El niño y el hermano

No parece una historia digna de contarse, no porque fuese una infancia un tanto desgraciada sino porque los involucrados, personajes ya sin rostro, adolecen de dignidad. El niño pudo haber sido lo que él se propusiera, un músico remarcable, un científico, un pintor, un intelectual de su tiempo, glorioso el destino, hombre de leyes o de letras; deportista de alto rendimiento, avezado en todas las artes y las disciplinas. Pudo haberse convertido en un hombre completo. Pero no fue así, no nació en cuna de oro. No vivió en la reivindicativa pobreza, pero tampoco tuvo muchas de las cosas que los demás sí tuvieron. Se le dio una familia como las hubo y las habrá, padre y madre juntos por amor o por compromiso, poco importa; un hermano delante suyo, poco o más desgraciado, él la última lucha de los padres. Nació a destiempo, eso se decía desde que se encontró en los libros, personajes decimonónicos que se le parecían hasta los huesos. Era distinto, pudo haber tenido todo lo que deseara. Sin embargo, la sombra violenta y trepidante del hermano le atormentó los días. Vivía con miedo, dormía con miedo, las manos hechas puño bajo la almohada, las sábanas que no le quitaban el frío, los dientes chirriantes. El hermano era su perseguidor, su desasosiego, la mordaza de su esperanza, de los muchos sueños que no sabía que tenía. El hermano le guardaba rencor porque a él, en su momento, le tocó una vida distinta, trabajar de sol a sola para contribuir al gasto de la familia. Y yo qué culpa tengo, se decía el niño, el llanto, la impotencia después del puñetazo que le había dado en la cara. A ver si así aprendes, a ver si así te haces hombre, frases del hermano dictatorial, formas salvajes de formar el carácter del niño, más sensible, más pequeño.

Cuando su hermano no estaba se sentía libre, andaba por la casa a placer, veía la tele, hacía sus tareas, acudía al llamado de mamá para comer. Cuando su hermano no estaba le tomaba como ejemplo, quería parecerse a él para hacerlo sentir orgulloso. No era muy difícil, tenían la misma mirada al igual que los labios, la voz cada año más parecida y la forma de reír, pero no el carácter, el niño no se dejaba llevar por impulsos de violencia. El hermano regresaba cada tarde, y la madre ya llegó, apaga la televisión, escóndete. Se escondía entonces, se metía en un ropero, cerraba las puertas y trataba de calmar la respiración agitada. Miedo de salir, de enfrentar de nuevo los golpes, de encontrarse con el hermano de mal humor, hacer o decir algo que le molestara. El hermano enseguida lo encontraba, consciente de su poder, del miedo que en él infundía. Lo hacía salir, ponte a hacer algo, eres un huevón, yo a tu edad ya trabajaba. Y la madre déjalo en paz, y el hermano alguien tiene que educarlo, sino se va a malograr, no queremos huevones en la casa. El niño soportaba los gritos, no lloraba para que el hermano no pasara a la burla, ya vas a llorar, pero ni te he tocado, qué va a hacer cuando te pegue, a ver si así te haces hombre. Impotencia, el niño guardaba un oscuro odio, la idea de venganza, tomar un cuchillo de la cocina, matar al hermano para liberarse. Sin embargo, no lo hacía, era mayor la mezcla insensata de miedo y de cariño que le tenía a su hermano. Pensaba que un día iba a cambiar, que el hermano pronto dejaría la casa, se casaría y formaría una familia, eso le ablandaría el carácter. Pero los años pasaban lento, el niño crecía en un entorno de violencia y terror, se volvía mayor pero niño en el subconsciente, imposibilitado de hacerle frente al hermano, de defenderse.

Ya mayor se congelaba, el hermano le pegaba más duro, el adolescente lloraba de rabia, era su hermano, cuánto odio y cariño le tenía guardados porque no siempre era así, a veces se mostraba benevolente, le decía que lo quería, que todo lo que él hacía era por su bien, que no quería que se echara a perder. Quería defenderse, hacer algo, pero ni siquiera en los sueños lo afrontaba con éxito: al momento de dar un puñetazo la fuerza se le desvanecía, brazos inservibles, de gelatina, pesados hasta el suelo. El hermano volvía a ganar en esa otra vida.

No había escape, el niño creció, se hizo adolescente, luego se volvió un hombre apesadumbrado —nunca lo suficiente hombre para el hermano—, taciturno, con el odio guardado, imposible perdonar tantas diatribas. Las peleas eran más fuertes, golpes de los que el niño adulto no se defendía. Le pegó dos veces, se fue de la casa dos veces. Regresó dos veces porque los padres le habían prometido defenderlo, alejar al hermano violento de la casa. No funcionó. El problema se repetía, el eterno retorno de la angustia. Entonces se fue lejos, esta vez sería la definitiva.

Libre por fin, trataba de olvidar todos esos años de la infancia, pero no podía, sentía todavía miedo, la agria rememoración de los golpes y las ofensas. No podía superarlo, su voz era la misma, lo veía cada mañana en el espejo, su risa era la del hermano. Nunca pudo ser él mismo, su hermano se le metió en la piel, se duplicó en el adulto, se paseaba con su rostro por calles extranjeras, y sentía la misma furia que le hacía hervir la sangre. El niño pudo haber sido tantas cosas, pudo haber sido un hombre bueno, pudo haber sido él mismo, pero se volvió el remedo de su hermano, se le castigó con los mismos genes, el mismo modo de vida. Ahora se oculta, no puede ser otro, se oculta para que no lo vean, para que no lo confundan.

—¿Quién soy? —le pregunta al espejo.

—Soy yo— le responde el hermano. 


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