Tumba vacía

El cartero ya no pasaba, no en el campo, no tan lejos de la ciudad. Tampoco Clara guardaba esperanzas, se le habían ido como se van los días, los meses, los años. Lo que sí guardaba y cuidaba más que a su ya frágil vida, era la vida de su hijo, el único, ya tan grande, fuerte, tal como a su padre le hubiese gustado verlo. Lo veía correr por todas partes y melancólica pensaba: te fuiste sin cumplir la promesa de escribirme, Mateo. Si pudieses ver a tu hijo, darle el padre que durante seis años no ha tenido. No le guardaba rencor. Los años habían aligerado la carga de enojo y la angustia. En la ciudad nadie le daba respuestas sobre su paradero, todos la ignoraban, era la loca hija de don Eusebio que buscaba a un fantasma.

—Ya olvídelo, señora, Mateo no va a volver —Jacinto, él único amigo de su padre entre las sombras—. Cualquiera hubiera hecho lo mismo, desaparecerse de este país de mierda.

—No puedo, Jacinto —dijo Clara, las manos nerviosas—, tiene que haber algo más.

—Haga como su padre, escápese mientras pueda, mientras se le ignora.

Jacinto se arrepintió de mencionar al padre, no se hacía todavía a la idea de que don Eusebio se murió de golpe, del coraje, cuando se enteró de que su hijita se había casado, y que su mayor enemigo había sido el padrino de bodas. Clara guardó silencio.

—Ya no venga tan seguido, no salga de su pueblo. Si no puedo hacerlo por usted, hágalo por el niño.

Para entonces a Clara ya no lloraba, el dolor se le atoraba en la garganta, regresaba al corazón fatigado, se le iba por los pulmones, supervivientes heridos de una pulmonía que casi la mata sino fuera porque —en el lecho de muerte— el milagro del matrimonio la salvó.

—Mateo no pudo haber hecho tal cosa, Jacinto —insistió Clara, la esperanza ciega—, él no nos pudo haber dejado así como así. Si tan solo pudiese preguntarle a quien lo vio partir aquella noche, algo tendrá que decir.

—A Esparza no lo he visto desde que Mateo se fue —Jacinto se cuidaba de no alzar la voz—. Lo último que supimos es que ya no estaba en los Estados Unidos, y que había tomado un barco para no sé dónde.

—¿Y si pregunta a alguien más cercano al presidente?

—Imposible, Clarita, usted lo sabe bien, el camino burocrático en este país es intrincado, uno no debe moverle mucho si no quiere levantar sospechas de traidor y terminar encerrado en un calabozo.

Clara regresó al pueblo. Bruno, el hijo, la esperaba en casa. Tenía los ojos del padre, su pelo rubio, casi transparente. Alto como su abuelo Eusebio y la mirada profunda y la salud inquebrantable de Mateo. En cambio ella, con el paso de los días, se veía envejecida como si pasaran años. El niño le preguntaba cuándo papá iba a volver, me gustaría conocerlo, por qué no podemos ir a visitarlo. Y Clara le mentía.

—Tu papá vendrá cuando menos te lo esperes —decía Clara, arrodillaba a la altura del niño, tomándole de las manitas—. Tuvo que partir en una misión especial, un encargo único y secreto del gobierno. Tu papá es alguien muy importante, verás que pronto regresa con muchos regalos.

Y el niño la miraba a los ojos y le creía, de verdad quería creerle. Entonces se iba corriendo a jugar con la idea de que papá llegaría mañana o pasado, ya pronto, mientras él estuviera en la escuela. Más de una vez había soñado, imaginado en la vigilia, ese rostro difuso inventado a partir de las fotografías, su padre junto con mamá viniendo hacia él, tomándolo por sorpresa mientras jugaba a las canicas.

Clara lo vio partir ilusionado, los juguetes por toda la casa como paliativo contra la ausencia del padre. No sabía hasta cuándo Bruno y ella iban a dejar de creerse esas mentiras como esperanzas. Se sentía muy sola, muy traicionada. Seis años pesan mucho, más cuando no estaba acostumbrada a estar un solo instante sin él, cuando creía que si la dejaba iba a morirse de pena, que la enfermedad iba a volverle. Mateo era su fuerza y su salud. El primer año de ausencia creyó que se iba a morir, pero el niño le dio fuerzas, tomó el lugar de Mateo, le devolvió las ganas de vivir. El niño era su ángel de la guarda. ¿Y si Mateo nunca regresa? ¿Y si está muerto? Clara no quería pensar en eso, pero han sido seis años, y en menos tiempo las desgracias suceden. Dudaba de sí misma, de su amor. ¿Y si ya no siento lo mismo, y si regresa y me doy cuenta de que el amor era un engaño fraguado por el escape milagroso de la muerte? Una forma de protegerse, de mentirse, de jugar con el autoengaño a su favor, así la espera —de toda la vida— podía alivianarse.

Tenía el sueño áspero de verse encerrada en un calabozo, prisionera, su hijo a lo lejos llorando, pidiendo ayuda, y ella desgarrándose la voz, gritos imposibles hacia oídos sordos. El vacío y la oscuridad se volvían una tumba, ella misma se volvía la tumba de su hijo. Sentía el frío, la cuerda que bajaba el balde con la comida, sobras para los puercos dadas a los prisioneros, el otro balde para apurar las necesidades físicas. El hambre terrible mezclada con el asco, la náusea, pero hambre al fin de cuentas. Comía del balde, como los animales, luego la invadía el sopor, se dormía satisfecha y asqueada. Ya no escuchaba a su hijo gritando ayúdame, mamá, era como un recuerdo distante. ¿Cuánto tiempo había pasado? Pocos minutos de luz contra las horas de oscuridad, todos los días. Las cucarachas trepaban por las paredes, por sus pies, sin reparo en busca de las sobras de comida entre los dedos. Hasta cuándo, señor mío, mátame antes de que me muera de locura. Mateo, Mateo, Mateo, su marido que iluminaba el escabroso recinto con sus alas de ángel.

Y despertaba, salvada por su marido en el sueño, al igual que cuando los médicos la habían desahuciado. No podía dejarse vencer tan fácil, debía entregarse a la espera como si el tiempo para ella no pasara, ver crecer a su hijo, continuar con la mentira hasta donde fuera posible. Bruno, el hijo ya mayor con el rostro y la inteligencia de su padre, sabría sobrellevar la ausencia de respuestas.

Cuando no iba a la ciudad para preguntar por su marido errante iba a visitar a Fernanda, la pobre internada todavía en un psiquiátrico, atormentada por la muerte de su hijo, flagelándose con la culpa.

—Yo lo maté, Clara —contaba Fernanda como preámbulo obligado de cada visita—, yo le negué el pecho, lo dejé llorar hasta que se le secaron las lágrimas. Luego, cuando me lo entregaron, lo apreté muy fuerte contra mis brazos para que no se me muriera de frío, y de tanto apretarlo lo maté.

Haciendo una señal de cruz con los brazos sobre el pecho, Fernanda se entregaba a su llanto, dolorosa como la virgen que perdió a su hijo sacrificado.

Clara ya no intentaba consolarla. No hay consuelo para la madre que pierde un hijo. Era en vano decirle que no fue su culpa, la culpa fue de los hombres desalmados que te torturaron para que hablaras, indolentes ante el llanto de una madre y su criatura. Ellos tuvieron la culpa cuando le entregaron al bebé moribundo, casi un día sin comer y, cuando por fin quiso amamantarlo, fue imposible a causa de las heridas que le cubrían el cuerpo y los senos de Fernanda. El niño se negó a mamar del seno antaño dulce y cálido.

—¡Mira quién vino hoy a acompañarme! —dijo Clara, sentando a Bruno en sus piernas— Saluda a tu madrina Fernanda.

Fernanda, enternecida, miró al niño, luego lo abrazó, le dio un beso en la mejilla, los ojos diáfanos, más tranquila, el recuerdo de la desgracia en pausa. Antes de que todo pasara —el cúmulo de desgracias que la había llevado hasta ese lugar—, tenía apalabrada a Clara para madrina de su ahora angelito. Cuando estaba encerrada era en lo único en que pensaba, lo que le daba fuerzas, la fiesta de bautismo, la comida abundante, los invitados, un día bonito, no helado y en tinieblas como el calabozo.

Clara dijo que todavía no tenía noticias de Mateo, pero no dudaba de que estuviera vivo. Lo habían visto partir del puerto. Supieron que llegó a su destino, pero luego le perdieron la pista, no se sabe bien dónde.

—Pero al menos libre de este infierno —interrumpió Fernanda—¿De verdad piensas que Mateo vendrá por ustedes, que intervendrá de alguna forma para que puedan salir del país?

—Ya no sé qué pensar.

 Fernanda no era de las que guardaban esperanzas, ya no, luego de todo lo que había sufrido. Se arrepintió de lo que dijo al notar la tristeza de Clara.

 —Pero no te fíes de esta mujer desgraciada, puedo equivocarme —dijo Fernanda—. Por ti desearía equivocarme.

Fernanda acariciaba las manos de Miguelito, sentado ahora sobre piernas, sonrientes los dos. Fernanda no había dejado de ser madre.

—No creas que a mí tampoco me invaden las dudas— dijo Clara, bajando la mirada— han pasado ya seis años, eso es mucho, y ninguna carta he recibido. Yo que tanto le rogué que me escribiera, lo único que le pedí para quedarme tranquila.

—Algo querrá decir el que no te haya escrito. 

—Pero sabes que aquí las paredes escuchan —dijo Clara,  mirando a un lado y a otro, segura de que todo estaba vigilado—. Quizás todas sus cartas han sido interceptadas.

—Siempre ha sido así.

 —Alguien no quiere que me lleguen —Clara bajó la voz—. Acuérdate, el pleito del que no se salvó mi papá. Yo soy casi una enemiga del Estado. Sin la intervención de Mateo yo ya no estaría hablando contigo.

Clara se despidió, le dijo vendré pronto, la próxima semana, a más tardar. Pasó al mercado a comprar lo que le hacía falta, sosegada de saber que Fernanda parecía mejorar poco a poco. Buscaba en el mercado lo que en pueblo era difícil de encontrar, a saber por ciertos utensilios para la cocina, ropa, juguetes para Bruno. Todo le era muy familiar, el tiempo no cambia el aroma del orégano entre los pasillos y los puestos; tampoco el habitual vocinglero:  pásele, señora, qué va a llevar, qué se le ofrece, mire qué rojos están los jitomates hoy, cuánto le pongo. Miraba por todas partes, y no pocas veces se imaginaba que entre la gente se iba a encontrar por sorpresa a Mateo. Cómo le gustaba jugar con los deseos, las esperanzas. Pensaba en lo feliz que sería su hijo si tuviese a su padre. Ella no podía, no se sentía capaz de tomar el lugar que correspondía a dos. Bruno escogió el juguete que más le gustó, un carruaje negro jalado por caballos pardos. Clara pensó si no fuera por el niño qué sería de mí, y Bruno contento con su juguete en una bolsa de plástico. De no ser por él habría recurrido al suicidio, no podría vivir con tanta ausencia, con el abandono que sentía desde que Mateo se vio obligado a partir. Al menos el niño y yo estamos tranquilos, vivimos aislados pero no nos falta lo indispensable. Qué diría papá si todavía estuviera aquí. El pobre murió por una mentira, por un artículo en el periódico que nunca pude desmentir. Papá, ya en el cielo te debieron haber dicho toda la verdad, desde allá velas por mí, cuida también a Mateo, dondequiera que se encuentre, él te ayudó a escaparte y, sin que nadie se lo pidiese, me salvó la vida al casarse conmigo.


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