se vaya así, mejor que se ande con cuidado, no vaya a ser que… Ni lo menciones, tu sueño no la contemplaba a ella. Yo sentía la pérdida como propia. Sí, no obstante no era ella la que sufría. ¿Y si en realidad mi dolor era provocado por la pérdida? No, no, y no, deja ahora de interpretar tus sueños, Freud de segunda. No se trata de insultarme, se trata de mi sueño. Basta, tu sueño no se ha realizado, no es verdad, no lo traigas a la realidad, no compartas con ella el terror, de lo contrario no va a estar tranquila. Tiene que saberlo, debe ser una señal. Ninguna señal, no, deja de pensarlo. No le ha respondido a su madre. Ese es su problema y en nada se relaciona. ¿Y si es a ella a quien he perdido del otro lado? No, fue otra persona, tú lo sabes bien, deja la puerta abierta al olvido, él sabrá qué hacer. No puedo olvidarlo. Claro que puedes, tú no eres ningún obsesivo, a ti nada te quita el sueño, cabrón optimista hasta la muerte. Eso, la muerte, ya lo has dicho. ¡Claro que no! No pongas palabras en mi boca. No me hagas reír, tú no tienes boca, tampoco un cuerpo. ¿Apostamos? No, no apostamos, tú no existes. Sí existo, de lo contrario ¿por qué me escuchas? Es natural oír voces. Natural para los locos, esquizofrenia, le llaman. Ese no es el tema, a nadie le importa mi locura. A mí tampoco, el problema es la muerte como sentencia irrevocable. Entonces lo que he soñado no tiene por qué pasar. Sí, sí tiene por qué pasar, es el ciclo natural de la vida. Sí, pero no hoy, no mañana, no tan pronto. Ella estaría inconsolable. Pero todo tiene un final, todos debemos morir, saber qué es la muerte. Pero no ella, además estamos hablando de alguien importante en su vida. En mi sueño yo no muero, espera… ¿y si ha sido la representación abstracta de mi muerte? No, querido remedo Freudiano. De nuevo la burla. No, yo estoy aquí para decirte que no le des más vueltas, que no te preocupes. ¡Cómo no me voy a preocupar! No te preocupes y listo, ¿dónde ha quedado tu dizque inquebrantable optimismo? Esto es grave. No menos grave que cuando has soñado la muerte de tu madre. Ya lo había olvidado. ¿Ves? Nada te cuesta olvidarte ahora del sueño que concierne la vida de los padres ajenos. Pero no le he dicho nada. Y mejor que no se lo digas. Algo malo va a pasar. Eso malo va a pasar sin remedio, y tú no tienes la última palabra. Tengo que decírselo. Ten cuidado, si llega a pasar te va a culpar de ello. O quizás contándolo, como hacía mi padre, se previene lo peor. Ni tú ni nadie puede prevenir la muerte, su paso incesante, su guadaña afilada, su cuerpo negro, su rostro de espejo. Me voy a morir. No ahora, pero quizás mañana. Tengo que decírselo. Te lo prohíbo. Tú no eres nadie para decirme qué hacer. Claro que lo soy. No. Sí. No. Soy más que tu conciencia, la buena y la mala, izquierda y derecha. No eres nadie. Entonces tú tampoco. Debo decírselo. ¿Qué obtendrías? Puedo salvarlo. No, no puedes. ¿Es acaso un juego de espejos y el hombre que muere es…? No, no, me niego a responderte, olvida, da paso a otros sueños. Se lo diré. Anda, si lo que quieres es provocar una desgracia. Muere su… No lo digas, las imágenes de los sueños no deben traducirse en palabras. Pero mi padre. Tú padre ha tenido suerte, eso ha sido. No me vas a convencer, debo contárselo, en el sueño su padre… !No lo digas! Muere enfermo. Te dije que no… Ya está, lo he dicho, nadie ha muerto. ¿Escuchas? No, ¿qué? El silencio. ¿Qué tiene el silencio? Tu voz es silencio. No, tu voz es la mía. Qué tristeza. ¿Por qué? Ahora estamos de acuerdo.

 


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