Forzada escritura nocturna

He vuelto a un recuerdo que tenía la intención de olvidar, dejarlo en la página como forma literaria de catarsis, deshacerme de la carga desmedida que un recuerdo no deseado. La memoria es de talante caprichoso, guarda y desecha a conveniencia, sin que yo pueda influir en aquello que resurge como recompensa o martirio memorial. Los recuerdos, inolvidables o no, acechan mi descanso, se aparecen como espectros durante la duermevela, se trasfiguran en narraciones oníricas de no despreciable valor literario. Sueños ora luminosos, eclipsantes; ora de profunda incomprensión, una penumbra delirante hasta lo terrorífico. Salgo del sueño, de lo que debería ser mi descanso, con el cuerpo lastimado. Mi descanso es entonces doloroso, salgo de la cama a trastabillas, en busca del consuelo del movimiento, estirar los músculos, volver a la vida. No es infrecuente el dolor de cabeza, la sensación de mareo y los ojos cansados. Me cuesta integrarme al mundo de los vivos, de los entusiastas de las mañanas, los siempre despiertos de la vida. Yo soy el habitante tardío del día, incluso cuando logro adelantarme al amanecer. Doy pasos tardos, al ritmo de quien carece de la intención de dejar la cama. El café no me despierta, desdeño la ducha cuando no es imprescindible. Me quedo en pijama, conforme con el dejo de alegría que me causa el no tener que salir, no hablar con nadie, dedicarme al arte lento de la soledad. Doy un suspiro de conformidad al dejar que las horas se agoten, que la mañana se me vuelva de repente noche, y entonces regresar a la cama como funesta consecuencia. Me repito la sentencia de lo irremediable, renunciar al día, no queda de otra, ya mañana —y con esto no puedo impedirme el recuerdo de mi padre— Dios dirá. Eso dice papá, Dios dirá, y yo, sin ser religioso, he tomado como sentencia inapelable, casi consolatoria, la idea de que el mañana se resuelve por sí solo. Gracias a eso no sufro de insomnio, duermo como un niño despreocupado, sin la idea fija en la conciencia del porvenir. Duermo bien, eso me ha salvado de la sensación de caída hacia el suicidio. Nada nocturno me acecha, pero eso no impide que el cuerpo no sufra el golpe de una idea desoladora. Sufro de bruxismo, mis dientes desgastados muestran el irremediable peso de mis penas. Mis manos no son tampoco ajenas al miedo: la angustia latente que causa la idea del porvenir irresoluto hace que se engarroten tomando como probable toda desgracia. Esa es la razón de que mis noches, de aparente descanso, sean de una lucha imperceptible pero no falsa o ausente. No sufro de ansiedad, ya lo he dicho, optimista hasta el cinismo, pero no soy inmune a las ideas de arrolladora desolación. Sufro como cualquiera, pero he aprendido a desviar mis ideas, no pensar mientras una actividad me exija un mínimo de atención. Me corrijo: no sufro como cualquiera, sufro a mí manera, sufro con conciencia y de esta manera evado, oculto en la bruma del optimismo, cualquier idea lacerante. Soy un escapista de la realidad, me contento con mis ficciones, mi obra siempre inacabada y las ficciones ajenas. Mi yo lector, el más completo, armado de calma, de la paciencia de los que nada tienen que perder, lee para ser otro, y con ello evadir la realidad que le tocó vivir. Ya no aspiro a grandes cosas. Hoy he aceptado, con una resignación alegre, que mi edad ya no está para rodeos, que la universidad, falso bastión del progreso, ya no puede enseñarme nada más que no encuentre en la psicofonía de voces presente en mi biblioteca. Lo que me interesa está en los libros, en mi diálogo de ultratumba, y en las conciencias todavía vivas de mis contemporáneos. Desconfío de la academia, de sus profesores de mediopelo, abocados a sus engañosas investigaciones y ufanados/empecinados en enseñar como verdad inapelable su torturante perorata. Profesores que, desde su tribuna, la mal llamada Cátedra, se imponen como autoridad infalible, inapelables e impunes. Ya no poseo la juventud como ventaja, estoy cada vez más cerca de la caída sin fin hacia la decadencia. Ya no poseo la virtud de saber lo que pocos saben, mi edad ya no está en desventaja con mis conocimientos. Antes podía ufanarme del conocimiento adquirido, que era poco si lo veo en retrospectiva, pero que, en aquel entonces, en el joven que era, se convertía en un talento inaudito, en alabanzas de conocidos y extraños, en un aprecio constante de los mayores. Ya no. Mis casi treinta años me exigen madurez, el ejercicio de un oficio, la mirada fija en sentar cabeza, formar una familia y vivir una existencia sosegada, de camino al retiro. Me he negado sin embargo a vivir al paso ajeno. El tiempo no me exige que vaya a su paso, lo desafío no sin la rebeldía del que sabe que no vivirá por siempre. Soy consiente de mi finitud, vivo sin miedo a la muerte cada vez que salgo. Impido que el terror de morir pronto me paralice, así que camino como si fuese dueño absoluto de mi porvenir, imaginando no sin ingenuidad una vida larga, plena, de muchos años más. ¿Dónde y cuándo sucede mi muerte? No evado la pregunta, pero toda formulación ficticia, profética, está lejos de lo que será. Esa muerte me sorprenderá por inaudita e inapelable, muerte que no será mía sino de los otros. ¿Cuántos se lamentarán de mi trágico o acaso apacible fin? Yo no seré testigo, ya no seré, mi cuerpo no será yo sino cadáver, cuerpo ausente, falto de vida, abocado a la descomposición, a lo que el vulgo llama ser comido por los gusanos.
Es la una de la mañana. Me dirijo al final del día, me duele todavía la cabeza, y me sugestiono con la idea de que el amanecer será menos propenso al dolor. Mañana se me ha anunciado de libertad, de soledad llevadera. Me quedo con la idea sosegadora de que he aceptado como disfrutables mis fracasos.


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