La isla

Me muero cada vez que duermo, me dejo caer en el pozo interminable invadido por la penumbra. Durante los sueños la luz se ausenta, y de estar presente es la que nos lleva al mundo de los que nunca despiertan. Me embarco en un cúmulo de recuerdos, navego por grandes y amenazantes olas que llevan al olvido. Caer en sus aguas es perderse a sí mismo, naufragar en la isla de los abandonados. Hombres y mujeres que quisieron dejar todo por la nada, mujeres que no soportaron la soledad, hombres que eligieron ser olvidados. La isla sólo existe en la esperanza de los que quieren llegar a ella, aquellos que lo han perdido todo. El itinerario se les presenta como un esbozo en el impreciso mapa del sueño. Yo he visto desde la proa de mi navío a los desgraciados, cada noche se sumergen en las aguas del tempestuoso mar. Se lanzan sin miedo a la muerte. Su agonía les ha hecho perder el mínimo y humano aprecio por la vida. No les queda más esperanza que la de poder llegar a esa isla, donde se dice que naufragar en ella es vivir la felicidad perpetua. Los que llegan ya no regresan, y no se tiene certezas de si lograron sobrevivir. Ningún cuerpo ahogado es devuelto por las olas. Yo me resignado a verlos saltar por la borda, luego la espera, por si acaso alguno de ellos se arrepiente y decide regresar. Hago esto un día por semana, como rutina, con el mismo número de pasajeros que ya no soporta más el peso de vivir. Veo el brillo en sus ojos al desembarcar hacía su último destino, y esto provoca una curiosidad sombría por saber adónde se dirigen. Ese desánimo y esperanza se contagian fácil.


He preguntado qué es lo que se obtiene al pisar tierra firme en la isla, y la gran mayoría, como si lo hubiesen leído en algún manuscrito divino, me dice que lo importante no es el destino sino el camino, que vale la pena el desafío a la muerte para poder dejar atrás quienes eran, para empezar de nuevo, borrar el dolor. Y luego pienso que esa felicidad quizás se traduce en suicidio, que no existe tal isla, y que todos ellos me pagan para encontrar un lugar en altamar para terminar con su vida en un ritual grupal. Al final, ninguno de mis pasajeros duda en dejarse caer: el grupo les da fuerza.


Yo realizaba este trabajo siempre discreto. Todos eran hombres y mujeres a los que nunca había visto. Pensaba que podrían venir de muy lejos hasta el puerto para encontrar la redención buscada. Nunca preguntaba más de lo necesario. Sin embargo, mis pasajeros parecían conocerse entre sí, y todos dejaban cartas de despedida a sus familiares más cercanos, mismos que venían después con la intención de seguir a los que se habían ido para no volver. Se me podría considerar un asesino, pero yo no hacía más de lo que ellos me pagaban por hacer. Yo era su verdugo por encargo.


No obstante, todo fue distinto el día en que vi a Florence en el grupo, la cabeza baja, la mirada perdida, lívida hasta la tristeza. No creí que fuera posible, ella siguió el paso ritual como un autómata, ensimismada. No pudo o no quiso reconocerme, parecía no verme. Pensé en detenerla, en interponerme entre ella y su funesto actuar, pero me quedé paralizado y la dejé abordar como a todos los demás. Zarpamos y, una vez en altamar, la perdí de vista. Mientras intentaba encontrarla, me perdí en cavilaciones de arrepentimiento. No podía concebir la idea de que su vida fuera tan desgraciada. Yo la amaba y pensé que ella compartía ese amor. El corazón me oprimía el pecho, me sumergí en una tristeza aguda. Ahora yo, como todos mis pasajeros, también quería dejarme caer, olvidar, dejar de sentir dolor. Al llegar al lugar vi, como cada noche, a cada uno de ellos lanzarse por la borda, hacía ese vacío de donde nunca se regresa. Y con un dolor que mata, vi también saltar a Florence. Comprendí, pude saber al fin la razón por la cual, cada uno de ellos, decidía irse para no volver. El dolor era ya insoportable y, sin pensarlo dos veces, me dirigí también hacia la borda.


Antiguo y escueto manuscrito encontrado en una botella. De autor anónimo, sin firma, sospechoso. Nada se sabe de la mujer llamada Florence. La lista de desaparecidos se agranda.


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