El hilo que nos une

No sé cómo nos hemos mantenido en contacto a pesar de los años, Rafael, no me lo explico. No hay nada qué explicar. Sin decir que era porque habían dejado su relación en pausa, el tímido inicio de una historia de amor y pasión que se quedó tras bambalinas. El mensaje para Rafael llegó de mañana, la noche cada vez más transparente a medida que el día se abría paso, de mañana aquí y allá de noche. Diana escribe siempre a esas horas, como si recordara que las noches eran siempre para los dos. Noches que pesan porque no son como las de antaño, como las imaginaba para su futuro, un año de fiel y silenciosa espera para que al final no regresara, dejándola sola con las calles y los lugares que llevaban su nombre marcado. Para Rafael fue más sencillo, todo era nuevo, ninguna calle, ningún lugar le evocaban el nombre de Diana, la ya no incurable obsesión por lo que no pudo ser. Ya despierto, como pocas veces, pudo responderle al momento, le escribió todavía pienso en ti, no es nada nuevo, leo tu poesía. Y Diana siempre he creído en la poesía y en el arte. Ella era arte, una rara mezcla de versos en movimiento, de cuerpo que habla como labios, que dice lo que la razón no puede. De ahí proviene tu poesía mística, tu relación con las intrincadas metáforas de la naturaleza en movimiento: árboles que hablan con el viento, ramas que crujen, bailan, se estiran o se encogen. Color verde que se mueve, vive, sueña como mujer enamorada. Su poesía era cuerpo y naturaleza, secreto baile con todo lo que le rodea. Ella siempre ha sido así, un volcán dormido, una mente que arde y que nunca explota. Burbujeante lava de palabras, sentimientos, se abren cauce a través de la danza, la poesía, palabra en movimiento. Qué manera de ser una artista, mente perspicaz capaz de comunicarse por dos vías en apariencia antagónicas. Sus poemas bailan y sus movimientos escriben. Escribe cuando baila, baila cuando escribe. Rafael le confesó, como si hubiese secretos entre ellos, me gustan tus poemas, no han pasado desapercibidos. Diana, ilusionada, no lo sabía, me alegra saberlo, saberme leída y escuchada. Ha pasado de amante a compañera de letras, presente en el mundo de las palabras, la poesía como pieza fundamental en el engranaje de su historia juntos. Diana y Rafael no dejan de repetirse, se les concedió la eternidad, la vida en pasado. La noche se quedó con los poemas, y la noche canta todas las mañanas la historia de amor que se les escapó durante la duermevela.

Él comenzó el día, ella lo terminaba. La imaginó quedándose dormida, dejando sus mensajes para cuando fuese de mañana para leerlos, esperar el silencio y la privacidad de la noche para responderlos. Habían creado un puente de palabras, como el del poema: puente indestructible e infinito por donde ellos caminan de la mano. Son, sin exagerar, dos vidas en una sola, un cuerpo de mucha nostalgia, de mucha luz y no menos esperanza. Son ingenuos como dos chiquillos que se aman para toda la vida, creen que ya les llegará el tiempo y el lugar para estar juntos. Retomar lo que fue pasado, vivir en una casa grande y antigua, un patio al centro con una fuente, el ruido del agua que brota y recorre la piedra hasta la forma natural de estanque; pececillos de colores aleteando luminosos reflejos de luz. Juego de sombras forma Diana cuando baila, el mar de palabras con el que el escritor pinta la página del color azul del cielo. El día llegará con su justa medida de lluvia fina y días de sol; el olor a tierra mojada y la luz de otoño que filtra un día melancólico y cansado por las ventanas. Las noches juntos para cosechar los sueños, nutrir las esperanzas, encender el fuego del futuro y calentarse con la dicha de tenerse. No se tendrán para toda la vida y eso no les causará inquietudes. Se tendrán el tiempo que haga falta para ser felices, incluso si la perpetuidad no basta.

Rafael se dejó llevar por el pesado lamento de los días sin Diana. Es feliz con su desdicha, con la pesadumbre que lo persigue. Cada palabra es su castigo, dulce arrepentimiento, el malestar ahogado en una página blanca. Cuando no sabe qué decir escribe sobre ella, le implora que regrese en unas cuentas líneas que nunca podrá leer. Lo que siente se lo guarda, se ha vuelto desconfiado, recela de lo que cree cierto. De guiarse por ese pensamiento como impulso dejaría su casa y sus libros, abandonaría lo que es por el viaje. Ella y la vida a su lado. Sabe que sin arte no tiene razón de ser. Supo que perdía algo cuando la dejó. Nunca llenó el cuaderno con palabras, sin escribir como el amor que se tuvieron. El cuaderno se llenará cuando estén juntos, cuando Diana pueda reemplazarlo por otro cuando se le acabe, uno parecido: hojas resistentes al agua, solapas de cuero, cuaderno impermeable como su amor a medio camino, en génesis constante. Mujer en la que no caben el olvido y las penas. En Diana todo adquiere el sabor de lo diáfano: inefable e inconmensurable. Era tan grande su amor que no les cabía en el cuerpo, tampoco en la ciudad ni en el continente, por eso él se fue y ella se quedó, para poder vivir de tanto amor no dado.

Sin embargo, ese no era el sueño recurrente. La casa antigua, grande, en el centro de la ciudad. Un patio luminoso, una fuente de agua cristalina y peces tintineantes de colores en el espejo de agua y sol. Tampoco ella bailaba o pintaba. Él escribiendo, el caer de la tarde con cada frase, la coreografía de fondo. Diana, cuerpo múltiple, metamorfosis incesante. Rafael fingiendo mirar la página, pensando en la siguiente palabra que se le había desvanecido. La tenía, la había visto a ella, concentrada, cada paso guardado en su memoria, experimentando con el cuerpo y la música del silencio. Él la miraba, ella lo sabía, le regresaba la mirada, sonreía segura de que su mirada la recorre, atrapada de alguna forma. No, el sueño recurrente es el reencuentro con todo el peso de los años y la lejanía. No ha podido desprenderse de la saudade, amor irreparable, incompleto, dejado para cuando se pudiera. Diana a la espera. Rafael sin la clara idea de retorno. Sueña con ella, ignora si ella sueña con él, si acaso han compartido otra vida en el mundo que no es, reflejo por excelencia de este. Una última vez, de eso hará ya pronto dos años. Fue una cita animada por el pasado, por el dejo de nostalgia en las calles que caminaban de noche. Se citaron en la casa que él un día habitó. Sentados a la mesa Rafael la miró distante, como si no se reconociera en su mirada. Habían cambiado tanto para darse el título de extraños. No recuerda de qué hablaron. El tiempo pasó pronto, estaban a punto de despedirse, impersonales. Él en vano intentó besarla, olvidando que ya no era lo mismo, que dos años de ausencia no se recuperan en dos horas. Se fue, creyó que el adiós sería para siempre. No obstante, se reconciliaron con cartas, no muchas, pero suficientes para restablecer el lazo, reconstruir el puente. Después el silencio, la no respuesta, la carta siempre en la mente y nunca enviada. Él se acostumbró al vació, ella también, a su manera. Pero de noche Diana volvía, enviaba un audio nostálgico, una fiesta de fondo de la que se había apartado, presa fácil de un arrebato de recuerdos, algo que te hacía falta. Rafael la escuchaba al amanecer, cuando ella ya dormía, quizá arrepentida de apelar otra vez a la nostalgia, a lo imposible que es retroceder en el tiempo, hacer que los fantasmas del pasado habiten el presente. Y Rafael se tomaba muy en serio eso que los otros llaman esperanza, la creencia de que los tiempos son perfectos, que si todo va por el camino hasta ahora recorrido tú y yo estaremos juntos como profecía irremediable.

Te veo por todas partes, te pienso como una idea que me obsesiona. Tu rostro se me escapa, tu cuerpo y su vaivén incesantes en la casa del sueño de anoche. Una casa atrapada por la bruma, el pasado indisoluble, espeso. Tan solo era tu cuerpo, tu imagen, el recuerdo de un beso pero no tu voz que hace tanto no escucho. La materia prima del sueño era tu viva imagen, tu cuerpo apenas recorrido, contemplado. Tu cuerpo que nunca conocí desnudo, del que nunca hice un retrato preciso con las yemas de mis dedos. Tu andar obnubilado por un secreto, por algo que temo saber, que sabes que temo saberlo y que por tal razón lo callas. No digas nada, me tranquilizas con un beso, justo a tiempo para desvanecer el desasosiego, mi desesperanza de que todo aquello sea mentira. Temo que algo venga a interrumpir el idilio que me he construido. Te quiero hacer una pregunta, tú no quieres responder. Sé que hay alguien más en tu vida, que está a punto de entrar en la casa y descubrirnos. Entonces él entra por la puerta justo cuando nos besamos un secreto. Me presentas, libre de culpa. Lo saludo, le digo mi nombre y en su rostro se dibuja una expresión sombría, lívida, el temor de que algo ocurra con lo que ustedes han construido. Se va, se oculta en las tinieblas de mi sueño. Aguarda sin quitarnos la mirada, cosa que a ti no te incomoda, acostumbrada a tener una relación libre, como me lo imaginaba. Un amor quizás más sincero el de ustedes, lo que nunca tú y yo logramos. No tenías reparos en saber que lo nuestro era producto del momento, de la arquitectura de mis sueños. Me acercaba a ti, te abrazaba para no perderte con el alba, con el frío de las mañanas.  Por fin nacía la pregunta de mi boca, la respuesta de tus labios, tu voz transparente y honesta. Lo sabía, pensé, siempre lo supe, por qué pregunto lo que es obvio, siempre ingenuo ante lo que mis ojos confirman.

Diana tomó la resolución de ya no escribirle, mujer ofuscada con su nueva vida, por fin liberada de la espina del pasado. Su presente como siempre quiso, diverso, de emociones constantes, sin reparos ni tapujos de ninguna índole. Libre hasta la ausencia. Tan solo tendría que hacer como había hecho durante todos estos años: guardar silencio, mostrarse ausente. La indiferencia es cosa fácil cuando basta mirar hacia otro lado, así se lo dijo, cuando tan solo se tiene que vivir como todos los días, caminando el sendero del olvido hasta ya no sentirse como la adolescente primeriza, enamorada de un hombre que parecía ser todo lo que ella deseaba. Cuánto se equivocaba, la ingenua, al creer que ese hombre sería el único en su vida, que no habría otro como él. Bueno, no otro como él, Rafael será siempre único, a su manera poética y literaria. Sin embargo llegaría Roberto, más dueño de su cuerpo que de su mente, con quien comparto la danza, fundamento de mi vida. Fue con Roberto con quien la vida tomaría forma, la vida como la ausencia de noches de convulsa nostalgia. La idea de la ausencia de Rafael se desvanecía, se iba apagando como pasión, Roberto el faro luminoso que me sacaría de la oscuridad. Todavía me pregunto cómo nuestras conversaciones seguían vivas, reticentes al cadavérico recuerdo, amorío que ya no se sostenía como un puente de palabras. Y claro que sé la respuesta, es mi culpa, mi inconformidad durante repetidas noches en que me asalta su recuerdo, mi necesidad de enviarle un mensaje de profunda e instantánea insistencia por escuchar su voz, tener sus palabras como antes, traerlo de vuelta, efímero, nunca del todo mío. Al alba todo terminaba, leía sus mensajes sin el encanto que les daba la noche, esa aura de bella nostalgia, deliciosa melancolía en sus palabras. No, ya de mañana todo se desvanece, Roberto me saca de lo profundo de mi pena, me trae al aquí y ahora, y yo me abrazo a su cuerpo, al hoy como lo único que me importa.

Soy una mujer que se contradice, siempre lo he sido. Rafael vino hace unos meses, estaba aquí, en la ciudad de nuestro pasado. Habíamos acordado vernos, le dije que sí estaría aquí, cuántos días vas a quedarte. Me mostré interesada en vernos, lo estaba, pero uno de esos días ya no me sentí de la misma forma. No cerraba del todo la puerta a la esperanza, quizás podamos vernos, luego dejé de responder a sus mensajes. Me dije que él lo entendería, que era lo mejor. Lo hice sobre todo para no afectar mi relación con Roberto, porque Rafael podría llegar y agrietar los cimientos de mi presente, me pondría nostálgica y luego triste, al punto del llanto porque lo nuestro pudo ser y ya no es. Me sentí frágil. Por primera vez sentí que al encontrarme con Rafael le estaría siendo infiel a Roberto, infligiendo en él la traición, no haberle confesado que una pasión del pasado no se ha ido, que cuando estoy con él he pensado más de una vez en Rafael, que lo he comparado, incluso le he puesto la máscara de mi pasado, de mi único primer amor. Fue por eso, y porque me contradigo, me hago la fuerte e indiferente. Rafael me mandó un último mensaje. Me dijo que el tiempo ya no se nos había otorgado, que le hubiese gustado verme pero que ya era imposible. Quise escribirle algo, palabras desesperadas, arrepentidas, un veámonos ahora mismo, antes de que te marches. Nada. Volví a guardar silencio, ignoré su mensaje. Mañana ya no estaría él aquí con su presencia invisible, mañana yo podría continuar la vida como antes, sin la angustia de un probable reencuentro.

Se fue y los meses de silencio se sucedieron fáciles, sin que el tiempo les diera el peso necesario para que me diese cuenta. Los meses pasaban y yo no me daba cuenta de que él ya no me escribía, de que ambos habíamos —quizás desde el último desencuentro— superado nuestra historia, aceptado la imposibilidad, lo absurdo que resultaba mantener viva una pequeña flama de esperanza. No recuerdo quién fue el primero en desistir al silencio, enviar un mensaje, apelar de nuevo a la nostalgia, reanudar una conversación fragmentada, llena más de silencios que de palabras. Fue él o fui yo, poco importa, la conversación reanudó lenta, igual de espaciada en tiempos. Yo le escribía un día, él tardaba más de una semana en responder, y luego yo tomaba un mes para dar respuesta a su último mensaje. Fue sencillo, me sentía alegre de saber que parte de nuestra historia seguía viva, andante en el camino de luz de lo posible. Me sentía también contenta de que no se haya tomado a pecho mi silencio, que entendiese mis razones nunca dichas, leve como yo a su manera, aceptando que nuestras vidas andaban por senderos que se unen y se bifurcan, sin que seamos muy conscientes de ello.

La conversación se reanudó por unos días, frágiles instantes. Recuerdo que yo me disculpaba por mi inexcusable contradicción, por no haber respondido cuando él estaba en la ciudad, pero que quería que nuestra relación siguiera así, pendiendo de un hilo al parecer irrompible, fácil de perder y de recuperar. Un hilo que nos une, que a veces yo desato de mi mano, lo dejo atado a la ventana, y pasan los días y lo veo inmóvil, sostenido quizás por Rafael. A veces me olvido de que lo he dejado, luego vuelvo a tomarlo, jalarlo un poco para saber si todavía está él del otro lado, si lo ha soltado para siempre o si volverá a tomarlo para cuando yo no esté. Lo mejor de todo es coincidir, jalar de hilo y saber que los dos estamos presentes, que casi podemos tomarnos de la mano.


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