La culpa

«Toda negligencia es deliberada;

todo casual encuentro una cita;

toda humillación una penitencia;

todo fracaso una misteriosa victoria;

toda muerte un suicidio.

Así, no hay consuelo más hábil que el pensamiento

de que hemos elegido nuestras desdichas.»

Jorge Luis Borges

Te has convertido en tema de conversación. Traigo tu historia a la mesa, a los vasos de cerveza, a los cafés que invitan a una charla larga y tendida. Te apareces en alguna reunión no planeada, fruto de casualidades, de temas que se conectan. Si se habla de los peligros de vivir, pienso en ti. Si se habla de la muerte por accidente, de la vida que se va muy pronto o de alguna tragedia, intervengo en la conversación para contar lo que te pasó como si hubiese estado ahí para vivirlo hasta la muerte. Creo que trato de propagar tu recuerdo en otras mentes, a partir de la historia de tus últimos instantes de vida. Así los otros sabrán no cómo viviste —por desgracia yo no puedo contar tu vida— sino cómo moriste, cómo la vida te fue arrebatada por un descuido propio o ajeno, esa muerte que se escoge como un suicidio. Cuento tu historia a partir de una fecha: «el diecinueve de junio recibí un mensaje de Marco, en el que decía que Laura, una amiga mía, había muerto». Cambio entonces las palabras exactas del mensaje, no revelo tu sobrenombre a los que no te conocieron para no alargarme en explicaciones. «Le llamé al instante para que me explicara de qué se trataba, herido por una cuchillada de remordimiento, pues hacía pocos meses que me habías escrito con motivo de mi cumpleaños». Aquella vez, la última, la conversación se agotó pronto. Pude saber en qué trabajabas, muy poco de tus planes futuros. Fui yo el que no tuvo respuesta a su último mensaje. Sé que el remordimiento llegó por nunca haber indagado más sobre sus años pasados.

Hablamos muy poco de ti, Marco me contó que te había visto pocos días antes de tu muerte. De tu deceso sabía que había sido nocturno, que habías perdido el control del auto, que ibas sola. Marco también me contó que Esteban, tu novio, estaba inconsolable, la historia trágica de un amor, un final prematuro. Después hablamos de nuestras vidas, cómo nos ha cambiado la partida de los seres queridos, sobre cómo nosotros sí hemos logrado sortear los obstáculos de una muerte imprecisa. Habíamos llegado a una edad —muy temprana— en la que ya podíamos contar a los amigos caídos, a los que se fueron antes que ellos. ¿Nos sentíamos afortunados? Sí, pero también muy frágiles, porque pudo y podría pasarnos lo mismo.

Cuento tu muerte, Laura, como una crónica periodística, incluso como una investigación policiaca. Marco no me dio más detalles además del lugar del accidente, así que me di a la tarea malsana de buscar en internet, en las páginas locales de noticias, los detalles precisos de tu muerte. No me tomó mucho tiempo encontrar las fotos del accidente, el auto que conducías con el frente destrozado y, lo más doloroso, tu cuerpo ya sin vida atrapado entre los metales descompuestos. Me imaginé a la gente que pasaba por la misma ruta tomando fotos, descendiendo la velocidad para contemplar, con el mismo morbo que cualquiera, el fatal percance. Sentí la impotencia desoladora de los paramédicos por no haber podido salvar una vida, esperando a los bomberos para liberar el cuerpo de las garras de los ya inútiles metales. Sentí el dolor impune de tus padres al enterarse de la noticia, el llanto contenido, el desfallecimiento, los reclamos a Dios, la búsqueda de culpables. No más de diez líneas mereció el accidente, una escueta nota roja, sin ninguna muestra de conmiseración. Los testigos afirmaban que circulabas a alta velocidad, que perdiste el control por tal razón. Yo decía que no era verdad —como tu familia, tus amigos, pudieron pensar— que algo o alguien se atravesó por tu camino, y que no tuviste más opción que la de dar un volantazo para esquivar el golpe. Por desgracia, aquella inconsciente maniobra te condujo al otro sentido de la vía para encontrar la muerte de golpe. No supe más, vi las fotos. El dolor ahogado, el temor a perder la propia vida por accidente, por descuido de un tercero, se sucedían. Durante meses me inventé el resto de la historia. Supuse que venías del trabajo, que terminabas tarde algunos días de la semana, que algún imbécil se te cerró, se integró sin cuidado a la avenida. Meses pensando que tu muerte no había sido culpa tuya, que ese accidente se pudo haber evitado si te hubieses quedado donde estabas un minuto más o un minuto menos. Me aferré a la ligera creencia, con el afán de exonerar culpables, de que el conductor del camión no era el culpable, tan solo una pieza más en el irrisorio juego del azar. Me dije al menos no fue un auto pequeño, así el accidente no cobró más de una víctima. Mis conclusiones me llevaban a la imagen del auto destrozado, tu pelo ensangrentado que sobresalía por la ventana, tu rostro pálido y ausente protegido por una sábana blanca de miradas curiosas, expectantes.

Meses después del accidente, regresé a la ciudad. Conduje con precaución por las mismas calles de antaño, pensando en ti. Pensé en cómo se puede perder la vida por un descuido, cómo la muerte escoge a sus víctimas sin reparos. El último día de mi viaje me encontré con Marco. Nos dimos un fuerte abrazo con la alegría de saber que el paso del tiempo termina por reunir a los amigos. Bastaron unos minutos de charla para darnos cuenta de cómo hemos cambiado, tomado caminos distintos. Marco irradiaba alegría por los planes futuros, los viajes y el matrimonio con su novia. Me invitó a su boda, me dijo —más como un exhorto que como una invitación— que quiere que sea su padrino de bodas. Cayó el telón de la noche, brindamos por la amistad que prevalece a pesar del tiempo y de la distancia. Al despedirnos, no pude evitar hablar de ti, Laura, preguntarle a Marco cómo habían sido los días posteriores a tu muerte, si había asistido a tu funeral.

—No pude—me dijo—. No tuve la fuerza necesaria, todavía no lo asimilo. Nos habíamos visto el día antes del accidente, no estaba listo para decirle adiós.

—Yo todavía pienso en ella, escribo sobre ella como si pudiese escucharme. Vi fotos del accidente, el auto destrozado. Todavía me pregunto cómo pudo pasar.

—Venía tomada—me respondió— fue su culpa.

Desde esa noche la historia que yo me había inventado cambió, pero no perdió peso, tampoco dolor, ni disminuyó tú recuerdo, Laura. Seguí lamentando tu muerte anticipada, pero dejé de buscar culpables, incluso dejé de culparme a mí mismo por no haber continuado con nuestra charla. Consideré tu partida como una decisión personal, saberte libre de lo que ponías en juego al tomar y luego conducir, algo que yo hice tantas veces, y de lo que siempre fui redimido.


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