Paciente

Se quiere sufrir como papá, castigarse con los minutos lacerantes de incertidumbre, las ideas trágicas adelantadas, las esperanzas dispersas en el ojalá que todo esté bien. No se duerme, o más bien se pasan las horas nocturnas en una duermevela agotadora, casi como dormir con los ojos abiertos, atentos al teléfono que sonará anunciado desgracias o pidiendo que se tomen decisiones difíciles.
Por la noche sentí la presencia de papá en la sala, como si se levantase titubiante a tomar un poco de agua, a mirar la pantalla del celular para ver qué hora es, cuánto tiempo de sueño me queda. Creí ver, como si nunca me hubiese ido de casa, que papá se sentaba en el sillón, encendía la tele, cerraba los ojos pensativo. Ya es hora, ya no puedo dormir, se decía acaso mi padre que repetía su rutina con el unisitado gozo de poder hacer lo que desde hace años se hace. No dejar de trabajar mientras pueda, era la guía de mi padre, no quedarse en casa para darle vuelo a las cavilaciones de la vida, no pensar y actuar, no darse cuenta de que ya, pronto, será de noche, mañana nace otro día. Papá era de los que se encomendaba a Dios cada mañana, cada despertar era para él un regalo de la Misericordia. Despertaba antes del alba, se calzaba las sandalias, encendía la tele para escuchar el salmo del día, la misa de las seis, y enseguida pasaba a la ducha larga, relajante. Papá salía entonces renovado, el pelo húmedo, pequeñas gotas que le recorrían los hombros y la espalda, difíciles zonas de secar. Era su rutina. Mientras escuchaba desde la televisión el Evangelio se secaba meticuloso sus pies, las piernas. Luego se recortaba las uñas, lo necesario sin cortarse, que las pequeñas heridas eran peligrosas para los diabéticos. Se aplicaba crema en todo el cuerpo, poniendo especial atención en las piernas antes musculosas por la práctica semanal del fútbol, y que con los años se fueron quedando en piel y huesos. Se ponía desodorante, talco en los zapatos, se vestía con la ropa que mamá ya le tenía lista, los pantalones de vestir y las polos de siempre. Papá se cuidaba, y creía que hacía bien comiendo lo necesario, yendo a la cama a una hora temprana y levantándose cuando el sol no había salido. Sin embargo lo que papá también hacía, acaso sin darse cuenta, era aislarse, replegarse sobre sí mismo, ocultar las pequeñas señales de alarma del cuerpo. No lo hacía para era alejarse de la familia sino para guardarse sus cavilaciones intempestivas, retirarse lento de la vida activa. Papá daba señales con esto de que todavía quería vivir, de que se preocupa por una vejez saludable en la medida de lo posible. Estaba disfrutando del trabajo diario pero ligero, de comer en casa por la tarde como nunca tuvo oportunidad de hacerlo cuando la familia dependía más de él. Fueron años de renuncia, todo por la familia, que si hoy no trabajo mañana no comemos. Papá era muy fuerte, incansable, sin miedo a hacer frente a la desgracias venideras


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