Ojos en las paredes

Era de noche cuando la mano tibia y silenciosa de Inés, salida de entre las sábanas, despertó a Gabriel a tientas, tres, cuatro pulsaciones en el hombro, sacándole de un sueño entregado a lo profundo para decirle que un ruido en la cocina la había despertado.

—Aquí hay algo que no va bien, te lo juro, Mario —dijo Julia, en pijama, sentada al borde de la cama, los ojos todavía rojos después del llanto de la mañana—. Tengo miedo de quedarme dormida y encontrarme de nuevo con aquella mujer que me persigue.

La voz apenas le salía para hacerle las preguntas en su mente claras, cómo que un ruido, en qué momento, acaso fue el gato. No, el gato no se había movido, medio dormido los escuchaba inquirir sobre qué pudo haber provocado el ruido tintineante de las botellas. Su primera conclusión, no compartida, fue la de roedores en la casa en busca de comida.

—Es normal, ya te lo había dicho —respondió Mario, entre las sábanas, la leve intención de dormir—. El apartamento es muy viejo, de seguro lleva en su haber más de un muerto. Más de cien años de existencia, imagínate el número de personas que durmieron y murieron aquí, en este mismo cuarto.

—Soy ideas tuyas— dijo Gabriel, la confianza puesta en el gato atento a todo intruso—. Si el gato no se ha movido hacia la cocina, su instinto confundido con la valentía, en busca de lo que había provocado el ruido, quiere decir que son ensoñaciones tuyas, que quizás te trajiste uno de tus sueños a la realidad, que has confundido el ruido fuera o el de los vecinos de arriba. 

Vivían desde hace más de dos años en el mismo piso. Un apartamento y un edificio antiguos cuya construcción databa de principios del siglo pasado. Se notaba en lo alto del techo, en lo frágil del piso que crujía con cada paso, y el cuarto de baño de los años 60, la bañera y el lavabo que hacían un juego con el paso de los años.

—Estoy segura de lo que escuché, no fue solo una vez, fueron tres, por eso me he despertado.

—No te imaginas el miedo que sentí, Mario, el grito que no me salía, mi corazón a tope. Cuando me despertaste no me sentí del todo segura, parecía que la pesadilla se me volvió realidad. Sentí que me había traído del sueño a mi abuela para salvarla de aquella mujer que nos perseguía a las dos.

Gabriel notaba en la voz de Inés la seña del espanto, sus creencias en lo sobrenatural confirmadas en un ruido. Él deseaba tanto regresar al sueño pero ella se levantó para hacer una ronda a la cocina, verificar que todo estuviese en orden, que el ruido no hubiese sido provocado por algo que cayó en las botellas.

—Pero no te pasó nada, te desperté y me contaste el sueño.

—Ven, mira, nada se ha movido, todo está justo como estaba ayer, no entiendo nada.

—No, no me pasó nada.

—Deja que el gato busque a los culpables si hace falta. Sabes bien que él está atento a todo sonido, que ante cualquier indicio de intruso sobresale su instinto curioso.

—Estabas otra vez en casa de tu abuela, misma casa de todas tus pesadillas, y ahí estaba la mujer que te perseguía y sus fatídicas intenciones.

Regresaron a la cama, todavía tibia. Inés se acurrucó entre el pecho de Gabriel que estaba atento, el oído puesto en la cocina, a cualquier ruido que se asemejara a botellas que se mueven. Pensó en que días antes Inés había dejado dos yogures ya pasados en la misma bolsa de botellas para reciclar, la culpó de la posible intromisión de los ratones en el departamento. «Sabes que a los roedores les encanta quedarse donde se encuentra comida siempre al alcance», pensó, el reproche preparado para la mañana.

—¿Y si seguimos el consejo de mamá y traemos a un sacerdote para que bendiga y purifique la casa? — propuso Julia, las manos trémulas sobre las rodillas—. Yo sé que tú y yo nunca hemos creído en esas cosas, pero quizás sí existen energías malignas, o al menos negativas, que influyen en nuestro entorno.

Silencio, el solo ruido era el vaivén del gato que ya se había despertado, su insoportable rutina de madrugada, el morder los muebles, los cables de electricidad, su lamer cualquier cosa, todo en busca de la desesperación de Gabriel, no poder dormir por tan insoportable ruido. Además del gato, el vecino de arriba, en su cuarto —pues la composición de los apartamentos era la misma— andaba de un lado a otro, y escuchaba cómo, quizás otro gato o un perro pequeño, rasgaba el suelo —su techo— con las uñas. Imposible dormir.

Durante todo este tiempo se habían acostumbrado a tener sueños anormales, pesadillas. En ese otro lado de la vida todo termina en tragedia. A Julia siempre se le acababa el mundo, llegaba la hora final, un apocalipsis o una guerra nuclear de la que ella intentaba en vano escapar; o gente que quería hacerle mal la perseguía, y ella corría tan rápido como su oníricas fuerzas se lo permitían. Y, como detalle indisoluble, todo tenía lugar en la casa de la abuela, en un pequeño y olvidado pueblo.

—¿Qué hacen los vecinos despiertos a estas horas? —preguntó Gabriel.

Mario tenía otro tipo de sueños, cuanto más relacionados con su seres queridos, más fatídicos y alarmantes. En ellos ya se le habían muerto los padres, los dos juntos o por separado, y les había llorado hasta la vigilia, cuando sentía el alivio de saber que todo había sido un sueño.

—Lo mismo que nosotros.

También soñaba que perdía la vista, poco a poco; o que le amputaban una mano o el brazo entero a causa de un accidente o una enfermedad. En los sueños de Mario, ora se moría él o sus padres, ora sufría una tragedia menor a la muerte, una amputación, la incapacidad de caminar, males físicos de los que no podría jamás recuperarse.

Minutos después del silencio, el gato se había echado otra vez en la cama, el oído de Gabriel todavía puesto en la cocina. Nada, invenciones de Inés, como aquella vez que afirmaba que alguien había intentado entrar en el apartamento, que escuchó claro las pisadas de alguien subiendo y luego bajando las escaleras y que luego se detenía frente a nuestra puerta e intentaba abrirla con alguna llave maestra.

—¿No crees que tiene alguna especie de significado oculto, que quizás hay alguna puerta en tu conciencia abierta por la que un torrente de remordimientos te acecha? —Mario trató de evadir aquella pregunta con otra— Puede ser el hecho de que nunca pudiste decirle adiós a tu abuela, a quien recuerdas muriendo con un gato como único testigo de sus últimos suspiros.

Inés se levantó aquella vez asustada, directo hacia la puerta para corroborar que estuviese cerrada. Todo bien, dijo de regreso a la cama, he escuchado a alguien fuera, o lo he soñado, no recuerdo.

—No, no puede ser, o quizás. Sin embargo no me explico por qué tiene que ser siempre en la casa de mi abuela.

—¿Y si mis sueños son premoniciones? —Preguntó Inés.

No iban a dejar el apartamento, de eso ni hablar, imposible. Tenían la ilusión de comprarlo algún día, de remodelarlo, dejarlo como nuevo, con muros de colores en lugar de blancos, un espacio amplio para los libros y una cocina grande, todo lo necesario. Quizás, cuando ese día llegase, y las inquietudes de la vida fueran menos, las malas energías desaparecerían, aquellos fantasmas del tiempo que circulaban por el apartamento, que vivían junto con ellos, mismo espacio pero distinto tiempo, se marcharían poco a poco, no reconociendo las antaño blancas paredes ahora de colores, el piso nuevo y el techo renovado.

—Quizás tengas razón —dijo Gabriel—, yo también, desde que vivimos en este apartamento, he tenido pesadillas.

—Puede que aquella casa, la de tu abuela, fuera para ti un refugio, pero desde que ella murió es una casa vacía, de la que tienes que escapar porque ya no está ella presente para defenderte, para cuidarte.

—¿Como qué?

—Es verdad que la echo mucho de menos, que intento buscarla. Me da mucha tristeza que haya muerto tan sola.

—Soñé una vez que alguien nos despertaba de golpe, un grupo de hombres nos asaltaba y luego nos sacaba a la fuerza del apartamento.

Era como si ella regresara cada noche a casa de la abuela, esperando encontrarla, pero en su lugar había un caos, un sinsentido porque la razón de ser de la casa era la abuela, y ya no había más que un gran vacío, un monumento a la ausencia, al recuerdo.

—¿Por qué no me lo habías dicho? —preguntó Inés.

Julia se había quedado dormida, sin una respuesta o posible reproche ante las conjeturas de Mario quien, dispuesto a dormir, le acarició el vientre con su mano cansada, sintiendo su respiración acompasada y, besándola en la mejilla, dijo buenas noches.

—No hacía falta, no quería preocuparte —dijo Gabriel—. Fue aquella vez que patee al gato fuera de la cama. En el sueño me batía contra hombres de rostros difusos, me tomaban de los brazos y lo único que tenía libre para defenderme eran las piernas.

¿Cuánto tiempo había pasado? No mucho, pues Mario no tuvo oportunidad de entregarse a un sueño profundo cuando sintió que Julia se levantaba de la cama. Sin pronunciar palabra abrió los ojos, la vio detenerse en el umbral de la puerta, vacilante, temerosa de algo o alguien, como una niña que ha visto o escuchado algo en las tinieblas y se decide a recorrer el camino hacia la habitación de sus padres para ponerse a salvo. Por fin se atrevió y dio el salto, salió de la habitación hacia la cocina y encendió la luz. Mario escuchó los pasos de Julia en el crujir del piso frágil y desgastado, trazó su itinerario en la memoria, Julia se aseguraba de que la puerta del apartamento estuviese bien cerrada. Se quedó unos segundos así, sin moverse, esperando a que algo se manifestase, hasta que, aliviada, entró al baño sin hacer ruido, encendió otra luz. El gato la acompañaba y ella le susurraba palabras incomprensibles.

Se rieron, de su miedo y las pesadillas que lo magnifican, pero no por eso se lo tomaron a la ligera.

—Aquí pasa algo— dijo Inés, conteniendo la leve risa.

—¿Qué sucede? —susurró también Mario para no corromper el silencio— ¿Pasa algo malo? ¿No puedes dormir?

Mario no sentía ningún miedo, no había sentido ni escuchado nada, pero el miedo es una enfermedad contagiosa. Julia, de regreso en la cama, estaba segura de que había escuchado un ruido extraño, como el anuncio de que algo ha sucedido o está por suceder.

—Normal. Es consecuencia de los cien años que tiene el edificio, la cantidad de personas que han recibido estas paredes. Sin embargo, es anormal porque nos está pasando a nosotros, justo ahora.

—Escucha, no hagas ruido —dijo Julia, tapando con su mano la boca de Mario—. Es como el sonido de gotas que caen, o como el de ventosas que se abren y se cierran. ¿Lo escuchas?

Pero Mario no escuchó nada, por más que trató de agudizar el oído cerrando los ojos. Lo único que percibía era la respiración de Julia a contratiempo, expectante.

—¿Y si alguien ha muerto aquí?

—¿Estás segura de que no ha sido el gato o el ruido de los vecinos de arriba?

Julia extendió unos minutos más el silencio, atenta a la próxima manifestación del ruido que había escuchado, estaba segura de lo que decía, por eso se había levantado desafiando al miedo que sentía.

—Que no te quede duda —respondió Gabriel— en un siglo todo puede pasar, quizás es por esa razón que el propietario no ha vendido el apartamento, porque hay algo aquí oculto, pasado pero todavía presente, que tiene deseos de decir algo.

—Te lo juro, además no fue solo ese ruido, también escuché cómo… ¡Ahí está! ¿lo escuchas?

Mario no escuchó nada.

Inés se quedó callada, presa fácil del miedo a los fantasmas, y Gabriel que alimentaba sus supersticiones. Poco a poco se dejaron llevar por esa fuerza onírica perturbadora, presas de la habitación que lo sabe todo, dueña de todas las respuestas pero muda.

—Lo que más terror me ha causado ha sido el ruido de la puerta.

—Espera, ¿cómo? ¿alguien? —dijo Mario, presa ya de la misma enfermedad contagiosa.

—Como si alguien intentara abrirla, silencioso, apenas perceptible, insertando una llave en la cerradura, girándola sin éxito. Creo que alguien nos vigila, Mario.

El silencio, el amanecer solitario, los rayos tímidos del sol que intentan colarse a través de las persianas cerradas. Se dijeron que ya era tarde para dormir, que deberían levantarse con el amanecer. Pero debajo de las sábanas, de su tibieza soporífera, se entregaron al sueño matutino sin remordimientos, a sabiendas de que es cuando tenían los sueños más lúcidos, fáciles de recordar con el segundo despertar del día.

Y Mario recordó los sueños de los últimos meses, parecidos a los de su infancia, cuando se ponía a salvo en una habitación cerrando con llave la puerta tras de sí y ésta no resistía a la amenaza exterior, entonces se apoyaba contra la puerta, impidiendo la intrusión del enemigo. Se despertaba cuando ya no podía más, cuando sus fuerzas convalecían y la puerta caía sobre él, dejando el paso libre al ataque fatal.

 Inés y Gabriel, prisioneros del olvido, del indolente estado del no ser, durmieron sin saber el sueño que vendría, la vuelta de tuerca a sus subconscientes malsanos.

Julia dejó la luz encendida, asegurando que era la única forma en la que podía dormir, que la luz tenía un poder contra las sombras, que ella así dormía siempre cuando él no estaba en casa. Mario, pese a la incomodidad de dormir con una luz encendida, aceptó aquel razonamiento infantil pero inapelable. De nuevo Julia se quedó dormida, y Mario, dispuesto a dormir, acarició con su mano ausente el vientre de Julia, sintiendo con el muñón su respiración acompasada y, besándola en la mejilla, dijo buenas noches.


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