Inútil llamado

Te he llamado con la malsana intención de desencadenar una emoción no resuelta. Tener la certeza de lo que ya sabía, que tu numero sigue siendo el mismo, y que tu voz sigue teniendo ese tono de dulce vida. Te escuché responder, como si el ayer fuera hoy, y luego del «bueno» comenzaran las bellas palabras. ¿Por qué malsana emoción? Porque mi actuar fue deliberado incluso a sabiendas de que ya nada tenemos que decirnos. Recuerdo aquellas noches cuando tu llamada me interrumpía al final del trabajo, y yo de malagana te decía que estaba ocupado, que llamaras luego o que yo te llamaría en cuanto pudiera. Creo que nunca te regresé la llamada. Supongo que te dormías con un vacío en el pecho, sintiendo el no injustificable ridículo por haber intercedido por el insalvable amor. No era el momento, yo jugaba ya a enamorarme de otra mujer. Me tomé tan en serio el juego que fui lastimado como nunca, mancillado en cada punto frágil del que no tenía conciencia. Lloré por la perdida, y creo que en ese momento yo volví a ti, como el perro con el rabo entre las piernas, arrepentido, suplicante. Te llamé cuando regresaste a México con el cinismo del que olvida las ofensas cometidas, te saludé como si fuésemos todavía cercanos, nada lejos de los amigos que se quieren. Tu reacción fue de ultimátum: «¿Qué quieres? ¿por qué me llamas?». Y yo no supe que decir, sentí el frío de una llaga de indiferencia hundirse en mi pecho. Me quedé sin voz, alcancé a decir nada, disculpa y enseguida colgué. Fue la última vez hasta ayer, urgido por la curiosidad, casi el morbo de escucharte responder el teléfono y guardar silencio del otro lado. Claro que colgaste, yo había silenciado el micrófono para impedir que mi respiración me delatara. ¿Pensaste que era yo? Acaso esperabas una llamada importante, luminosa, tanto que no te importaba que viniese de un número desconocido. Me abstuve de decir hola a causa del miedo al rechazo que no se borra. Mi intención no era caer en el cinismo, yo sabía que no teníamos nada que decirnos, que una conversación no se incita a partir de años de silencio. No era improbable que tu reacción fuese de malestar, que colgaras al instante, que pasaras al insulto, pero ¿qué hubiese sido si un saludo desinteresado hubiese dado pie a una conversación? El reproche hubiese sido lo más honesto, la reacción válida, otra vez tú, ya no me llames, no quiero saber nada de ti. ¿Habrás leído el mínimo cuento que escribí? Aquel donde, con las herramientas de la ficción y la imaginación, cuento de tu viaje, tu llegada y consecuente partida, el corazón a poco de romperse, otra vez. Pensar que yo, en mi relación pasada, utilicé la misma obstinación, súplicas desaforadas, tal y como tu encumbraste tu lucha hasta el final, con una carta de despedida pero que entrelíneas se adivinaba el anhelo por la reconciliación, una forma de ablandarme dejándome adivinar que no todo —aunque de una carta de despedida se tratase— estaba perdido. Partiste de mi ciudad, que no está lejos de ser ahora mi prisión, con el temple frágil, con el llanto a punto de sobrevenirte, pero firme en tu propósito de despedida. Me diste un abrazo, y yo te abrace casi a la fuerza, sin el amor de antes, presto a que me dejaras, pero con la convicción conciliadora de que sería el último abrazo. Te desee suerte, te dije que la soledad, como a mí, te fortalecería. Mentira. Yo no sabía en ese momento que la soledad todavía no se me volvía, como a ti, desolación. No estaba solo, yo buscaba la constante compañía de otras soledades, no la tuya. Por eso te daba palabras de aliento como aquel que cree que ha experimentado el infierno, pero apenas conoce muy poco. Para tu consuelo, o venganza, me regresaron el mismo golpe, el no desdeñable karma me dio un golpe imprevisto. Como yo te dejé a ti a mí me dejaron. Lloré la pérdida del amor. Rogué durante semanas su regreso, pero ella fue firme hasta el final, dijo no, no podemos estar juntos. Un mes fue necesario para que yo recuperase el gusto por vivir. Dejé de sentir entonces ese peso en el pecho, el dolor mínimo pero ardiente en cada suspiro de despedida. Ya no me hacía falta, y ayudó el que estuviese lejos. Fue una larga despedida, lo recuerdo, a veces le escribía en busca de un mensaje reconciliador, en busca de cariño. No lo conseguía, todo era una vana tentativa, el amor suplicante que no consigue más que lástima, un tipo de conmiseración indiferente, de frases hechas como ya se le pasará. Para ti fue acaso distinto, subiste al autobús, tomaste asiento y, en cuanto arrancó, rompiste en llanto, lágrimas de dolor irreversible, tu respiración que se cortaba, en tus manos un Kleenex con el que te secabas las lágrimas, y el consuelo práctico de pensar qué bueno que no me maquillé. Imagino, pues solo puedo imaginar, que sentiste el peso de la soledad al llegar a tu ciudad de destino, un lugar que te pareció deshabitado, fantasma. Ya no lloraste, de eso estoy seguro, al menos no durante el día, pues las actividades diarias te impedían hundirte en cavilaciones pretéritas. Sin embargo, imagino que la noche era tu enemiga, imposible conciliar el sueño pensando en el amor que ya no pudo ser. Poco a poco la sensación de pérdida se fue desvaneciendo. Encontraste un amor, relación que me fue revelada en sueños como una traición. ¿Traición? Tú y yo ya carecíamos de un vínculo. Y yo ahora sé que mi inveterado e inconsciente machismo no me dejaba aceptar que ya no fueses mía, como si de una propiedad se tratase, mía, pero sin quererte conmigo, encadenada a mí por la obstinación de que el pasado no pasa nunca. ¿Qué quería? ¿Que aguardaras inmóvil, sin vida propia, mi regreso? Fue en ese momento cuando sentí tan profundo el dolor de la pérdida que te rogué —ahora yo— por que volvieras, volvamos a intentarlo, todo por el capricho de tenerte atada a mí, no porque el amor se sobrepusiera sobre mi ego. 

05/10/2021


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