Discontinuidad de los parques.

Empecé a leer la novela pocos días antes. La abandoné por asuntos de fuerza mayor, volví a la página cuando regresaba en tranvía a la hacienda; me dejaba llevar, sin consideraciones metafísicas, por la trama, el retrato de los personajes. Esa noche, al poner punto final a una carta sin claro destinatario y debatir con el mayordomo sobre cultivos y tipos de ganado, volví a la novela en el sosiego de mi estudio con vista hacia el parque de los pinos. Me puse cómodo en mi sillón, el único, de espaldas a la puerta que me hubiera molestado con intrusiones no pedidas, dejé que mi mano sintiera con el fino tacto una y otra vez el terciopelo verde y me puse a leer los capítulos finales. Mi memoria archivaba sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; el flujo de ilusión novelesca me absorbió enseguida. Gocé, no sin perversidad, del placer de irse desquebrajando línea a línea de lo que me rodeaba, y sentir cómo mi cabeza reposaba cómoda en el terciopelo del alargado respaldo, los cigarrillos inmóviles al alcance de mi mano, y el viento del atardecer danzando bajo los pinos más allá de los ventanales. Palabra por palabra, poseído por el sórdido conflicto interior de los héroes, dejándome ir hacia las imágenes que se componían y llenaban de color y movimiento, fui testigo del funesto encuentro en la cabaña apacible de la montaña. Primero una mujer, recelosa, atravesaba el marco de la muerte; enseguida entraba el amante, herido el rostro por el chicotazo de una rama. Con admiración restañaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había recorrido una vida para repetir los rituales secretos de una pasión, protegida por una maraña de hojas secas y senderos subrepticios. El puñal se templaba contra su pecho, y debajo latía la libertad al acecho. Un diálogo de nostalgia se arrastraba por las páginas como un río de reptiles, y se podía entrever que todo ya estaba decidido. Incluso las caricias que envolvían el cuerpo del amante como queriendo retenerlo e instigarlo dibujaban la abominable figura de un cuerpo ajeno que era necesario destruir. Nada había sido parte del inalterable olvido: coartadas, azares, posibles errores. Cada instante, a partir de esa hora, tenía atribuido su minuciosa existencia. El repaso doble y despiadado se interrumpía tan solo para que una mano huidiza acariciara una mejilla. Caía la noche.
Ya sin mirarnos, presos de la tarea que nos esperaba, nos separamos en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda hacia el norte. Desde la senda opuesta me volví un instante para verla acelerar el paso entre los pinos, el pelo suelto. Corrí a la vez, entre los árboles y los setos, hasta entrever en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, no ladraron. El mayordomo ya no estaría presente, no estaba. Subí los tres peldaños del porche y entré. Desde el furor de la sangre golpeándome los oídos me llegaban súbitas las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos exiguas puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, el rectángulo de luz en el piso, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, mi cabeza en el sillón, sin cuerpo, leyendo una novela.


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