Escribir por escribir

Escribir por escribir. Esta obsesión por dale luz a tanta oscuridad y frescor a tanto moho en la memoria. Escribir para invocar a los muertes, para hacer aparecer fantasmas, para buscar muy en fondo de mi mismo alguna reminiscencia de un yo que se niega a morir. Tanto olvido que viene con los días. Una idea que se esfuma en un segundo. Tenía la palabra fija en la mente para comenzar todo esto. Tenía la metáfora ideal. Volver palabras lo que parece que solo puede sentirse. Un llamado, un ruego a la nostalgia para que le me lleve de vuelta al pasado de la felicidad. Hago esto porque de no hacerlo se perdería. Estas líneas pasarían a formar parte de lo que no pudo ser en mi vida. Aferrarme con fuerza a este barco de la escritura. Seguir navegando en la oscuridad para alguna vez entrever un poco de luz. Vaya aspiración malsana. Buscar la luz en donde todo es penumbra. La respuesta esta en este oscuro túnel, es la imposibilidad de ver más allá de la última palabra que se escribe. Al final del texto no se ha vencido a la oscuridad, sino que esta se ha vuelto más densa, impenetrable. Las tinieblas son las respuesta. Se puede vivir a oscuras, se puede vivir sin respuestas. Evitar buscar la luz y no dejar de hacerse preguntas que no vamos a responder. Como todas las personas que nunca vamos a conocer o los libros que nunca vamos a leer. Nos queda esto, lo que nace en un instante de libertad absoluta. La escritura y la vida por fin reunidas en un solo folio. Esto es la vida que se les da a muy pocos. La vida de reflexión que llega cuando se escribe. El poder de la eternidad. De no dejar que la luz se cuele por la ventana en vano. Escribir que esta nos ha tocado, hemos sentido el calor del mundo en un rayo de luz al final de la tarde. El ocaso del día que nos acaricia con ternura. La luz que cubre la mesa, la televisión. Hay vida después de la oscuridad. Difícil definir esto que escribo. No sé que es y no sé qué es lo que cuento. Ojalá tuviera respuestas.

No tengo nada.

Tengo la música que me envuelve en un recuerdo muy preciso. Les folies d’Espagne de Marin Marais que me transportan a mi adolescencia de deseo ser músico en el futuro. Vivir del arte, hijo de una familia ajena a lo artístico, dueña de solo una cultura popular. La circunstancia puso un alto a esos sueños. Vagos recuerdos todavía flanean por los pasillos de mi memoria. Recuerdos luminosos, de sonrisa etrusca, diáfanos. Cuánto me entristece nunca haber dejado a mi yo escrito durante ese periodo de mi vida. Sé que no me reconocería, pero al menos sabría con exactitud los problemas que entonces me asechaban. Hacer una comparación para saber si son los mismos que subyacen ahora en mí. Quince años y no más de cincuenta o cien libros conformaban mi memoria literaria. Leyendo a Dumas y a Víctor Hugo como primeros padres, hermanos literarios. El gran tomo del Conde de montecristo que me acompañó en cada trayecto fuera de casa. Cuánto compartimos. Ese libro ahora se ha convertido en el más preciado. Lo tengo tan grabado en el recuerdo. Me hacía sentirme el Edmundo Dantès mexicano. El futuro me daría la razón y la fortuna. El futuro me otorgaría la venganza. Sigo a la espera de ese futuro que parece no llegar, atrasando su llegada con cada año que pasa. Edmundo me enseñó a confiar y a esperar. Siempre paciente, pero no siempre confiado, menos cuando dudo de mí mismo. Un adolescente que caminaba por la ciudad de Guadalajara con Dumas guardado en la mochila. El tocho aquel me habría fácilmente salvado de un bala perdida en nuestro México acribillado. La ciudad y mis libros. Las historias que fueron dándole forma al mundo. Creía que lo sabía todo, sin embargo mi sed de lector no se saciaba, sigue tan insaciable como al inicio. Ahora veo que no sabía nada, que los años me han dirigido hacia otros mares más profundos. Mares infinitos. Vida tan corta para poder explorarlo. Leer como una canción infinita. Encontrar refugio, calma, sosiego en las palabras. Sentirse salvado por la página que sigue. Cuánto bien le han hecho al mundo los buenos escritores. Gracias a ellos me he salvado de las preguntas banales, de cuestionamientos muy sencillos. Me he librado de dogmas y he vivido más allá de mi mismo. He sido cada personaje que he leído. Ahora soy tantos, son incontable, inconmensurable. He muerto y he resucitado. Me enamorado y desenamorado cientos de veces. He matado por odio, por venganza, sin saber por qué, sin motivos o porque hacía mucho calor. He sido asesinado tantas veces por la injusticia, por el desamor, por el autodesprecio o por las ganas de no vivir más. He sentido lo que siente el suicida, el violador y el violado. He recorrido el mundo en muchos viajes. He aprendido a amar y vivir en todos los idiomas.

He caído en la desgracia o la fortuna de la incoherencia. No sé conectar ideas. No sé defender mi punto de vista. Me han dicho que escribo al vuelo y en lugar de corregirlo lo he tomado como un cumplido. No estoy hecho para la vida académica. No soy un buen maestro. No sé quien soy, y me cuesta entenderme. He sido y soy tantos que me confundo. Un caballero de la triste figura que no se tan solo un caballero, sino que se cree múltiples. Se cree en mundo entero. Y no se comprende. Mi mente es una maraña de ideas sin motivos, de palabras que no creí que sabía. Mi mente como límite, la que tan solo me da mil palabras por día. ¿Dónde están las mil palabras de todos los años que he dejado pasar con los ojos vendados? Por fin empiezo a recuperar la vista: todo es borroso.

23 de diciembre 2020


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