Cómo todo se desmorona.

No sé de crisis de ansiedad en carne propia, no las conozco, no siento cómo un hueco profundo se instala en el pecho, la angustia tan cerca y tan lejos como el vaivén de las olas de un mar espumoso en una playa solitaria donde un atardecer pinta el cielo de color rojizo. No me pasa, las imagino lo mejor que puedo, ese sentimiento de desolación, de sin sentido por la vida y sus cosas, el mundo y su representación más absurda y banal. La veo desde ayer, ausente, recostada en la cama como una cobija, otra sábana más, inmóvil y con el llanto a nada, corriendo por sus mejillas con la primera palabra pronunciada. Vana tentativa de ayudarla, de darle un soplo de vida a la mujer contrariada, presa de una vorágine de desasosiego. Cómo reaccionar a lo que no se conoce, a lo que solo se puede imaginar o leer en un manual de psiquiatría. Pensé que la noche la salvaría, que el amanecer haría catarsis dentro de ella, que difuminaría ese sentir que tan solo ella conoce. No fue así, la mañana trajo a la misma mujer frágil, ávida de respuestas, por qué me pasa a mí, por qué. Todo empezó con la vergüenza, había dejado —sin darse cuenta— el micrófono del ordenador activado durante una clase. Acostumbrada a hacer más de una cosa a la vez, no se dio cuenta de dos o tres mensajes de sus compañeros que le pedían que apagara el micrófono, compañeros que nunca ha visto, que no la conocen. Sin saber qué fue lo que había dicho, lo que se había filtrado como público de una conversación nimia y privada, se le derrumbó el mundo, dejó la clase, se desconectó avergonzada, herida. A los otros no les importa, le dije, es algo que suele pasar, al menos puedes estar segura de que no has proferido una ofensa contra tu profesor o tus camaradas de clase. No parecía escuchar, el daño ya estaba hecho, se sentía la estúpida de la clase, juzgada más por sí misma que por los que pudieron haberla escuchado. Ese era el problema, el juicio a sí misma se multiplicó por 140 alumnos presentes en la transmisión, el gran ridículo detrás del monitor, eso era para ella. Todo partía de sí misma, las voces emitiendo el juicio, el escarnio público y virtual. Nadie la vio, pero su nombre aparecía en la pantalla cada vez que se oían voces, la suya o la mía. ¡Cómo se sentía avergonzada, poco dueña de sí misma y de su sentir! Minutos más tarde ya no era aquel suceso la causa de su sentir, ahora era el darse cuenta de que no había por qué darle tanta importancia a tan pequeño error. Se sentía ahora peor por ser tan dura consigo misma, por juzgarse a partir de lo que los otros pudiesen haber pensado de ella. Se sentía tonta, débil, falta de autoestima para impedir que tales cosas le afectaran. Siempre he sido así, decía, siempre me juzgo severamente. Me pasaba mucho antes, en Suiza, y creía que al mudarme a Francia ya no me iba a pasar, que ese yo que me burlaba de mí iba a quedarse atrás, que aquí podría comenzar una nueva vida, una nueva identidad. Trataba de consolarla, de hacerle ver que nada grave hay en verse desde afuera, que lo malo viene cuando se es tan duro consigo mismo, que esa es una manera de hacerse daño, el flagelo propio. Nada servía para desaparecer esa ya clara crisis de ansiedad. Vino a mí, se recostó a mi lado y me abrazó, el rostro escondido en mi hombro, las lágrimas, el llanto oculto. No es para tanto, le decía, debes aprender a lidiar con esos sentimientos, a saber dejarlos pasar. No puedo, no puedo, me decía, es indefinible lo que siento, es como si algo en el pecho me quemara, un malestar físico intenso, no tener ganas de hacer nada, mejor irme a la cama. Dejé la lectura y le propuse ver un documental sobre el Everest, las montañas que tanto le gustan como terapia. Pareció funcionar mientras el documental duró, pero una vez terminado la crisis volvió, como una fuga de agua incontenible. Sufrió, silenciosa, durante toda la noche, un casi no poder dormir. Se levantó ya tarde, vino directo al salón donde yo estaba leyendo, como una niña perdida en un sueño. Mi miraba fijo, todavía entristecida, qué vamos a desayunar, a qué hora, tengo hambre. Me hizo ver que lo de ayer no había pasado, que ese perro negro de la desdicha se había acostado y levantado con ella. Vamos a desayunar, mira qué buen día hace, cómo la luz el sol traspasa las ventanas, ¿lo sientes? No servía, ella estaba en otra parte, enredada con la maraña de pensamientos, su cuerpo casi ausente, un caos mordaz dentro de su mente. Es que no puedo dejar de pensar, siempre pienso en algo, mi subconsciente me persigue, me acecha, listo para dar el salto mortal cuando más distraída, despreocupada o alegre me encuentre. No puedo, no se calla. ¿Estaré loca? Quizá necesito de ayuda psicológica. Lo que necesitas, le dije, es apreciar las pequeñas alegrías de un día común, hacer una sola cosa a la vez, no hacer de tu mente una máquina multitareas al borde del colapso. 

No obstante, cada cabeza es un mundo. Lo que para mí funciona para ella puede no hacerlo. En mí también hay varias voces, pero he aprendido a controlarlas, a dejarlas hablar cuando es el momento. Conozco más o menos bien el cauce que toman mis pensamientos, sé dejarlos ir sin miedo a no recuperarlos. Sobre todo sé acallar las voces cuando hace falta, cuando es la hora de dormir, cuando el trabajo me invita a ser un autómata. No conozco la ansiedad como tampoco conozco el aburrimiento. Soy un yo ausente, apesadumbrado constante, y quizás la ansiedad está presente sin que se me convierta en crisis, sino en un desasosiego casi permanente, el devaneo, y la saudade innatos. 


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