Ya no es lo mismo

La calma no llega, es la inquietud la que lo atraviesa. En eso ocupa el pensamiento, prisionero de su propia casa. «Esto nunca se va a terminar, la gente es indolente, caminando fuera, por las calles como si nada, cuando estamos en guerra. Sí, en guerra contra un enemigo común e invisible». Trata incluso de no salir ni a la ventana. Le duelen las piernas de no caminar más que del salón a la cama, de la cama al salón, del baño a la cocina. Sale una vez por semana, compra lo que haga falta para los días de confinamiento que vengan. Las largas filas para entrar al supermercado, no todos respetando la distancia, un metro o dos para no infectarse ni infectar al prójimo. «Y más peligroso a mi edad, el escurridizo enemigo tiene en la mira a los de mi generación». Ya no solo debe cuidarse de las enfermedades propias de la vejez sino que ahora hay que andar a la defensiva contra una pandemia. «¡Qué cabrona es la vida! Esto en mis tiempos no se veía. Antes las cosas no eran así, todo era más limpio, ordenado. Es porque éramos menos y todos habíamos vivido las carencias propias de la época, sabíamos a qué atenernos. No es difícil vivir solo, tampoco no salir. En mi tiempo se nos pedían cosas más difíciles, ir a la guerra, por ejemplo, porque había que defender a la patria, y ahí íbamos sin saber bien quién era la Patria, la amiga de los de arriba, de los dirigentes que nunca fueron al campo de batalla. Muchos se quedaron en las trincheras, dejaron madres viudas e hijos sin padre». Lo peor era para los más jóvenes que poco habían vivido. Unos no conocieron el amor. Se acuerda de cómo veía a tantos entusiasmados por ir a la guerra, los que se portaban voluntarios incluso antes de que el país se involucrara en el enfrentamiento. «Guiados por un orgullo ciego, por quién sabe qué ideales. Ahora, sin embargo, el enemigo vive entre nosotros», piensa durante las noches que no puede dormir. Presa del insomnio, culpa a todo el mundo, empezando por los de su propio país, las medidas tardías que tomaron; luego pasa al odio infundado contra los demás países, donde empezó todo. Se pregunta quién había sido el primer y el segundo infectado. El virus naciente, poderoso, infatigable. «El virus somos nosotros, una vez dentro ya no lo podemos sacar, parte íntegra e indivisible». Al final, entre tanto balbuceo, le llega el sueño, se queda dormido horas antes del amanecer. Viejo y solo, pocas ilusiones, vivir lo que haga falta, qué más da que me enferme hoy y me muera mañana. Aun así, toma las necesarias precauciones. Tenía un apego casi demencial por la vida, le gustaba pese a todo lo que no iba bien. Ya no sentía como hace unos años la pérdida de Margarita, su esposa. Ahora se había vuelto el fantasma del amor. Si tan solo pudiera contarle a alguien que la ve todos los días, que cada mañana sirve dos tazas de café, para no perder la costumbre, le dice a la luz que le lastima los ojos a través de la ventana, al café y la taza que se enfrían, ella ahí, sentada a la mesa y sin dirigirle la mirada.

—No sé por qué a veces vienes tan molesta, Margarita.

Quizás sea porque no la deja ir, porque la tiene muy presente, nunca aceptó su temprana partida. Habla con ella cuando el silencio le pesa como piedra, cuando la radio no basta para hacerle compañía. Comenta las noticias con ella.

—Esta ciudad cada vez es más grande y peligrosa. ¿No te gustaría mudarte a algún lugar más tranquilo, Margarita?

Estuvieron a punto de hacerlo, pero la muerte les cambió los planes.

—Una casa en el campo, Margarita, para los dos, para recibir a los nietos cuando haga falta, cuando no estén tan lejos. Pero ya no estamos en edad de hacernos ilusiones, Margarita. Creíamos tener la vida por delante, y mira cómo de repente te fuiste. Sigo solo, sí, cómo crees que a esta edad iba a buscarme a alguien más.

El viejo se despierta, ha soñado otra vez con ella. El dolor de huesos le dice que ya debe cambiar el colchón de la cama. Para qué. Se apura a tomar la ducha, lavarse los pocos dientes que le quedan. Se prepara el desayuno, y pone en la mesa las dos tazas de café.

—Una para ti y otra para mí, por si regresas, Margarita, para que me sorprendas una mañana y me lleves contigo, para ya no escuchar la radio tan solo, para dejar de platicarte desde tan lejos, donde ya casi no me escuchas —dice en voz alta, y enseguida se deja caer en la silla, da un sorbo al café—. Vamos a salir de esta. Todo se acabará pronto.

Se toma las dos tazas de café. Margarita ya no bebe café, se pregunta si él debería hacer lo mismo, dejar que las dos tazas de café se enfríen en la mesa. Debería dejar de hacer tantas cosas.


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