El hombre, el hijo

El hombre en el espejo se parece cada vez más a su padre, su rostro es el de su progenitor. No hace falta matar al padre, el hijo se convierte en él, el padre muere como consecuencia irremediable del tiempo y el hijo lo reemplaza. ¿Acaso el padre del hombre ve asimismo a su padre en el espejo? No sabe cómo fue su abuelo, pero en el rostro del padre del hombre se aprecia el rostro de la abuela, la madre del padre del hombre. El padre del hombre tiene el rostro de la abuela en versión masculina. El hombre se pregunta si su padre se ha fijado, parsimonioso, en que se parece a su madre. ¿Cuáles serán las cavilaciones del padre? Ausente, dirá muy poco, expresará con abulia lo que un día pensó o sintió; el hijo escuchará, y al poco rato olvidará lo que el padre reveló de su conciencia, lo demás se lo llevará al silencio sepulcral. Lo enterrarán, a él y a lo que encerraba su mente, parsimonioso entierro de toda una vida que nunca se escribió.

El hombre se ve muy poco al espejo, ayer era un niño que tampoco se veía. Los años pasaron como si fueran pocos días y el niño del espejo ya era un hombre. El hombre no notó el cambio ni el paso de los años. Siguió viviendo con desenvoltura, confiado en que el tiempo sería vehemente pero dócil, que no dejaría ninguna huella en la piel, tampoco en los huesos. El hombre se entregó al engaño, se negó a mirarse en el espejo para evitar así la vergüenza y la nolición hacia un rostro envejecido. El hombre siguió mirándose a través de los otros huyendo de la segura turbación frente al espejo. Vivía con donaire, gallardo, seguro de sí mismo y de sus genes: no podía dejarse vencer por la impertinencia y el salvajismo del reloj biológico. El hombre joven se negaba a la consecuencia tangible de envejecer, verse macerado por el martillo implacable del desgaste. Haría todo lo posible para que el espejo no le mostrase el rostro de su padre, no ahora que todavía se sentía muy joven. Por la misma razón se negaba a tener hijos, éstos aceleran el paso del tiempo, te roban los años, te vuelves viejo y ellos, tus hijos, cada vez más jóvenes. No a los hijos, no a la descendencia maldita. El hombre no tiene por qué renunciar a su vida, ahora que se siente con la fuerza necesaria, el poco fastidio para continuar con su proyecto de vida, por lo demás tardío. El hijo del padre, el hombre que se niega a vivir al paso que el tiempo le impone, ha escrito al hijo que no tiene, que quizás no tendrá. Le ha dicho en cartas secretas que teme su llegada. Teme que la desgracia, además de la condena de muerte, le venga de nacimiento. Teme no verlo crecer, morir antes de la edad adulta de su hijo. También teme que llegue antes de tiempo, cuando su padre no esté listo para él, cuando todavía tenga muchas esperanzas individuales a cuestas, fracasos planeados, libros en el desván de la memoria y que, a causa de tanto por hacer, descuide al hijo y éste crezca solo, sin la atención y el amor necesarios. No obstante, el hombre sabe que podría renunciar a todo por ser un buen padre, no podría ser tan egoísta si el hijo ya está presente. Abandonaría sus sueños y los legaría a su hijo, depositario de todo lo que él no pudo cumplir. Pero el hijo no está, no llegará mientras no haya una mujer que sueñe con tener los hijos del hombre. El hijo que no tiene se aleja cada año, fue una vez planificado como deseo de dos que se aman. El hombre sin hijos estaba enamorado, veía el porvenir en los ojos de su bella compañera, la vida juntos, con uno o dos hijos. Veía a su hija, la niña de sus ojos, idéntica a la madre pero con el carácter meditabundo del padre. Si tuviese un hijo le gustaría que fuese al contrario, su viva imagen pero con la personalidad materna, porque no podría comprenderse en el reflejo de sí mismo. Un hijo a la imagen del padre representaría la severidad, la poca condescendencia al oponerse a las ideas de un hijo como su doble, mismo que se negaría a escuchar al padre que ha vivido lo mismo, igual o más testarudo. El hijo del padre sin ideas, sin forma ni orden. Vomita ideas, las escupe sobre la página sin otro motivo que el de escribir. No dejar pasar el día sin cumplir su promesa, única forma de andar por el buen cauce de la vida. El hombre dejará de sentirse como un niño entre sus semejantes, un menor de edad entre adultos como él. Dejarán de tomarlo en broma, de pensar que es un lerdo porque no habla mucho, ensimismado en una idea o en el vacío. Al hombre poco le importa el otro. De misantropía disfrazada de buena voluntad, ha sabido convivir con los de su especie, adaptando su discurso para cuando hiciese falta. Pero le molesta que se le trate con la diferencia de la edad, como si no fuera un hombre maduro sino un niño en el cuerpo de un adulto. El hombre se siente niño, y no está mal, piensa, los niños somos creativos, de fácil sorpresa, de pronto olvido, de andar veloz. El niño le da fuerzas al adulto, le asegura que es eterno, la vida no se le acabará mañana porque fuerzas misteriosas lo protegen. Disfruta de la intermitencia del tiempo, la lluvia fina que se le clava en los ojos y no lo deja ver el camino. No se le impedirá el regreso, la vida seguirá mañana, vivirá más que tu padre porque un niño no puede morirse, no ahora cuando comienza a vivir. Evitará el desdén del mañana, el recuerdo de los amigos muertos. Vivir, vivir, vivir.


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