El sentido a ciegas

Nada me ha llamado, he acudido a la página porque sí. Hace un día que no escribo, atribulado de planes futuros, la idea del porvenir más imprecisa que ayer. Ayer sí escribí. Me corrijo, no puedo caer tan despistado al hueco del olvido, el hoyo, el vacío intrincado de malas maneras, de astucias rebeldes, de fuego tibio. Experimentos vagos con el lenguaje, una palabra mal medida, mal utilizada, recalcitrante. Palabrería, vocinglero rítmico, perorata sucinta, al grano y sin rodeos. Los temas no se acaban, incluso se repiten, se dan vueltas, caen sobre ellos mismos reformulados en una maraña de sinrazón. También proliferan los personajes, presentes y ausentes, con más de una máscara, con el pecho envalentonado y turgente —risas del público para este hombre vestido de payaso—, y el rostro sumiso, la mirada desafiante, el sexo prolijo a una seducción sin motivos y sin cuerpo. Ensoñaciones, los poros de la piel se abren como ventosas, escuchan, se dejan llenar de un deseo fortuito e inesperado. ¿Ves aquí el sinsentido? Mi intento fallido, falaz, por dotar de sentido al absurdo con mi sola presencia, mi conciencia dando saltos de conejo atribulado y ansioso hasta la desesperación por llegar a ningún lugar. Oficio de poeta maldito, nadie me entiende. ¿Dónde se encuentra el suicidio a mitad de precio, la voluntad que quiere darse unas vacaciones en la vida que se encuentra del otro lado, donde hay menos luz y más oscuridad? Ya, esto tiene nombre, un ejercicio de escritura como el de los surrealistas, el lenguaje al servicio del impulso, remedo de frases que queriendo decir todo no dicen nada. De nuevo absurdo, existencialista, la cosa en sí, la voluntad, el hombre rebelde y el hombre prolijo de fracaso. Hombre de fracasado éxito, de inenarrable vida de aventuras, alegrías y perjuicios. El hombre de la vida plana, la vida de espejo, copia de todas las demás, del tiempo como representación móvil de la eternidad. Tiempo escurridizo, huidizo, maleducado, maltrecho, malintencionado de las más buenas intenciones. Locura fugaz, locura controlada, locura cuerda, mucha cuerda para hacerla girar sobre sí misma. ¿Cuántos son? No importa, todos están invitados. No, no nos conocemos, pero pase, ya nos conocemos, me llamo tal y tú, me llamo cual. Ah, muchísimo degradado, el gusto es todo tuyo, o de él.

Esto me conduce al irreductible deseo de éxito o de triunfo, al desorden de las ideas, el orden presente en mi pensamiento que siempre ha tendido al caos. Ahora es irremediable, se reduce a una hipérbole, ¿cómo era esa palabra inolvidable? Pletórico, sí, exuberante, demasiado, nunca prolijo, siempre desbordante. No te lo tomes a pecho, Ramón, mejor tómatelo a rodilla, a talones, a cabeza. ¿Ves? Es más rico, sabores magnificados por el disgusto que me has provocado con tu llegada. Toma de este vino, siéntelo, ahora introduce el dedo índice en la botella, así, bien adentro hasta que sientas que comienzas a perder la circulación, tu dedo un poco inflamado, lo justo para sostener la botella. Ahora suelta la botella. Ya está, ahora forma parte de ti, ahora eres la cosa en sí, hombre dedo de botella. Gira, haz piruetas, salta, pero no al vacío que cualquier caída desde el primer piso podría ser fatal. Salta a la alberca, siente qué fría está el agua, te va a encantar. No, Ramon, espera, antes tienes que tomar un trago de la botella. Sí, así con tu dedo dentro. ¿Imposible? Entonces tú no saltas, te quedas en el banquillo de los acusados. Ten, ponte este sombrero de orejas de burro, el animal más inteligente del planeta. ¿Sabes que tienen una memoria fantástica, los burros? Tú también puedes. Qué poca consideración para las bestias como tú, Ramón, siempre denostadas, rebajadas a lo peor, a humano, cuando ser un burro no tiene nada de malo, al contrario, tiene todo de bueno. ¿Ves? Superdotado, todas las hembras te mirarán con lujuria, hembras de toda especie. Mira a María, ¿La ves? Te mira con deseo porque la tienes grande, es todo lo que les interesa a las hembras como María, todas las mujeres hembras quedan fascinadas con un miembro grande. ¿Te gustaría ser miembro de nuestro selecto club? Bienvenido, Ramón, no seas grosero, quítate esas orejas de burro, también la pinga, no seas animal, porque aquí somos mucho menos que animales, somos hombres, el último eslabón, lo que sobra, mañana podríamos desaparecer y el mundo seguiría siendo el mismo. No hacen falta testigos si no hay nada que atestiguar. Te presento a María, Supongo que ya se conocían de lejos. Él es Ramón, hace un segundo era un burro. ¿Se acuerdan? Tómense de las manos, vamos, no sean tímidos. Además, Ramón, María es la mejor de su especie, humana superdotada, hace unos segundos era una yegua de carga excelente y ahora mira qué caderas. Vamos, que comience la reunión antes de que todo se vuelva fiesta y se apaguen las luces del raciocinio. En pocos minutos nos quedamos ciegos. ¿Tienes todos el picahielo para sacarse los ojos? Sí, el pica-h-ojos. Ya verán qué bien se ve todo sin ojos. Verán todos los diferentes tonos de la oscuridad. Con suerte verán amarillo patito o rojo sangre. Vamos, todos listos, apaguemos las luces, picahielos en las manos para lo único que sirve y ¡boom! ojos afuera. ¿Todos lo han hecho? ¿Ramón? No me vengas con pavadas, che, sacate los ojos, no te sirven para nada, no me vayas a decir que vas a dejar a la pobre María en la oscuridad más absoluta y solitaria. Vamos, te invito con exigencia a acompañarla. Eso, mira, yo te ayudo con el siguiente. No, no, sin gritos Ramón, de nada te sirve ahora llorar, no tienes ojos, las lágrimas han desaparecido, debilidad de los demás. Ahora sí, bienvenidos todos a la oscuridad, la amplificación de todos los sentidos. Este es el mundo de las tinieblas, el preludio de la muerte, vámonos acostumbrado al desprecio de los días, entendiendo la belleza de lo oscuro, de lo que ya no es desde ahora.

¡Qué maravilla! ¿Sientes el fuego, Ramón?


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