Uno nunca termina de decir adiós.

Yo ya sentía la opresión en el pecho, la anticipación de las desgracias al ingresar a la sala de espera. El personal se mostró más comprensivo de lo habitual, qué bueno que llegaron, pasen sin delación. Ya nada quedaba por hacer, el médico quiso evitar cualquier confrontación, hicimos lo que pudimos, no sólo yo sino todo el personal médico, y yo le creí, gracias doctor, por su profesionalismo, por su innegable humanidad y empatía.


No tenía manera de eludir el momento de los adioses, por más que el hijo de mi madre temiese la corrosiva imagen de la muerte. Pasé a terapia intensiva, sin mirar a nadie, hacia la camilla 7 y vi a papá consumido por sí mismo, por la lucha no en vano pero sí pírrica, que siempre, siempre, se termina perdiendo. La vida es sufrimiento, decía mi madre cuando pasaba sus dedos por el pelo de papá, y yo no lo es siempre, mamá, la vida tiene sus ineludibles recompensas.


La muerte viene a aliviar el sufrimiento, muerte amiga, llévanos contigo sin dolor, sin darnos cuenta.


La lucha de papá contra la enfermedad no fue desde hace meses sino durante años. Él era ejemplo de estoicismo, de una voluntad a prueba de cualquier amenaza. Mamá decía él nunca se quejó, se iba a todos los días al trabajo, a la misma hora, ejemplo de invencible tenacidad. Sufría para sus adentros, mantenía el temple pero eso no le impedía la opresión en el corazón, renunciar al día antes de que anochezca, desear que la muerte lo visitara de noche, durante un sueño alegre, y ya no despertar, decía papá, seguir en el sueño, partir hacia la otra vida.


Acaso papá todavía pudo encontrar ese sueño alegre, soñar que se iba a dormir temprano, en la cama de siempre, y no en una cama de hospital, su cuerpo cada vez más consumido. Es improbable que no haya sentido la angustia cada vez que los sedativos lo devolvían del lado de este mundo, cuando abría sus ojos y veía el vaivén del equipo médico. Uno no quisiera pensar que sintió la soledad como tortura, ese vip, vip de la máquina que lo mantenía vivo, los pinchazos de las agujas, la invasiva presencia del respirador. Cada vez que despertaba papá quería moverse. Movía sus piernas, pensaba acaso que pronto podría levantarse, que lo peor ya había pasado. Sin embargo después, cuando sus signos vitales eran preocupantes, los sedativos volvían, de nuevo el sueño.


Hoy papá ya llevaba la muerte consigo, se le veía tomado de su mano, con aire de misericordia. Ya era suyo, ya podía llevárselo, todo esfuerzo adicional era en vano. Y la muerte admitía en silencio que no fue fácil, que papá era obstinado, que quería vivir pese a todo, que no lograba convencerlo de la renuncia, del descanso.


—¿Ya se despidió? —Me preguntó la trabajadora social al final de la visita.
—Uno nunca termina de decir adiós.


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