Diáfana esperanza

Martha y yo compramos una lata de conservas. La compramos porque la lata, sí, una simple lata de chícharos nos vio pasar por el pasillo de las conservas. Sí, sabíamos que las cosas por sí solas no tienen vida propia, pero consideramos que aquella lata, con chícharos —o algo más y misterioso en su interior— tenía algo que la diferenciaba de cualquier otra que haya existido. Teníamos la liviana, esperanzada certeza de que abrirla y mirar su contenido sería matarla, por lo que decidimos conservarla el tiempo necesario que una lata de conservas debe conservarse.

De regreso a casa, sacamos la lata de chícharos de la bolsa de plástico y la depositamos con cuidado en la mesa de la cocina. Martha y yo vivíamos solos, nadie venía a visitarnos, mucho menos permitimos la entrada de extraños. La lata, Martha y yo podíamos estar tranquilos. Al principio su presencia no nos molestaba, incluso cuando sentíamos que nos seguía con una poderosa e inexistente mirada. La lata poco a poco iba formando parte de nuestras vidas. Cada mañana despertábamos esperando que aún estuviera sobre la mesa, y al anochecer cerrábamos puertas y ventanas para evitar que algo le pasara. Días y noches la lata nos acompañaba. No solo podíamos sentir su mirada cuando pasábamos por la cocina, también sentíamos su presencia en todas las habitaciones. Tan importante se volvía la lata que decidimos cambiarla de lugar por uno todavía más apropiado, más visible, más céntrico. La colocamos en la mesita de noche de nuestra recámara. En ese momento estuvimos seguros de que la lata no era cualquier lata de chícharos, así que le quitamos la etiqueta de papel que la identificaba como lo que nunca había sido. Ahora la lata resplandecía con el reflejo de la luz de las mañanas, con la de la lámpara por las noches y en la oscuridad reflejaba la luz de la luna.

Dejamos de pensarla como una lata para pensarla como un objeto-inanimado-reflejante-de-luz. Nuestra lata, ante toda previsión, experimentaba una metamorfosis que no éramos capaces de comprender.  Nuestro objeto-inanimado-de-luz dormía y despertaba con nosotros. Nos alegraba que estuviera ahí, en nuestra habitación cada mañana y cada noche. El tiempo pasaba y nos era cada vez más difícil estar lejos. Ya no lo pensábamos como un objeto inanimado, poco a poco, a nuestro parecer, estaba adquiriendo vida. Nos hacía falta y las posibilidades para estar a perpetuidad con él eran pocas: renunciar a todo y no salir de casa o seguir con nuestra rutina diaria. Había días que pasábamos admirando su brillo, el reflejo de todas sus luces. Sentíamos que algo crecía dentro y que faltaba poco para que, por fin, como si estuviera escrito, algo de él por fin naciera.

Los vecinos nos juzgaban diariamente, decían que teníamos problemas mentales, que la locura debía de tratarse. Sin embargo, se equivocaban, los locos eran ellos, como siempre. Dejamos el trabajo por la insoportable y a la vez placentera necesidad de cuidar lo que antes era nuestra lata y ahora, después de tanto tiempo, algo que dentro de sí contenía vida.

Estaba tan lleno de luz, y esa era la prueba de que había y crecía vida dentro de él. Dejamos todo para estar siempre a su lado, para no dejarlo ni un solo momento. Pero pasaba el tiempo, y abrirlo no era una opción, pues sería matarlo. Los meses pasaban, y sin trabajo el dinero se nos acababa, no así la paciencia por verle nacer, salir de ese vientre metálico. Una vez sin comida, decidimos estar aún más cerca, divididos por turnos para hacer lo necesario. Pasábamos hambre, pero por fortuna él no necesitaba de alimento alguno, sólo necesitaba luz y compañía. Estábamos tan cerca.

Habíamos pasado meses sin comer, pero estábamos confiados, todo sacrificio valdría la pena. Era nuestro, sería nuestro hijo y lo llamaríamos Pablo, como su abuelo, el padre muerto de Martha, a quien nunca podrá conocer. Allí estaba nuestra esperanza, en una lata de conservas, estaba ahí y nos miraba, había sido siempre Pablo la presencia que sentíamos día con día. Nos moríamos. Pero ¿acaso la vida no es un lento y seguro morir desde el nacimiento? ¿Cuál era la diferencia? Morir de hambre era lo mismo que morir de todas formas. Al final solo uno de nosotros debía resistir y esperar, faltaba tan poco.

Un día, en uno de mis rodeos por la casa buscando ideas en qué pensar para no pensar en qué comer, escuché un ruido metálico. Era el gran día, Martha estaba ahí como testigo, cuánta alegría. De regreso a la recamara, me di cuenta de que Martha se había vuelto loca. Todo nuestro esfuerzo conjunto ahora se había desperdiciado. Martha, con los ojos llorosos y con un abrelatas en la mano, no había resistido la tentación de por fin abrazar a Pablo, nuestro hijo, y terminó por abrir la lata antes de tiempo. Ella lloraba y yo estaba paralizado. Dentro de la lata no estaba Pablo, dentro solo había un montón de chícharos, 200 gramos para ser exacto, que era lo único que nos quedaba. Nuestras esperanzas fueron vanas, el azar había jugado con nosotros. Perdimos un hijo y estábamos de luto. Nos vestimos de negro, vaciamos los chícharos en un plato y plantamos una planta en la otrora lata, ahora maceta. Nos comimos los chícharos para calmar el hambre de tantos días, mirando el lento florecer de la semilla dentro de la lata de chícharos, del objeto-inanimado-reflejante-de-luz que había visto nacer y morir a Pablo.


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