Memoria y voluntad

Yo no quería venir, a mí me obligaron unos hombres pálidos de rasgos imprecisos y de caras muy largas, de esas que parecen que tocan el suelo, llevadas como una carga insoportable. Me trajeron aquí con artimañas, una estratagema bien hecha, tan buena para engañar tanto a un niño de mediana inteligencia como a un adulto perspicaz. Yo soy un viejo, sí, un viejo medio ingenuo, pero que ha vivido lo suficiente para no haberse dejado embaucar con tamaño enredo. Pero no pude, los hombres lívidos lo tenían todo planeado con maestría. No había forma de escaparme, encontrarle una grieta a su plan y escabullirme tan rápido como me lo permitieran estas piernas ya cansadas de recorrer tantos caminos. Es la edad, eso debe ser, los años que ya no son los de antaño, cuando tenía la fuerza infinita que dan los días de juventud.

Vinieron los tres aquí, a la casa, se lo juro. Primero se portaron muy cordiales, y luego sacaron uñas y dientes para intimidarme con amenazas, atisbos de violencia e injurias, al punto de darme santo y seña con un golpe en la cara que me ha dejado este ojo morado por el que apenas puedo ver. Sí, tiene usted razón: no veo muy bien. Tengo la vista cansada, cataratas incipientes y salvajes; estoy casi ciego y, con el ojo ahora hinchado, apenas y veo mis propias manos. Y qué puño tan pesado tenía aquel, el que parecía el jefe de los otros dos. Juro que me vengaré por tamaña ofensa. Mire que pegarle a un viejo. ¡Cobarde! Ojalá lo tuviera enfrente para que pagara por lo que me ha hecho. Ya tendré tiempo de fraguar mi venganza.

 ¿Qué estaba diciendo? Ah, sí, que me obligaron a venir aquí. Primero por la vía del entendimiento, con una afable cordialidad y luego por la fuerza, con vejaciones, jalones, amenazas, alaridos —míos y los de ellos, pues al intentar maniatarme alcancé a morderles los dedos con los pocos dientes que me quedan— y con un determinismo de hombres firmes, curtidos por los años de vida dura, reales triunfadores de las circunstancias que a todos nos oprimen. Pensar que yo era como ellos. No, era más bien como el jefe de los otros dos: fuerte, grande, aguerrido y más audaz que cualquier hijo de vecino. Pero ya verán, los muy indolentes, ya verán lo que es sufrir el infierno en la tierra cuando los encuentre. Nada más que salga de aquí y ya verán, ya verán…

No entiendo siquiera cómo entraron, yo no les abrí. Estaba leyendo a Schopenhauer, línea por línea, la vida como sufrimiento, querer es sufrir y lograr ser querido es aburrirse; y porque todos causamos daño a otros y sufrimos. Y de la nada, sin previo aviso, me han sacado de mis cavilaciones, de la lectura profunda, el crujir de la puerta que forzaron para tirar abajo. Entraron de improvisto, los tres hombres pálidos de rasgos imprecisos y de caras muy largas, caras de hombres que no han vivido demasiado para darse cuenta de lo perturbador, lo traumatizante que es sacar a un hombre de su hogar entregado al devaneo de las ideas y los sentimientos, de impedirle terminar el capítulo del libro que está leyendo y todo para humillarlo, para forzarlo a ir a donde no quiere ir y, como si estuviese en un manual, golpearlo en el ojo izquierdo. Usted podrá apreciar el souvenir que me dejaron, el morado en el ojo, la hinchazón, mi visión cada vez más limitada. En ese momento me dije que podría haber entendido la situación un poco mejor si hubiera terminado el capítulo donde Schopenhauer habla sobre la voluntad, sobre el Velo de Maya que nos engaña, el que nos hace ver el mundo como no como es, como la cosa en sí, sino como lo es en realidad para nosotros. Pero no pude, me quedé a medias, la idea incompleta. Los tres hombres no me dieron tiempo para entender, reflexionar sobre las palabras de Schopenhauer. Yo me habría pasado de maravilla el resto de mis días sentado en el sillón, pensando sin cesar en lo desagradable que es la vida. Pero no, la vida no puede ser como uno la sueña. Llegó la trinidad, pero no la Santa sino la más humana: tres hombres de caras largas, pesadas, casi inofensivos a primera vista, pero peligrosos cuando los vi muy de cerca. Me llevaron hasta aquí por un camino sin accidentes, en línea recta. No hizo falta que me vendaran los ojos, ¿Para qué? ¿Ve el cardenal que tengo en el ojo? Pues sí, ellos me lo hicieron. Culpo a los tres, con justa razón porque, aunque fuera tan solo el puño de un solo hombre —ese grandulón que se parecía a mí cuando yo era joven— el que se abalanzó sobre mi ojo izquierdo, tanto peca el que mata a la vaca como el que le agarra la pata. ¿Sabe cómo puedo encontrarlos? Bueno, lo primero sería salir de aquí. No vaya a tomarme por un loco, pero no sé cómo he terminado en este cuarto de paredes acolchadas. Lo que sí recuerda bien esta memoria de engranajes oxidados es que eran dos hombres de voluntades largas, de esas que se arrastran por el suelo porque ya no se sabe qué hacer con ellas. Hombres de rasgos finos, de rostros pálidos y miradas inquisitivas, listos para actuar sin remordimientos. Esos hombres se interpusieron entre mí y una idea deslumbrante… ¿Sabe qué hora es? Me siento muy cansado, no veo muy bien con el ojo izquierdo, siento dolor sin aparente motivo, achaques de la edad. Apague la luz al salir, hágame ese favor por el momento, que no se me da bien pensar con la luz encendida. Usted debe saberlo, la vida es un asunto desagradable, alguien me lo dijo, y yo le doy la razón, o al menos quisiera entenderlo. Déjeme solo, quiero reflexionar sobre esto durante unos años más. ¿Sabe dónde dejé el libro que estaba leyendo?

 


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