El umbral de la otra vida

Me ha pasado. Me he imaginado la vida a la medida de mis deseos, el mismo departamento, un gato distinto, ella distinta. Le he dado el nombre de la emperatriz trágica del México del siglo XIX; no muy alta, más joven que yo, el pelo corto y sus piernas blancas, desnudas en verano, y en invierno enfundadas en medias negras. La veo sonreír, la respiración agitada, el rostro lozano y lleno de vida al subir las escaleras del edificio. Jadeante después de cuatro pisos de escaleras, me saluda, sonríe como tantas otras veces, me mira y me fulmina con un halago, los lentes y la barba que no suelo portar fuera, efecto colateral de pasar mucho tiempo en casa, le digo como defensa. La miro a los ojos, pero mi mirada se pierde en un vaivén sobre su cuerpo entero, una pausa subrepticia en sus piernas largas, los músculos disimulados a través de las medias negras, falda de mezclilla, el paso por su cintura y el regreso a sus ojos, ahí donde mi mirada viene a posarse para no incomodarla. La veo, me cuenta que todo va bien, que espera pronto regresar a la universidad, que por el fin de semana y la semana próxima regresa a casa de sus padres. La escucho a medias, mi pensamiento jugando con su imagen, mujer de mis deseos, el reemplazo de la que ahora me acompaña. Más que un reemplazo: la que necesita mi vida. Mientras le respondo monosílabos, frases insensatas, la hago entrar con el pensamiento, se recuesta en la cama, su perfume en las sábanas, la luz del amanecer que da brillo a su cuerpo desnudo. Se levanta, se viste con muy poca ropa y me despierta con el ruido de la cocina, el agua del para el café que se calienta, los platos y tazas sobre la mesa, el desayuno que me había prometido la noche anterior. Ella es distinta, mujer llena de sueños, determinante, de un ánimo reluciente que no se apaga; de risa contagiosa es el amor de mi vida, la senda juntos, el triunfo compartido, las pasiones que se mezclan. Compartimos idiomas extranjeros, no caemos en la incomprensión de las parejas que se entendían más cuando se entendían menos. Ella me corrige mi francés impreciso, mi acento marcado; yo hago lo mismo, su español me expresa el amor en mi propia lengua, su acento que no intento cambiar, contento de que pueda leerme, hablar con mi familia, compartir la historia de mi infancia. Nos llevamos bien, pero no faltan los leves conflictos, ella más joven y activa; yo un viejo antes de mis treinta años, mi poco interés por lo que se encuentra afuera, el amor por mis libros, mi calma, mi silencio, cocodrilo hambriento al acecho de la paz conyugal. Está a poco de irse, tiene más cosas por hacer, ha venido solo por el libro, me ha dado gusto de verte. Mientras se despide yo abandono todo sueño, la saco de la cama y de mis deseos de tenerla, la devuelvo al umbral de la puerta, imposible que algo pueda darse entre los dos.

Ya no sé cómo seducir, cómo ser el hombre de los sueños de otra mujer. Intimidado renuncio a toda posible tentativa, a la maquinación de una historia de amor, a la consolidación del deseo. No podría, tendría que ser otro, no este amante infantil, impreciso, atrapado en mi propia desgracia anunciada. Ella es la luz que todas las noches se enciende y que, con mi cansancio, a la hora de dormir, se apaga. Una idea de paso, vana esperanza, la llave para salir de esta vida en bucle, circular, donde el único escape reside en una página en blanco, en un recuerdo cercano o lejano. Ella no lo sabe, sospechó en nuestros inicios, quiso dilucidar la verdad junto con su amiga, también ella como respuesta, imán de mis pasiones de metal. Pero guardo a la mujer con nombre de emperatriz desgraciada, juego con la idea, la guardo como amiga, disfruto de la compañía a lo platónico, la charla, el saludo, el fuego controlado. Me contento con muy poco, ensoñaciones imprecisas, niño jugando con el avenir que nunca se le dará, un caballito muy pequeño el de su paso a través de los años. Veo sus fotos, trato de definirla, hacer cuentas con los meses, las casualidades, dónde estaba ella antes de que yo no llegase. Provoco vorágines de angustia, decisiones no tomadas, haberme quedado solo a cambio de una mujer distinta. No obstante, encuentro la alegría de otra forma. A pesar de su poco optimismo, me gusta verla alegre cuando es posible, hablarnos en el idioma que nos hemos inventado, las noches juntos desde hace más de tres años. Yo la escogí cuando pude no haber escogido a nadie. Ella me aceptó, poco a poco, pese a lo bueno o malo que viniese con la vida que íbamos a llevar juntos. Y de todas formas a mí se me da fácil la levedad, el escape cada vez que la oportunidad se me presente, mi falta real de compromiso, de fácil seducción, de dejarme llevar por unos ojos que me sonríen, por el aroma en la piel de una mujer con el adjetivo de fascinante. Pudo haber sido ella, o la última con la que a muy poco estuve de amar con consecuencias. Amargo arrepentimiento a cambio de una felicidad a medias, la calma de la vida a dos sin conflictos, la intimidad que no hace falta porque algo no se descompuso dentro de la máquina de la pasión. Quizás mi pensar se instaló en otro u otros cuerpos. Necesidad de un escape, de la reafirmación del contacto corporal a partir de la estancia en otros ojos llenos de fuego. Tratar de que no me desaire el repulsivo recuerdo de caricias pasadas, del aroma agrio de lo que no va bien, de lo que podría pronto arrepentirme. Pero ella, ¿cómo sería escribir una historia sin el hastío presente desde hace meses? Encontrar en ella la salvación, el motivo, el lenguaje. Mejorar el arte.

 


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