Aniversario

Un no acontecer. Indigno ser humano. Las preocupaciones latentes de amigos y familiares, a propósito de lo escrito como reflejo insondable de mí mismo, no me parecen desfasadas cuando se tiene en cuenta a escritores que han emparejado lo escrito, la ficción con la realidad. Los he escuchado preocupados, mi salud mental como tema urgente de discusión, mira lo que escribe. Creen que al nombrar la muerte el suicidio está a sólo un paso. A través de lo escrito el lector —que a la vez es familia o amigo cercano— hace un retrato del autor, a la vez hijo, hermano, amigo, amante. Enseguida se encadenan conclusiones, está muy solo, sufre, tiene un carácter sombrío. Recuerdo cómo mi madre me suplicaba no escribas cosas tristes, escribe cosas alegres, hijo. Mamá se imaginó lo peor, soñó con un hijo ausente, ya no solo lejos sino inasible, muerte. Mis hermanas me llamaron para saber cómo estaba, como si eso era lo que necesitaba, de atención, de la compañía de su voz para no dejarme caer al vacío, al lugar de no retorno. Yo me reía, y en ellas la risa era otra señal de alarma, un aviso seguro de locura. Me fue imposible hacerles entender que lo escrito era atemporal, un retrato inexacto, ficcional de un yo no presente. Los textos eran rodeos, elucubraciones sobre la vida, la muerte, el amor; temas fundamentales de la vida, materia prima de mis reflexiones estertóreas. La muerte como pensamiento recurrente durante los momentos solo, el consuelo de una mente que piensa y que ha llevado el pensamiento a palabras. Pensar que la vida carece de sentido agota. No es una idea seductora, se le prefiere lejos, impensable, pensar en una vida larga resulta más llamativo por sobrecogedor. Están conformes con el engaño, la idea simplona de inmortalidad: se creen invencibles porque aceptan el engaño. La vida se les presenta como un regalo, un don de Dios, la religión como fuerza. Piden por su familia, no temen el final porque se les ha presentado como regocijo, reunión con seres queridos, el ágape de la eternidad. 

Hoy es un no acontecer, un año más y un año menos, la entrada en la tercera década, la decadencia de atardecer. Vienen los mensajes, simples felicitaciones, palabras sin substancia, escritas al vuelo. Llegó el mensaje de papá, más expresivo que los demás, un feliz cumpleaños, hijo, feliz día, tu mamá y yo te queremos, fuiste el último gran regalo de nuestras vidas. Papá y mamá que consideran a sus hijos como bendiciones, grandes alegrías, su legado para la eternidad. Papá y mamá se han extendido, multiplicado en su descendencia. Están felices de haber logrado la permanencia, una familia que habite en el porvenir. Las felicitaciones también llegaron anoche, ayer allá y aquí de madrugada. Como todos me desearon muchos años más, felicidad y salud, pásala bien, y a mí todo me parecía sacado de viejas tarjetas de cumpleaños, palabras vacías. La regla es la mentira, la deshonestidad que facilita la convivencia. Se agradece el mensaje, los buenos deseos, sin decir que ya no festejo los cumpleaños, que la existencia es trágica y que lo mío es un lento pero seguro decaimiento, un paso más cerca del final. Hoy es mi cumpleaños, un día como cualquier otro, un domingo que se repite hasta que yo deje de tener conciencia del tiempo. Festejé ayer con el aroma del vino, la sensación de embriaguez que aligera los pasos pesados del vivir. Me quité un peso de encima, brindamos por la tercera década, inapelable sentencia del vivir. Me dirijo sin rodeos al final, hacia un mayor fracaso, hacia lo irrealizable. No se dan cuenta de que el tiempo no apremia, que la desgracia, lo peor está por venir. Devenir mayor no solo es un envejecimiento personal, también papá y mamá se agotan. Esa es la gran desgracia, me queda poco tiempo con su presencia, el tiempo no perdona y no sólo pasar por mí. 

Hoy es mi cumpleaños y es un dolor de cabeza, la resaca, el regreso del peso después de una noche ligera. No es un lejano no querer vivir sino una alegre resignación. Un nuevo día, una nueva cuenta regresiva. Se cumple otro año, el tiempo asesino que acecha. No es una impresión en absoluto fatalista, es mi ser cotidiano, trágico hasta lo desternillante, la alegría triste de seguir vivo, de ser un superviviente expuesto tanto a la desdicha como a la rarísima e instantánea felicidad. Sigo vivo, respiro el aire renovado, mis ojos se entrecierran al mirar un cielo límpido, la luz que hoy no abruma. Un día cualquiera con un festejo por casualidad, una reunión de amigos que no festejan mi cumpleaños sino el excelente día que hace. El buen clima cambia el humor de la gente, las calles se pueblan de paseantes, los parques son invadidos por los optimistas de la vida al exterior. Se organizan picnics, barbacoas, reuniones en bares y restaurantes en terraza. Para festejar no existen motivos, lo nuestro es un ágape cotidiano, en cuanto se pueda, en cuenta se tenga un tiempo libre. 

Se sale de la rutina. No, no es un domingo cualquiera. Me sentiré de nuevo leve, los años ya no serán condena, de repente treinta años no significará nada, se ausentará el miedo a la vejez. Dentro de seis años tendré la edad de mis padres cuando yo nací. Desde hoy me imagino un andar no distinto al presente, sin hijos, sin mayores compromisos. Tendré le edad de mis padres en otro tiempo, saldré acaso airoso de las codenas que impone el ritmo ajeno de la vida. Volveré sobre mis pasos, leeré lo escrito seis años antes, cuando lo pasado fue presente. Hoy no me reconozco, confieso que he vivido en el más dulce anonimato, llevado un existir fuera de los reflectores. He evitado sin querer el éxito, para mí no hay malentendidos, lo seguro es la medianía. Llego al final con dificultades, escribo porque cumplo años, tenía que dejar constancia de mí mismo. 


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