Convenciones

Mujer temerosa de Dios, siempre lo había sido, persignándose antes de traspasar el umbral de la puerta, cada mañana, la madre dándole también la bendición: con cuidado, hija, maneja despacio. Sí, mamá, no te preocupes. Y ya arriba del auto, después de ponerse el cinturón, se persignaba de nueva cuenta, se encomendaba a esa fuerza invisible. Que nada malo le pase, Señor mío, decía para sí la madre al verla partir. Alicia nunca dejó de creer, leyó libros proclives al ateísmo, tuvo conversaciones con su novio adolescente: Dios no existe, lee este libro, te darás cuenta de muchas cosas, la Iglesia como la gran culpable. Y Alicia los leía, sí, unas veces a medias, cansada de leer cosas que no entendía. Luego, para no regresar el libro tan pronto, los olvidaba en su cabecera, de adorno junto a la lámpara. Ella tenía sin embargo más amor para con sus padres, no podía llevarles la contraria, no respecto a la religión que lo era todo, lo que tus abuelos nos enseñaron, hija, es nuestra herencia. Pero ella se creía convencida, comentaba lo leído con su novio adolescente, cuánto mal le ha hecho la religión al pensamiento crítico. Quería que él la quisiera también por su inteligencia, entonces jugaba al doble juego de la verdad y la mentira, todavía creía, pero menos. A Alicia Dios no se le iba a ir de los hábitos, del miedo infundido durante años a la muerte. Se persignaba para que nada malo le pasase, por si las dudas. Por amor a los padres también se dejó mancillar por las creencias sobre la vida, cómo debe ser una mujer, cómo debe vestirse, comportarse, presentarse ante los hombres. Una mujer que se respete no puede andar sola a altas horas de la noche, hija. Tampoco debe dejar que el novio entre a la casa mientras éste no sea su marido, que diga que sí, para que no haga enojar al hombre, pero que no diga cuándo y, sobre todo, máxima regla: la mujer que no se casa fracasa. El hombre y la mujer deben hacer su vida juntos. La mujer soltera, divorciada, viuda, es siempre una mujer incompleta. Los hijos, si algún día te llega a pasar, no quiera Dios, hazlo por los hijos, no pueden crecer sin la figura paterna, es por ellos que se debe salvar el matrimonio. Se contraponían las ideas externas que le decían que no era del todo cierto, la mujer debe ser independiente, vivir a su manera, viajar, salir, conocer el mundo. Había momentos en los que Alicia se creía una mujer distinta, disonante, pero las ideas de los padres no se le iban de la mente, del corazón, nadaba contra marea. Por amor a sus padres seguiría la senda marcada con sentencias. Por qué sales con tantos hombres, los vecinos hablan, decía la madre. Eso es lo que hacen las pirujas, sentenciaba el padre. Y Alicia no sabía qué decir, se le anegaban los ojos de lágrimas, el vientre de impotencia, y les daba la espalda, azotaba la puerta. Los vecinos hablan. Eres una piruja. Las dos frases se le enredaban en el odio abigarrado de cavilaciones, se envolvía entre las sábanas, el rostro sobre la almohada, esponja de lágrimas y sueños. A la mañana siguiente la tempestad dejaba su paso en una grieta más en el corazón, pero el mismo amor incondicional para mamá y papá, son ellos quienes siempre estarían ahí para ella.

Años después, la adolescencia abandonada, conoció a un hombre, se enamoró de él, años mayor a ella, pero no los aparentaba. Guapo, cordial, un caballero, de familia ejemplar, un trabajo importante, ingeniero graduado de una escuela prestigiosa. Él lo tenía todo. Alicia se enamoró hasta lo inevitable, por fin sería el definitivo, el amor de su vida, con quien pudiese formar la familia que tanto urgía a los padres. Ya no estás en edad de andar buscando novio, hija, los años pasan, una mujer mayor ya no es material para buena madre. Alicia, contrariada, creía que lo que sus padres le decían no le hacía mella, que ella, a su edad, ya se mandaba sola, sin embargo, era tan grande el amor del subconsciente para con sus padres.

Relación maravillosa, el hombre siempre galante, su rostro jovial, cuerpo atlético, buen gusto en el vestir, refinado, varonil y qué perfume, lo idealizaba Alicia. Ella encaminó desde un principio la relación al matrimonio, ya no debía pasar más años de noviazgo, él debería decidirse, hacerle la propuesta. Pero no llegaba, luego ella se sentía confundida, las observaciones subrepticias de sus padres: para cuándo la boda, los nietos. Y un día, el gran golpe, la humillación de la infidelidad, darse cuenta de que el amor de su vida salía con otra. La relación se terminó, su valor como mujer salió ganando, no puedo perdonarlo, no va a cambiar. No vuelvas con él, las personas no cambian, le decían las amigas; pero su madre le decía que no lo dejará así, que le diera una oportunidad, los hombres se equivocan. Semanas después ganó la madre, la sabia y abnegada madre. Vino el novio arrepentido, le pidió disculpas, flores para adornar su promesa de no lo vuelvo a hacer, a ti es a quien quiero. Y regresaron. Alicia intentó borrar la huella de la traición, pensó esta vez todo será distinto. Maquinaba durante las noches la forma para que se comprometiera en serio con ella, ya no estaba en edad para los largos noviazgos, la mujer mayor ya no sirve para ser madre. Como el matrimonio no llegaba, dejó de cuidarse, no a las píldoras anticonceptivas, natural embarazo al cabo de unas semanas. ¿Qué hacer? Casarse, pensó el novio, la galantería no le aconsejaba otra cosa. Matrimonio expedito: no puedes casarte luciendo el vientre de embarazada, qué va a decir la gente. Ceremonia escueta, en casa, nada pomposo, más bien sobrio, el matrimonio más moderado que se haya visto, no más de veinte invitados. Se sentía confiada, el matrimonio podría contra todo, vivirían una vida de ensueño juntos, sus padres ya estaban satisfechos, por fin se nos ha casado, por fin va a sentar cabeza. No obstante, la duda, como la creencia en Dios, seguía presente. Poco menos de nueve meses después nació una hermosa niña, Victoria de nombre, la realización triunfante de los sueños de Alicia. Su hija sería su fuerza durante los años venideros, cuando el amor amenazara con agotarse. Meses después se dio cuenta de la mentira en que vivía. El amor de su vida no había cambiado, el entonces esposo se dedicó al lento arte del engaño, se ofuscó en enamorar a cuanta mujer se le cruzaba por el deseo, mujeres como instantes, el juego de la seducción rampante mientras en casa aguardaban esposa e hija. Vino el divorcio, natural y reivindicativa consecuencia, lo más sensato y lo que más ponía en alto la dignidad de la mujer traicionada.

Alicia regresó a casa de sus padres compungida, la niña en brazos. Los padres la recibieron en silencio, la apoyaron como pudieron, no sin decir que reconsiderara la decisión, una mujer sola y con hijos es una mujer incompleta. Ya no los escuchaba, se sentía culpable por dejar que las palabras de papá y mamá le carcomieran el orgullo como por su andar inconsecuente. Los ojos anegados de lágrimas y el vientre de impotencia, azotó la puerta de su cuarto de toda la vida y se encerró a llorar, la niña recostada en la cuna, su Victoria, como lo único y más grande que había obtenido a cambio del amor.


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