Inevitable saudade

Ayer la inevitable saudade de una tarde de domingo memorioso me hizo renunciar al día sin anhelos nocturnos. La noche era ya insalvable, agotadora, pesada hasta la agonía. Me acosté temprano porque ya no había nada que hacer, daba al día por terminado como si lo hiciera con la vida: un simulacro de suicidio. Me dije que la noche haría lo suyo, mañana el día se renueva, se repite. El amanecer límpido me devolvería la esperanza perdida, un comienzo nuevo, los pecados o faltas redimidas, sería un hombre nuevo. Durante esa noche prematura, mi cabeza vaciándose de pensamientos trágicos, adormecida de podredumbre, de anhelos no alcanzados, de una musa que partió de mañana y me volvió desgraciado durante las horas que quedaban de mi decadente domingo. No sé por qué me sentí caminando en calles pretéritas, visitando casas deshabitadas, rozando la mano de una mujer desconocida pero diáfana. El tiempo en el lado de allá me tributaba agonías, un arrepentimiento imposible cuanto innecesario o inverosímil. Cargaba con una pena irreversible, la pérdida de un amor prematuro, la idea tan esperanzadora como tardía de recuperarlo a toda cosa, mañana, muy pronto. La luz del caer de la tarde me llevó a confines no deseados de mi memoria, me hundió en un recuerdo doloroso, una calle ya vacía y oscurecida donde pudo haber terminado mi vida. Yo fui otro, fui tantos y no fui quien quise ser. De Diana fui un instante, un adelantado fracaso, otro hombre iba a ser dueño de sus caricias rítmicas, danzantes. Yo seguía caminando por la calle desolada, viviendas abandonadas de ternura, un edifico aciago y luego la casa materna lejana, casi en ruinas, vacía. Una gran familia que se quedó despojada de la unión heredada de nacimiento, mutilados todos los hijos por rencores como cierras, odios infundados acumulados en la memoria, ofensas no resueltas. Familia desperdigada por los confines de la infinita tierra, ajenos a los lazos de sangre, los padres ya muertos como único vínculo. En su funeral no acontecido yo asistí como despedida, una familia ha muerto, ya nada tenía que hacer ahí, mis hermanos ya no eran, yo ya me sentía perdido desde antes. Vivir en las antípodas como la prueba de mi abdicación sosegada y sin exagerados rencores, con una libertad súbita para defraudar sin tregua a la familia no pedida. Mis padres están exentos de culpa, nadie la tuvo, ellos hicieron lo que pudieron y su descendencia maldita —yo sin asombro incluido— fueron el fuego que hizo estallar la dinamita del desdén, ansia de separación irresoluble. No fueron ellos sin embargo la causa de mi inaudita tristeza, que se me volvió suicidio inaugural de una noche infausta, fue en realidad —aunque sin certeza— el acontecer de mi fracaso, mi renuencia a dejar la encrucijada, mi hogar desde hace poco menos de seis años. Culpo a fuerzas ocultas por mi impasibilidad, por el no cambio sustancial o significativo, mi permanencia en el mismo lugar, sin aspirar a algo más que la ponderosa nada.

Ayer fue una tarde lastimosa, de trágico acontecer. Me sentí víctima de una derrota anunciada pero que no podía entrever en el amplio espectro de mi vida desgraciada. Se me presentaba un frugal camino sin derrotero, el final de un vida, de mi ser sin atributos. Se me antojaba una vida sin escritura, la idea funesta de no escribir, renunciar a ser el amanuense que me había prometido al considerar que escribiendo no llegaba a ningún lugar. Preferir no hacerlo como Bartlebly, el escribiente, con la desesperanza como bandera: ¿Qué caso tiene escribir lo que nunca nadie va a leer? Bartlebly se curó de literatura, del mal de Montano, al clasificar todas la cartas que durante la guerra adolecían de destinatario, pero esa cura se volvió en un desharrapado nihilismo, una renuncia a la vida de escritor porque todo está condenado a la basura o al fuego. ¿Quieres ser escritor? Preferiría no hacerlo. Como Bartlebly, o acaso contrario a él, como el hombre rebelde de Camus, me rehúso a dejar de escribir aun a sabiendas de que escribir no tiene sentido como la vida. No habrá un lector que llegue hasta esta línea de esta página fatigada por un obstinado escritor que nada quiere decir. Este escritor que en sus tiempos libres trabaja como mesero, sirve platos, bebidas, acata órdenes de clientes en apariencia hambrientos, con sed de ser servidos, con ganas de que el mesero sea un ser atento como invisible, presente en cuanto se le necesite, visible al llamado, previendo las necesidades del servido. El escritor que se dedica a tiempo completo a otro oficio, menos glorioso, público, a cambio del dinero que le permita vivir entre libros, con su pluma decadente y su mano dolorosa escribiendo líneas insensatas en el cuaderno del eterno retorno. ¿Y si todo esto no llega a buen puerto? No puedo saberlo. Hoy no tengo nada, o mi yo del porvenir puede considerar este momento como un todo que no va a volver, se dirá he sido tan feliz que no me he dado cuenta. Es acaso la pesadumbre de ser un escritor en decadencia desde sus inicios, inédito como condena, lo que me postra a esta cama torturante, el no saber de toda existencia, la vida de ilusiones que no se cumplen, qué desgraciado he sido una tarde de domingo.

Como señal, como flujo de vitalidad, me llegó el pensamiento de Diana, su mensaje en una botella pidiendo noticias mías, reclamando un poco de la charla no dada, de cotidianeidad, cuéntame tu vida no fingida, no ficcional, dime la verdad, Ricardo, sin atavíos literarios, sin subterfugios, la verdad más llana que puedas contarme, tu yo más banal, de intolerable medianía, más apegado a la sencillez que a la grandilocuencia, tu yo real, el hombre que besa y que ama, que suspira, que abraza, tu yo nocturno de sueños ligeros, tu yo atemporal que escucha poesías tremebundas, tu yo que recuerda mi voz como un canto para el mañana, esa fuente, ese patio, esa casa antigua.


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