Esteban y el olvido.

Eran pocos los que había venido por iniciativa propia, las campanadas de la capilla del seminario anunciaban el mediodía, venían solos, los más afortunados en compañía de sus padres. Unos venían porque los llamaba la vocación, servir a Cristo y a su Iglesia, jóvenes fervientes, dispuestos a seguir el camino de la mano del Señor; los había también motivados por la familia, el tío que fue sacerdote, el primo que estaba por terminar los estudios en el seminario. Lo más numerosos eran aquellos jóvenes perdidos, no muy seguros de lo que querían, pero que los estudios en el seminario significaban el natural paso del hospicio, internado u orfanatorio. Éstos fueron los primeros en formar un grupo, la comitiva de los marginados, José, Osvaldo, Francisco y Esteban, éste último el más entusiasmado. Esteban, huérfano desde que tenía memoria, era el único a quien nada lo esperaba allá afuera, el seminario era el refugio y su salvación.
—¿A poco a ti sí te gustaría ser padrecito, Esteban?—le preguntaban los otros tres, listos para la broma.
—Pues sí, a mí m entusiasma la idea, ser alguien en la vida, un sacerdote querido, con una iglesia en un pueblo chiquito, donde toda la gente te conozca, te admire y te cuente todo durante las confesiones.
—A ti lo que te gusta entonces es enterarte de la vida de los demás, los secretos que puedan llegar a contarte dentro del confesionario— dijo José.
—No, es solo que imagino que sería entretenido, salirse de la vida por un ratito, interesarse por la vida de los otros. Además, yo no tengo a nadie, al menos sería el padrecito de muchos feligreses.
—¿Pero a poco no te gustan las mujeres?— preguntó Francisco.
—Tener hijos, una familia—agregó Osvaldo.
—¿Para qué? ¿Para abandonarlos como hicieron conmigo? No, no, yo no quiero tener hijos, de nada me serviría una esposa.
Esteban estaba aferrado a la idea de ser sacerdote, de terminar los estudios con honores, de sobresalir entre todos sus compañeros, en especial de los riquillos esos, traídos de la mano de sus padres al seminario, esos a los que se les había dado todo, incluida la familia. Así que desde el primer día se comprometió, aplicado y serio en todas sus clases, en las horas de oración le pedía a Dios que hiciera de él el mejor sacerdote, que lo llevara por el buen camino, y que, si no era mucho pedir, que un día llegara a ser Papa, o al menos cardenal, sólo si no era mucho pedir para este siervo tuyo, Señor. Se entregaba así a largas jornadas de estudio, día y noche, privandose siempre de los juegos con los demás compañeros.
—Ya deja de estudiar, Esteban.
—Ven, estamos organizando los equipos, el padre Juan nos prestó un balón y nos dio permiso.
—Y como es fin de semana, mañana no tenemos clases.
—No, gracias, ahorita no puedo, tengo que estudiar.
Y les decía que no aunque insistieran, que prefería quedarse, que el latín nomás no se le pegaba, que no se le quedaban guardados los nombres de los filósofos, y que en las clases de teología no le iba mejor, no lograba acordarse de nada. Los amigos le decían que le hacía falta distraerse, pensar en otras cosas, fijarse en las muchachas que pasaban de vez en cuando frente al seminario, ahí sobre la barda donde todos se subían cuando los sacerdotes, sus maestros, estaban en una junta.
Ya se iban todos, cansados de insistir, menos José que dijo que ahorita venía, que se le había olvidado una cosa en su cuarto.
—Sal, aunque sea para que te dé el aire, te vas a enfermar—le dijo José preocupado, veía a Esteban cada vez más pálido, había perdido peso, y los ojos rojos de no poder o no querer dormir.
—Es que esto es muy grave, José, no sabes cuánto— dijo Esteban, las manos le temblaban, tenía la mirada vidriosa—. Tengo todos mis apuntes, de todo tomo nota, hago todas las tareas, pero a la hora de las preguntas o los exámenes no me acuerdo de nada.
—Pero es normal no acordarse de todo.
—No lo entiendes, yo no retengo nada, olvido lo que acabo de leer— revolvió entre sus papeles, tomó una hoja, y le pidió a José que le hiciera preguntas, que eso lo acababa de leer.
José no lo creía, era algo sencillo, lo habían visto ayer en clase, él se acordaba a grandes rasgos. Pero no Esteban, él tenía la mente en blanco, no podía recordar nada incluso si José releía los apuntes en voz alta y luego le preguntaba a un Esteban cada vez más confundido de qué se trataba. No lo sabía, recordaba apenas la dos o tres primeras palabras, luego nada, la atención se le había apagado.
—No sé qué es lo que me pasa, a veces tengo la impresión de que me olvido de cosas, de que las invento, las remplazo y me las creo si las cuento.
José ya no sabía qué decirle, los demás lo esperaban para el partido.
—Inténtalo otra vez, pero esta vez hazlo más lento, sin pensarlo, sin querer acordarte de todo letra por letra, lo importante es que sepas entender la idea principal.
Esteban se quedaba entonces solo, acosado por el palpitante olvido, leyendo una y otra vez, todas en vano. Sin saber qué más hacer, se ponía a rezar, apoyaba la frente sobre el escritorio y rezaba, le pedía en voz alta a Dio, con todas sus fuerzas, que lo ayudara a pasar los exámenes, a ser un buen sacerdote y, si no era mucho pedir, lo condujese por el camino de la verdad, del conocimiento, para así saber discernir entre lo que le convenía o no. Que si no era mucho pedir, si todo resultaba un fracaso, al menos le ayudara a encontrar una esposa, tener muchos hijos, que lo hiciese un buen padre, uno que nunca abandonase a sus hijos, no como se lo hicieron a… De pronto se olvidó de lo que iba a decir, todavía tenía que estudiar, tenía que cumplir con su promesa del inicio. ¿Cuál era? ¿Dónde estoy? ¿José?


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