Un tanto de olvido

No cuento lo que pretendo destinar al material de olvido, a mi repertorio de recuerdos fortuitos destinados a la bruma de la memoria. Hay momentos que me niego a creer como ciertos, como sucesos determinantes de mi vida. A todos ellos los he guardado en un baúl oscuro y profundo, recuerdos echados a menos porque me niego a saber que fui yo quien los vivió. Son momentos vergonzantes, no de dolor o de sufrimiento sino de traición, de falta de franqueza para conmigo mismo. Son recuerdos casi como penas que se llevan sobre los hombros. Son nombres que pretendo borrar, desasociar del cuerpo y del lugar donde sucedieron. Y todo como consecuencia del autoengaño.

Mi último regreso quiso traducirse en la búsqueda de la libertad. Viajaba por segunda vez solo para encontrarme con una familia que no reconozco, ver a viejos y fieles amigos y la posibilidad del reencuentro con amores pasados o posibles. Pensaba en una sola mujer como objetivo, como casi único motivo de mi corta estancia. Nada salió como lo tenía planeado. Volví a ver a B., mi primer amor irrealizable de la infancia. Nos dimos tan solo una noche, nos recordamos con la mirada, hablamos sobre todo el pasado, sobre todos los años disímiles, abstractos, que no nos vimos, que nos olvidamos. Ella me confesó que ya no me rememoraba, ya no quedaba rastro de mi recuerdo en la memoria de sus días; por el contrario, yo la busqué no pocas veces, la traía de vuelta con un aroma, con la imagen de esa carta adolescente que creía tener guardada entre mis libros y que tan solo conservé en la memoria. Yo no la olvidé, cómo podía olvidarla si fue mi obsesión durante mucho tiempo, mi primera relación fracasada, que nunca culminó en un desaforado amor ni en un irremediable resentimiento. Sólo se desvaneció su cuerpo mientras yo seguía soñando con su nombre que no se me borraba de la memoria. Lejos fue cuando la encontré, cuando logré vislumbrar su nombre en mi búsqueda por las redes sociales. Ahí estaba, cambiada con los años, pero la misma mirada, la misma sonrisa y su piel morena de encanto. Le escribí un mensaje con pocas esperanzas y muchas inquietudes. Dejaba entrever que el paso del tiempo no había impedido su búsqueda, su andar todavía palpitante por los entresijos de mi memoria. Me respondió halagada, con una frugal alegría que se apoderaba de ella al saber que el peso de los años poco puede contra la memoria de un hombre enamorado. Nos escribimos, celebró mi cumpleaños conmigo a la distancia y durante meses planeamos vernos la próxima vez que regresase. Como profecía se cumplió: no encontramos y, al dar por terminada la noche, nos besamos por primera vez en quince años de relación pausada. Éramos felices, agradecidos de que el tiempo no había sepultado el amor adolescente. Nos despedimos y no pudimos volver a vernos a causa de mis días limitados, de mi pronta partida anunciada desde mis primeros días de llegada. Si no pasamos una noche juntos fue por indecisión mía y por su complicada situación sentimental con un hombre que ya no la satisfacía. El segundo encuentro no se dio, lo dejamos para cuando fuese posible, contentándonos con ese primer beso que todavía no deja de pasar.

Hubiese querido que la segunda mujer de mi viaje hubiese sido a la que tenía en mente, que Diana hubiese estado presente durante esos días, pero su ausencia me llevó por otro camino no previsto. Fue una amiga mía desde hace muchos años, menor que yo cuando de recién nos conocimos, quien se ató a mí como consecuencia de un encuentro dejado atrás, de aquel beso único a la puerta de su casa que no figuró en ninguna historia de amor. Yo la había dejado en el apartado amical de la memoria, sabiendo que tenía una relación en apariencia feliz, por lo que no consideré valiente acercarme a ella con una dosis de nostalgia o de enumeración del pasado. Fue ella la que dio el salto, la que dejó de lado el juego de la seducción y fue al grano. Yo, como nostálgico responsable con sus añoranzas, no pude negarme a tamaña proposición, aunque me parecía un acto desesperado la ausencia de un coqueteo previo para marcar el camino hacia la habitación de hotel. Todo se planeo como una cita, maquinado hasta el último detalle, lo que daba el encuentro la mala sensación de lo mecánico, incluso de lo animal. Yo me di cuenta tarde, cuando nos desnudábamos sobre la cama, que yo estaba enamorado de su recuerdo, de la niña y adolescente que fue en el pasado, y que su imagen actual no iba acorde a la que yo rememoraba. Su rostro no era el mismo, su cuerpo había cambiado sus formas y su aroma no despertaba nada en mí. Quien siguió el camino fue un yo más sensorial, un yo ciego que, intentando no decepcionarla, se entregó al fingimiento del deseo. Hice lo que no quería hacer por el solo motivo de no quedar como un imbécil, como un hombre a medias. Recordar aquel momento no tiene nada del candor de los encuentros de placer enumerados en mi memoria. Esa noche y la siguiente he querido olvidarlas. He querido pasar de largo de ese amargo aroma, de ese lugar al que no me gustaría tener que volver. Fue mi culpa, porque me costaba mucho ser franco con ella. Le seguí mintiendo porque de cierta forma disfrutaba con la magia de sus caricias. Me rogaba que me quedase, que dejará mi vida para hacer una con ella. Y yo que me sentía aliviado de tener mi pronta partida como carta de escape. Le mentí tan bien que cayó ilusionada. Como toda mujer enamorada armó un plan de segundos y terceros encuentros. Estaba lista a dar el gran paso, mantenerse en contacto conmigo, y yo le seguí el juego hasta que los meses pasaron y todo plan antaño apasionado se disolvía en la imposibilidad y mi silencio. Me volví parco de palabras, los suspiros por aquellos día se habían desvanecido con el regreso a mi vida de ahora. Ella debió haber comprendido el significado de mi silencio, de mis respuestas poco frecuentes, de mi ausencia de entusiasmo. Me dijo que debería —en vista de nuestras charlas cada vez más frías (esto es intuición mía)— borrar el horario en su teléfono, como forma de olvido, porque ya no valía la pena el esfuerzo de escribirnos. Traté de convencerla, de nuevo sin entusiasmo, de que no lo hiciera, sin serle franco, sin decirle lo que pensaba, de la impostura que había adoptado mi decir y no decir. Todo quedó en silencio, en ausencia de excusas o explicaciones. Sigue así, la herida hecha y cada vez más profunda.

23/12/2020


Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s